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07 mayo 2010

Los Muerras (Costa Rica)

Los Muerras eran gigantes que bajaban por la serranía de Tilarán, o por el Río Frío procedentes del Lago de Nicaragua; indudablemente debieron ser los Niquiras, cuyos vestigios se hallan en la Isla Sagrada Zapatera, entre Granada y Ometepe y las Islas Solentiname.

Según la leyenda, los Muerras mataban a los hombres y se llevaban a las mujeres y a los chiquillos. Que una hermosísima de esas indias, pudo escaparse de la isla sagrada y les contó: me tenían en un heptágono en cuyos lados hay siete figuras de diferentes ídolos a los cuales les ponen el corazón de humanos sacrificados, entre las garras de sus dientes. Para llegar a ese altar hay que subir más de mil gradas, por las cuales arrastraban de los pies a las víctimas, que con los repetidos golpes en la cabeza bañaban con su sangre la escalinata. Que ella, con muchas "xícalli" de las bebidas sagradas, una noche se echó a nado desde la isla, y que siguiendo al Sur, por la costa del Lago, llegó a Upala, en donde por casualidad estaba su novio alistando guerreros para pelear con los Muerras. Pero que después de cinco lunas de terrible desesperación, como estaba idiotizada por las supercherías de los Nahuatis y por los sacrificios humanos que le ofrecían al adorarla, no pudo resistir al afligido amor del apuesto indio "boto", quien al verla muriéndose juró vengarse.

Desesperado el indio, no enterró el cuerpo de su amada, sino que lo echó atado con una piedra al río Zapote por la noche, y, atravesando la montaña, llegó anocheciendo, después de trotar durante todo el dla, a la desembocadura del Caño de Mango en el Río Frío. Que al pasar a nado el río en donde la verde y tropical ribera forma un riquísimo marco, aún hoy, al magnífico espejo líquido, espejo mucho mejor que de cristal de roca, la india se le apareció dentro del agua y que con ademanes le decía: vete a dormir tranquilo, y cuando despiertes encontrarás unas plumas a tu lado, póntelas en tu cabellera y te sentirás fuerte como los Muerras. Para probarte eso, coge después los carrizos de la orilla del río y verás que cuantos cogieres se harán en tus manos mazos y hachas, arcos y flechas, con los cuales y con tu misma gente matarás a los Muerras en su próximo viaje.

Esa es la leyenda, para terminar sus abuelos le contaban, que los mismos abuelos de sus abuelos ... habían matado a todos los Muerras, pero que habían quedado tan mal, que se morían en el Caño al lavarse tanta sangre de las heridas y, que por eso, siempre que iban al Caño de la Muerte, se lavaban las piernas para recordar el consejo de la india, cuya cara en las noches del astro, todavía se ve en la lumbre del agua.

Fuente: Céspedes Marín, Amando. "Los Muertas". Crónicas de la visita oficial y Diocesana al Guatusa, pp. 82-83.

La fuente del sacrificio (Costa Rica)

Leyendas indígenas de mi tierra ¡cuánta belleza y cuánta imaginación hay en ellas ... !

Al desprenderse un terraplén de tierra, cerca del yurro cantarina, dejó al descubierto una pared casi vertical, como si ella hubiera sido hecha a propósito por la cuchilla de un aparato mecánico moderno.

Examinada por los vecinos de la ranchería cercana, encontraron que ciertas líneas transversales simulaban el cuerpo de una joven india, acostada con la cara al cielo.

Aquella buena gente de la Sabana de la Concepción, del cantón de Buenos Aires, se quedó "pasmada" de asombro, porque ese tatuaje en la pared del cerro, venía a recordar una vieja y extraña leyenda indígena, casi olvidada, del tiempo de la conquista y la pacificación.

Y diz los vecinos más ancianos, que a su vez lo escucharon de sus progenitores, que fue precisamente en ese mismo sitio, que siempre se llamó la Fuente del Sacrificio, donde un padre indígena sorprendió a su hija con un soldado español de los que acompañaron en su gira, por aquellos lados, a Vázquez de Coronado. Y continúa la leyenda diciendo que aquel padre, enardecido por la ira, de un flechazo mató al arcabucero, al verlo entretenido deleitándose en acariciar los senos de la india, y que, a continuación, para limpiar la impureza, procedió a rebanar a aquellas partes de la belleza aborigen.

Pero la leyenda no concluye ahí, porque notada la ausencia del deseatriado soldado aventurero en la expedición, Vázquez de Coronado ordenó la búsqueda encontrándoselo muerto con una flecha en la espalda.

Hechas las averiguaciones, y convicto de asesinato el indio, que no negó los cargos, fue condenado a morir a garrote "para escarnio de uno y otro".

La joven india, arrepentida y mordida por la pena de sentirse causante de tan gran tragedia, después de esconderse varios días, retornó al sitio y se dejó morir.

Por algunas lunas y muchos soles aquellos graves sucesos fueron el plato de conversación de la indiada, pero los años fueron pasando poniendo su polvito de olvido en la mente de todos y nadie volvió a recordarlos. Es decir, sí se recordaban; allá de cuando en cuando, un abuelito en la tertulia familiar hacía triste reminiscencia de esa historia.

Fuente: Rodríguez G., Rafael. "La fuente del sacrificio". Costa Rica de Ayer y Hoy, Año 8, enero-febrero, 1957, N° 4, p. 4.

Las hormigas de Nandayure (Costa Rica)

Autor: Rafael Armando Rodríguez Gutiérrez Tomado de: Leyendas ticas de la tierra, los animales, las cosas, la religión y la magia. compliado por Elías Zeledón.

Cuando este humilde servidor de ustedes, comenzaba a viajar por la provincia de Guanacaste, hace unos treinta y dos años, tuvo la feliz oportunidad de escuchar esta leyenda, en Santa Rita de Nandayure, contada por una viejecita en un rezo de novenario, ahí les va:

En cierta ocasión en que la bella Nandayure regresaba de una de sus frecuentes expansiones espirituales , por las alturas de los cerros de Maquenco y Las Camas, desde donde por horas de horas se quedaba extasiada contemplando el mar, sucedió que al llegar a su palenque en Beda, capital del señorío chorotega para antes de la conquista, encontró sus cosas revueltas y a sus numerosas esclavas vestidas con su misma ropa, en un alboroto singular.

Y sucedió que indignada montó en gran cólera y arrojó de su lado a las servidoras que tan mal uso hacían de su libertad en la ausencia de su ama y señora.

Y sucedió que Mantlatl, la jefe de todas, quien las había inducido al mal y era recomendada del cacique Nambí, se quejó a éste por lo que consideraba una afrenta a su nombradía; y el cacique la retornó a su puesto.

Y sucedió que inconforme Nandayure con el fallo de su pariente y señor, tomando la resolución por una grave ofensa a su dignidad, fue a la selva profunda e invocó al Espíritu Creador y le pidió consejo.

Y sucedió que el Gran Espíritu, que vela tiernamente por sus hijos los chorotegas y tenían en gran estimación a Nandayure, le dio el poder de cambiar las formas humanas de sus rebeldes servidoras.

Y sucedió que Nandayure llegada a la tribu, por pura curiosidad, empleo su poder con las jóvenes de su séquito y las convirtió en hormigas zompopas.

Y sucedió que al verlas así, consternada y muy triste se fue a pedir en el monte al Gran Espíritu otro poder para volverlas, pero el ente se negó a concederle esa gracia hasta tanto aquellas criaturas no pagaran con buenas acciones su mala acción.

Y desde entonces existe en toda la región de Nandayure, una clase especial de hormigas que tienen la virtud de adivinar los buenos y malos pensamientos que se esconden dentro del alma de las gentes y así proceden a desterrar de la contornada a todo aquel que se llega allí con malos propósitos.

Los campesinos de por esos lados aseguran que la leyenda es cierta, tan cierta como el aire que respiramos, pues las hormigas en gran diligencia se meten en a los sembrados y arrasan con las matas de aquellos labriegos que albergan malos sentimientos en su corazón.

El agricultor a quien tal dao se hace, está condenado a dejar la región, porque las hormigas de Nandayure jamás lo dejan prosperar.

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

La leyenda del Irazú (Costa Rica)

La luna llena plateaba la noche repleta de calma. Sentada a la orilla de un perezoso riachuelo, una pareja de enamorados conversaba quedamente. Ella frágil, esbelta y dulce, hija del cacique. El fsicj ágil, alto y fuerte, renombrado cazador y temido guerrero. La luna, testigo de su cariño, conocía de sus planes, de su constancia, zozobras y amoríos. Miraban plácidamente la inmensidad del cielo, con las manos entrelazadas, prometiéndose amor eterno, escuchando el bullicio silencioso de la plácida noche. Súbitamente, el silencio se interrumpió al crujir dolorosamente una rama seca que se quebraba. El guerrero de un salto se puso en pie con el filoso puñal desenfundado pero... el inquietante ruido no se repitió más, la armoniosa calma continuó. Una suave brisa transportaba el perfume de las fragantes flores silvestres.

La aldea, con sus pequeñas y numerosas chozas, con su imponente palenque y su majestuoso templo al Dios Sol, permanecía despierta. En las chozas, grupos familiares conversaban y reían al calor de los chispeantes fogones. En el templo, solemne silencio llenaba todos los rincones, la estatua de piedra erigida al Sol reflejaba, inconstantemente, las rojizas llamas de la tea permanente encendida en su honor.

En el palenque, los principales de la tribu oían, entre olores a carne asada y chicha de maíz, leyendas de los héroes del lugar, contadas cadenciosamente por un anguloso servidor del templo del Sol, quien, con mano hábil, golpeaba un tosco tambor que resonaba con furia cuando el relato se refería a momentos de peligro o heroísmo. El viejo cacique, sentado en sitio preferente, escuchaba con atención. Su rostro, cruzado por profundos surcos de experiencia, brillaba como si fuera de bronce, iluminado por las amarillentas llamas del fogón expresando intensa serenidad.

Como un felino entra en su cueva cuando no lo amenaza peligro alguno, así entró, arrogante y silencioso, el gran sacerdote al palenque. Paso a paso atravesó el lugar hasta acercarse al patriarcal jefe. Susurrante empezó su relato. Ninguno de los presentes oyó ni una palabra con claridad. El rostro del anciano, que reflejaba serenidad completa segundos antes, empezó a cambiar sucesiva y rápidamente de expresión.

Las llamas, primitivos reflectores, iluminaban la transfiguración: disgusto... apatía... leve interés... profunda atención... sorpresa... tristeza... enojo... cólera... furia.

El cacique lentamente se incorporó. El narrador automáticamente cortó su relato. El gran sacerdote, de ojos negros pequeñísimos y refulgentes, se apartó de su lado y el anciano, con paso lento pero firme, se dirigió hacia el templo.

Ante el monumento al Sol, rasgando sus vestiduras clamó: Sol todopoderoso, oh Dios inmenso! Con profundo dolor vengo hoy, triste día, a pedirte clemencia para nosotros y castigo ejemplar para quien no supo obedecer tus inflexibles mandatos. Mi hija, mi propia hija, insensatamente ha querido por mucho tiempo a un guerrero de la tribu de cazadores, enemigo de nuestra raza y nuestra religión. Por su sacrilego pecado, oh dios, te pido castigar su falta y maldecir al miserable infiel. Quejumbroso, al cacique continuó suplicando, primero con voz sonora y fuerte, luego con gritos poderosos, ensordecedores. La calma de la aldea fue desalojada por los retumbantes gritos del viejo que pedía, al Sol Dios, ejemplar castigo que fuese lección eterna para los pecadores irreflexivos y desenfrenados.

El Dios... le oyó. Con mano omnipotente tomó a la dulce y enamorada muchacha y con furia le incrustó en el azul del cielo, en el azul intenso, en el azul profundo, convirtiéndose en suave, blanca y vaporosa nube que engalanó por primera vez el cielo de Costa Rica.

El Dios vengativo no tocó al bravo guerrero, viril y valiente. Murió de soledad jurando luchar eternamente por alcanzar a su amada.

Como era tradicional, el intrépido guerrero fue enterrado en la llanura con los ritos y ceremonias dignos de sus méritos y rangos.

Sus amigos abandonaron pronto el lugar dejando en la tumba el cuerpo yerto, guardián del juramento eterno. Esa misma noche la tumba quebró la monotonía de la llanura, empezando a crecer. Con esfuerzo titánico creció convirtiéndose en túmulo, lentamente de túmulo en duna, despaciosamente de duna en loma, de loma en montaña, de montaña en el imponente Irazú. Irazú, centinela gallardo de aquella llanura. El juramento estaba cumplido...

En las mañanas frías, la nube blanca, vaporosa y femenina, cariñosamente envuelve al gigantesco Irazú, guerrero viril, disfrutando eternamente de su amor, el cual ni el omnipotente Dios del viejo cacique logró romper.

FUENTE: Castro, G. (1957)

La leyenda del Poás El sacrificio de Rualdo (Costa Rica)

Costa Rica es un hermoso país de la América Central cuya exótica Geografía exhibe selvas espesas y montañas jalonadas por fieros volcanes. Uno de ellos es el Poás.

En las selvas que se extienden en los alrededores del coloso, viven infinidad de aves cantoras, muchas de ellas con nombres curiosos y muy originales. Sólo una, la más bella por los colores de su plumaje, es muda. Se llama Rualdo y es el principal protagonista de una hermosa leyenda indígena.

Cuenta esta leyenda que hace muchos siglos, antes de la llegada de los conquistadores, el Rualdo era un ave de plumaje corriente pero su canto era el más bello y melodioso de toda la selva.

En los límites de la jungla, cerca del volcán, había un poblado indígena. En una de sus chozas vivía una hermosa muchacha huérfana, amiga de los pájaros...

Todas las mañanas, al dirigirse al río con un pequeño cántaro, la doncella caminaba lentamente, mientras escuchaba extasiada el hermoso canto de las pequeñas aves...

En cierta ocasión, una pareja de Rualdos anidó cerca de su choza. Día a día la joven observaba complacida el alegre ir y venir de los pajaritos, llevando alimentos a su pequeñuelo.

Una mañana...

— Qué extraño, hace dos días no oigo el canto de los rualdos y el pequeño no hace más que piar desesperadamente.

— Algo tuvo que haberle ocurrido a los padres... jamás podrían abandonar a su cría así por así...

— Ven conmigo amiguito, yo te cuidaré hasta que seas grande y fuerte. Conmigo nadie te hará daño.

Desde entonces la muchacha se dedicó con sumo esmero al cuido del indefenso paj arillo. El animalito pronto creció y se hizo vivaz y cantarín, alegrando con sus trinos la morada de la solitaria joven.

El vínculo que se estableció entre el Rualdo y su ama, llegó a ser entrañable. El ave acompañaba a la joven en todo momento y lugar, ella le contaba sus cuitas y confidencias.

Un día...

— ¡La furia del Poás se ha desatado!

La tierra tembló violentamente y los habitantes del poblado salieron de sus chozas, presas del pánico. Mientras bajaban torrentes de lava por las laderas del volcán.

— ¡El dios del volcán está molesto, hay que calmar su furia antes de que sea demasiado tarde!

— ¡Reverenciamos tu grandeza gran dios del fuego y del trueno... compadécete de nosotros!

Los brujos pronunciaban oraciones ininteligibles y le ofrecían al dios volcánico animales y frutas. Mientras tanto, la joven huérfana corrió a esconderse al interior de su choza.

— No temas pequeño Rualdo, pronto pasará la furia del gran dios. El volcán rugía cada vez con mayor furia.

— El gran dios no se conforma con nuestras ofrendas... parece pedir algo más...

— Sí... y yo creo saber que quiere...

El brujo más anciano decidió acercarse a la lava para confirmar sus corazonadas

— Quiere un sacrificio humano

— ¡Soy tu confidente, gran dios del fuego... dime con qué ofrenda calmaremos tu furia!

El monstruo confió sus secretos al gran brujo...

— Quiero en sacrificio a la doncella más hermosa del poblado... la doncella más hermosa del poblado...

— ... La doncella más hermosa del poblado... yo sé bien donde vive... en la vieja choza con su Rualdo.

El brujo convocó a todos los líderes del poblado y los enteró sobre los deseos del dios del Poás.

— No hay tiempo que perder, vamos por esa doncella antes de que sea demasiado tarde.

En el interior de la choza, la joven yacía escondida en un rincón, acompañada de su Rualdo. Su corazón parecía avisarle del peligro que corría su vida.

De pronto...

— Sabemos que estás ahí muchacha, hemos venido por ti para sacrificarte al gran dios del fuego.

— No por favor, no quiero morir.

— Es inútil que implores piedad muchacha, todo el pueblo atiende los deseos del gran dios del volcán.

La doncella pronto comprendió su imposibilidad de luchar contra los designios de su pueblo. Su vida y su belleza eran inevitablemente el precio a pagar para salvar a los suyos de una muerte segura.

— Si me niego al sacrificio, el dios del volcán aniquilará entonces a todo este poblado y yo, de todas formas, moriré. Ofrendaré mi vida para cumplir la voluntad de mi raza y salvar así a muchas vidas inocentes.

Venciendo sus temores, la muchacha se entregó a los supremos sacerdotes.

A lo alto, el monstruo volcánico esperaba impaciente a su víctima.

El sacerdote condujo a la doncella cerca del cráter. Ahí, mascullando oraciones, la dejó en libertad para que avanzara hacia el fuego. No podría ya retroceder, a sus espaldas esperaban los cuchillos del pedernal...

— Por el bien de mi pueblo, por la salvación de mi raza, acógeme en tus entrañas, gran dios del fuego y de la lava...

La muchacha dio unos pasos vacilantes y entonces...

— Gran dios del Poás, te imploro el perdón para mi ama...

Volando en círculos sobre el cráter, mientras burlaba las lenguas de fuego, el Rualdo habló al volcán en el lenguaje misterioso de la naturaleza...

— A cambio de su vida te ofrezco la armonía de mi voz

Y el Rualdo cantó como nunca antes lo había hecho. La maravilla de sus melodiosos trinos vibraron en el ambiente, ahogando el rugido del coloso volcánico.

El Poás se enterneció, la dulzura de los cantos hicieron saltar sus lágrimas, llenándose con ellas el cráter en medio de una gran hu-madera.

El fuego y la lava se extinguieron, ocupando en su lugar una hermosa laguna que cubrió gran parte de la oquedad del volcán.

Testigos maravillados de tan soberbio espectáculo fueron la hermosa doncella huérfana y su noble Rualdo, el cual seguía volando en círculo sobre el enorme cráter...

Las ardientes emanaciones del fuego extinto habían secado su voz para siempre pero el calor doró sus plumas y las matizó de hermosos colores azul y verde.

En adelante la selva jamás volvería a deleitarse con la mágica armonía de sus trinos, pero su hermoso plumaje sería una melodía visual para todos aquellos que gozaban del privilegio de verlo volar sobre bosques y montañas. La doncella regresó a la aldea, en medio del asombro y el silencio reverencial de toda la población.

Cuenta la leyenda que el Poás, ennomblecido por el sacrificio del Rualdo, nunca dejó de llorar. De cuando en cuando deja escapar chorros de vapor caliente... son los llantos tardíos del gran dios del fuego y de la lava...

Oscar Sierra Quintero

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

La cuesta del toro (Costa Rica)

Las tardes enrredaban sus fulgores sobre la maraña del bosque. Bullía el cromo e incendiaba en rojo los sotos del camino... Sobre la montaña había un danzar innumerable de oro.

Moreno él árbol se erguía.

Los pobladores primeros, los que llevaron en su pecho como una joya prendida, una ilusión, no abatieron con sus hachas victoriosas este árbol, casi seco, corroído por la uña implacable de los días y los años.

Solitario el árbol se erguía. Era un gigante. Sobre sus hojas verdes, cuando joven, se posaban miles y miles de pájaros; el árbol entonces era como un pentagrama raro que estuviera floreciendo y, así, ungido por la armonía de las aves como pedazos impasibles de iris.

Impertérrito, soportó bravamente la lluvia persistente, el gotear de las gotas de agua sobre sus hojas verdes. Recibió bautismos singulares: el del sol y el del agua; indiferente, único, impasible como el dolor.

Así pasaron años... El viento al pasar penetraba sus concavidades y producía un bramido prolongado y espantoso... ¡En la noches, claras de luna, maravillosas, pensárase en un toro colosal! He aquí el origen, he aquí la leyenda de esta senda que por sobre la espalda de la cumbre, asciende en espiral siempre hacia arriba.

...He aquí el porqué de la "CUESTA DEL TORO".

Y esta senda es brava y única. Airosa como un toro que en las noches quietas y perfumadas, cuando hasta los rayos de la luna tienen miedo de turbar la sagrada paz eólica, irrumpe de pronto, violenta y rápidamente en un bramido sordo y prolongado que se pierde en la hondonada, en lo profundo del río, hasta pasar como un himno fúnebre sobre la dormida quietud de los campos...

Fuentes: Elías Zeledón. "Leyendas Costarricenses" Compilador.
Chavarría Trino. "La cuesta del toro". Album de Granados.

El Pirata sin Cabeza (Costa Rica)

V. Rodriguez

Rueda por la playa de los Loros, —entre las bocas de los ríos Jesús María y Grande de Tárcoles,— una leyenda que se afirma en la nebulosa historia de nuestra época colonial, y que alimentan cada año los pescadores o los peones salineros mientras descansan de sus faenas contemplando el maravilloso paisaje que, al ocultarse el sol se admira desde el Peñón de Tivives.

Cuenta la leyenda dicha que: cuando Sharp y Dampier pirateaban en el Mar de Balboa sembrando el terror en las Colonias Españolas, acostumbraban adentrar sus faluchos en el río Jesús María para descansar seguros y reparar averías. En el Peñón dejaban centinelas vigilando el horizonte, y mientras unos trabajaban, cazaban otros y todos bebían, los jefes planeaban la próxima correría.

Un día de tantos llegó del sur Dampier cargado de tesoros; tan grandes y valiosos eran que la codicia llenó su pensamiento y resolvió ocultarlos para lograrlos solo. Su plan confió en secreto al compañero que más temía, un viejo pirata corazón de hiena y punas de acero, e hijo del Diablo —según se decía— ofreciéndole compartir la presa. Ya puestos de acuerdo, con engaños enviaron sus hombres al Peñón de los vigías y entre los dos pasaron el tesoro a la rivera; al pié de corpulento "guanacaste" cavaron hoyo profundo y en cascada amarillenta allí cayó el botín. Pero... recordó Dampier que secretos entre dos no son secretos y su puñal, cien veces asesino, a traición clavó en el ladrón compañero. Cayó el pirata moribundo y expiró invocando a su padre Satanás; éste llegó, -se metió dentro del muerto y por su boca... Aquí! gritó. Tembló Dampier. Requirió su sable y de medroso y terrible tajo separó del tronco la cabeza del muerto, que rodó y rodó cayendo en el hueco del tesoro. Ya no hablarás! dijo el traidor, pero... oh poder del Diablo! El cuerpo del pirata sin cabeza del suelo levantó, extendió hacia la mar su brazo y... Aquí! gritó. Huyó Dampier horrorizado hacia el Peñón de los Vigías llamando compañeros... y el cuerpo sin cabeza tras él corría — Aquí! gritando...Aquí!

Contemplaron los piratas el macabro espectáculo. —Les llenó el espanto.— Volaron al falucho. Las anclas levaron. Al ancho mar huyeron temblando de pavor, y en el Peñón quedó hacia la mar tendiendo el brazo, como un fantasma horrible, el pirata sin cabeza... aquí! gritando... aquí!.

Y en la rivera izquierda del río Jesús María quedó el tesoro guardado, al pié de corpulento "guanacaste" que el hijo del Diablo cuida. Y la sombra del fantasma, del pirata sin cabeza aguarda un hombre sin miedo para partir las riquezas.

Cuentan los viejos pescadores que para las lunas llenas —al llegar la media noche— en el Peñón de Tivives un fantasma sin cabeza, que lanza un grito extraño, por las rocas se pasea. Y que para el mes de octubre, cuando por el río Jesús María bajan corrientes, una lancha misteriosa que nadie maneja, domina las corriente.-, y quietecita se queda, frente a un viejo "guanacaste" que se encuentra en la rivera.

Tal es la leyenda que en el "Peñón de los Vigías" duerme en los inviernos y los veranos despierta, cuando viejos pescadores admiran el bello paisaje, que al ocultarse el sol se contempla desde el Peñón de Tivives.

La Yegüita (Costa Rica)

La leyenda de la Yegüita tiene sus orígenes en la celebración de las Fiestas de la Virgen de Guadalupe en Nicoya, Guanacaste, festividades que se han celebrado después del año 1531.

En el puro principio la festividad se concentraba en la parte religiosa y en la preparación de comidas para las gentes que venían del campo. Un suceso inesperado acaecido en la punta del Cerro las Cruces, en el camino hacia Curime, Nicoya, vino a agregar un aspecto muy interesante a la celebración. Resulta -según cuentan los más viejos- que en una ocasión, cuando los indios promesanos regresaban del pueblo de Nicoya después de misa y procesión de la Virgen un doce de diciembre, dos hermanos guapes pasados de tragos tuvieron un disgusto y se estaban peleando a machetazo limpio. Las gentes al ver aquello imploraron la ayuda de su Patroncita La Virgen de Guadalupe, y fue así como en medio de los peleadores apareció un caballito alazán que a patadas y mordiscos los separó, desapareciendo cuando terminó la pelea. Este hecho fue considerado por los indios como un verdadero milagro y por esta razón, de esa fecha en adelante, en las procesiones va un caballito de madera que ejecuta un baile muy particular al son de pitos y tambores.

Para conmemorar este milagro, quedó entre los indios la costumbre de dirimir sus querellas el doce de diciembre en el pueblo de Nicoya. Sin camisa y con chilillos de cuero de danta, al son de pitos y tambores, se daban hasta sangrarse en presencia del caballito de madera que, cuando considera prudente, interviene bailando para separarlos.


En Nicoya existe la leyenda de que en el tiempo de la conquista, un indio encontró una veta en el camino a Curime. De ésta sacaba oro el cual cambiaba, entre los españoles, por alimentos y ropa; en la Villa de Nicoya fue perseguido en secreto y uno de los pobladores logró conocer el sitio de la mina. El acostumbra a ir también para recoger pepitas, pero un día el indio y su mujer lo sorprendieron. Los dos hombres comenzaron a pelear a muerte y la india, temblando de miedo, se arrodilló y suplicaba ayuda a la Virgen de Guadalupe. Al momento, una yegua negra apareció y se metió entre los combatientes. Frente a tal milagro se detuvo la lucha para salvación de ambos.

Fuente: Elías Zeledón. "Leyendas Costarricenses". Compilador. Stone, Doris. "Leyenda de la Yegüita". Apuntes sobre la fiesta de la Virgen de Guadalupe, celebrada en la ciudad de Nicoya. San Ramón: Museo Nacional, 1954.

Rincón de la Vieja (Costa Rica)

Esta es una encantadora leyenda que explica el origen del nombre del volcán Rincón de la Vieja.

La princesa Curabanda se enamoró de Mixcoac, jefe de una tribú enemiga vecina. Cuando su padre, Curabande, se dió cuenta de la relación, capturó a Mixcoac y lo lanzó dentro del crater del volcán. Curabanda se fue a vivir a un lado del volcán y dió a luz un hijo. Para permitir que el hijo estuviera con su padre, ella también lo lanzó dentro del volcán.

Por el resto der su vida, Curubanda vivió cerca del volcán y llegó a ser una poderosa curandera. La gente se refería a su casa como el "Rincón de le Vieja". Desde entonces el volcán lleva ese nombre.

El Cristo Negro de Esquipulas (Costa Rica)

Según se cuenta en la leyenda, hace muchos años en Guatemala, la policía estaba tras la pista de un sujeto que procuraba ganar dinero con la imagen de un Cristo negro, aprovechándose de la fe, al sentirse perseguido decidió huir, no sin antes llevarse con él la imagen.

No se sabe cómo o por qué, pero este sujeto vino a parar a Guanacaste, donde continuó con sus intenciones de vivir a costillas del "Negrito" como le llamaba la gente al Cristo. Las autoridades locales junto con las de Guatemala decidieron detenerlo, pero éste se escabulló rápidamente, tanto que dejó la imagen colgada en la rama de un árbol en el parque de Santa Cruz, o por lo menos esto fue lo que pensó la gente.

Un vecino decidió recoger y guardar la imagen en su casa, pero la sorpresa la tuvo a la mañana siguiente, ya que ésta había desaparecido, pero el asombro fue mayor al encontrarla nuevamente colgando en el parque, al hecho no se le dio importancia y fue trasladada a la casa del devoto, en la mañana del día siguiente, estaba de nuevo la imagen colgando de la misma rama en el parque, entonces los vecinos comprendieron que la imagen quería un templo y en efecto se lo construyeron.

Por años la imagen ha salido a recorrer las llanuras y vecindarios, aliviando penas y recogiendo limosnas, esta imagen se reconoce por la ausencia de dos dedos en una de sus manos.

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

La Llorona (Costa Rica)

LA LLORONA Versión A

De los campos a las ciudades emigran muchas jovencitas en busca de su sueño, de estudios y de tener mejores trajes y dinero para ayudar a sus familias.

Esta como muchas llegó a la ciudad y se empleo en casa de ricos, enamorándose de su hijo el cual cruelmente la dejó embarazada y luego la despidió de su trabajo.

No habiendo más que hacer, se devolvió a su casa escondiendo su hijo bajo su delantal, lo cual no logró por mucho tiempo, su familia, apegada al cristianismo, comenzó a decirle su error a todas horas, creándole gran angustia.

Una noche bajo un gran aguacero corrió hacia el río y pariéndolo lo lanzó a la corriente, al ver lo que había hecho se lanzó detrás del niño gritando y llorando.

Todavía en las noches de luna después de una creciente se oye el llanto de esta mujer, y se puede verle tras el rayo de luna en el agua del río, tratando de alcanzar a su hijo.

Dicen que el señor en su gran misericordia tendrá compasión de ella y que algún día lo alcanzará, volverá a la vida y será un gran hombre revolucionario de la sociedad.

LA LLORONA Versión B

En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido y sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.

Es una voz de mujer que solloza, que vaga por las márgenes del río buscando algo, algo que ha perdido y que no hallará jamás. Atemoriza a los chicuelos que han oído, contada por los labios marchitos de la abuela, la historia enternecedora de aquella mujer que vive en los potreros, interrumpiendo el silencio de la noche con su gemido eterno.

Era una pobre campesina cuya adolescencia se había deslizado en medio de la tranquilidad escuchando con agrado los pajarillos que se columpiaban alegres en las ramas de los higuerones. Abandonaba su lecho cuando el canto del gallo anunciaba la aurora, y se dirigía hacia el río a traer agua con sus tinajas de barro, despertando, al pasar, a las vacas que descansaban en el camino.

Era feliz amando la naturaleza; pero una vez que llegó a la hacienda de la familia del patrón en la época de verano, la hermosa campesina pudo observar el lujo y la coquetería de las señoritas que venían de San José. Hizo la comparación entre los encantos de aquellas mujeres y los suyos; vio que su cuerpo era tan cimbreante como el de ellas, que poseían una bonita cara, una sonrisa trastornadora, y se dedicó a imitarías.

Como era hacendosa, la patrona la tomó a su servicio y la trajo a la capital donde, al poco tiempo, fue corrompida por sus compañeras y los grandes vicios que se tienen en las capitales, y el grado de libertinaje en el que son absorbidas por las metrópolis. Fue seducida por un jovencito de esos que en los salones se dan tono con su cultura y que, con frecuencia, amanecen completamente ebrios en las casas de tolerancia. Cuando sintió que iba a ser madre, se retiró "de la capital y volvió a la casa paterna. A escondidas de su familia dio a luz a una preciosa niñita que arrojó enseguida al sitio en donde el río era mas profundo, en un momento de incapacidad y temor a enfrentar a un padre o una sociedad que actuó de esa forma. Después se volvió loca y, según los campesinos, el arrepentimiento la hace vagar ahora por las orillas de los riachuelos buscando siempre el cadáver de su hija que no volverá a encontrar.

Esta triste leyenda que, día a día la vemos con más frecuencia que ayer, debido al crecimiento de la sociedad, de que ya no son los ríos, sino las letrinas y tanques sépticos donde el respeto por la vida ha pasado a otro plano, nos lleva a pensar que estamos obligados a educar más a nuestros hijos e hijas, para evitar lamentarnos y ser más consecuentes con lo que nos rodea. De entonces acá, oye el viajero a la orilla de los ríos, cuando en callada noche atraviesa el bosque, aves quejumbrosos, desgarradores y terribles que paralizan la sangre. Es la Llorona que busca a su hija...

Relato realizado por: Don Concepción Azofeifa

La Tulevieja (Costa Rica)

Nuestros mayores se valían de cualquier cosa para inducir miedo a los más pequeños y así mantener el orden del hogar.

Esta era una viejita que vivía cerca del río Virilla en una casucha destartalada por el tiempo, usaba para taparse del sol un gran sombrero de "tule", hoja amplia de la planta del mismo nombre.

¡Se lo va a llevar la vieja de la tule!, decían a aquellas criaturas que amedrentadas huían al verla recogiendo leña cerca del río.

Al pasar de los años, ésta se convirtió en una leyenda describiéndola de la siguiente manera:

"Gran sombrero de tule, pechos al desnudo, patas de gavilán, alas de murciélago, rostro de bruja y carga de leña."

Se dice que alza vuelo y cae sobre la persona despedazándola cuando esta se encuentra en pecado mortal.


La primitiva población de Dos Cercas, más tarde aldea de Desamparados, la asentaron los padres franciscanos que intervinieron en la colonización de Costa Rica, en un vallecito agreste, rodeado de montañas y regado por tres ríos: Tiribí, Damas y Cucubres. Escogieron un punto intermedio, más o menos, entre las antañonas poblaciones de Aserrí y Curridabat. Un lugar de descanso y refugio, en las horas de fuerte sol o de persistentes lluvias.

Como el medio era tan bello, de una vegetación rica, las gentes desarrollaron su imaginación fantasiosamente creando una serie de leyendas. La leyenda es la poesía de! campesino.

García Monge recogió una, titulada "El caballito de oro". Francisco María Núnez, la de "El ataúd volador de Ñor Prudencio", y algunas otras más. Quedaba por consignar en el papel, antes de que se pierda en el olvido, la de La Tulevieja.

Recordemos que, como las gentes se bañaban en los ríos, y de ellos tomaban el agua de consumo, entonces cristalina, pura, hubo remansos escondidos entre la fronda, diríamos, poéticos; que recibieron nombres y dieron origen a hermosas leyendas: La poza de La Unión, donde se unen los ríos Tiribí y Damas: La de Cancancho; la de La Selva, y muchas más.

Concretando, nos referimos a la Tulevieja. No olvidemos que las mujeres campesinas solían usar un sombrero de paja, puntiagudo, que se calaban hasta los ojos. Lo llamaban "tule". Generalmente estaba renegrido por las manchas de platano o de café. Les servía para librarse del sol o la lluvia, y también de los insectos, especialmente de las avispas que suelen enredarse en el pelo y constituyen una mortificación.

La Tulevieja era una señora entrada en años y mañas. Se dice que hasta dormía con el sombrero puesto, Deformado, sucio, con un aspecto de chupón.

La chiquillería burlona le puso el apodo de Tulevieja, y se complacía en molestarla. Ella entraba en enojo y, si tenía una rama a mano, corría tras ellos, tratando de alcanzarlos para darles su merecido. Nunca lo lograba. Sus bravatas estimulaban a los traviesos muchachos.

La Tulevieja iba a los cafetales a buscar "charramasca", o sea, leña menuda. De paso, cargaba un racimo de plátanos sobre su cabeza. El tule, cada día más renegrido.

Un día el viento le voló el sombrero que cayó sobre las turbulentas aguas del entonces crecido río Tiribi, arrastrándolo en su corriente. Ella voló en su persecución. La cabeza de agua de la gran creciente la ahogó.

Relato realizado por: Epifanía Gutiérrez

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

La Cegua (Costa Rica)

"Muchacha de divina voz que arrulla como un canto de sirena, pero que no da la cara que tiene de yegua infernal. Enamora con su arrullo a los hombres que andan por solitarios caminos. Tiene la muerte en los labios y mata besando. Alguien la ha visto bañarse en el río y peinarse las crines con una rasqueta de oro".

LA CEGUA Versión A

Muchas historias tiene, pero me atrajo la sencillez con que me contó Don Jesús Alvarado la suya, campesino de Quircot comunidad situada al este de la ciudad de Cartago, Costa Rica.

Dice así:

Los hombres trasnochadores y borrachos tenemos más probabilidad de topárnosla cuando venimos de la cantina pasando por trillos y cafetales.

Bella como el girasol, de curvas pronunciadas y grandes bustos, piernas torneadas como bizcocho de maíz, su cara por mi borrachera no se notaba muy bien.

Al pasar junto a ella en mi caballo a las 11 de la noche, me pidió fuego para encender un cigarro, de inmediato saqué mis fósforos y al encender, miré su cara de yegua, con sus grandes dientes y sus ojos rojos y endemoniados, caí desmayado sobre mi caballo y duré 4 días con la lengua trabada.

¡CLARO MUCHACHO ERA LA SEGUA!

LA CEGUA Versión B

Me acompañaba un hombre del campo, alma ingenua y sana que había logrado conservar, con toda su pureza, su nativa sencillez. Yo, que amo esas almas vírgenes de artificio, y me complazco en penetrar en ellas, escuchaba atento su conversación, y sólo de cuando en cuando le interrumpía para hacerle una pregunta que era algo como un buceo. Ni un aleteo de viento movía los árboles; nadie transitaba por el camino y remaba un silencio majestuoso en la plenitud de la noche soberbiamente constelada. Apenas si venía a turbar esa calma solemne, como un crujir de raso, el murmureo apagado de un riachuelo linfático que discurría, lamiendo las piedras, en el fondo de un próximo barranco. De pronto oírnos el golpe acompasado de un caballo que trota, bien opacado el golpear de sus cascos por el piso de tierra.

- "Alguien viene", dije a mi compañero.

Puso alerta el experto oído de hombre de campo y, con la seguridad del que está convencido de lo que afirma, contestó:

- "No viene por este camino, va por el otro de más arriba." - No había acabado de pronunciar esta frase cuando se apagó el ruido de las pisadas, como si el jinete se hubiera detenido de pronto. Unos momentos después debió seguir la marcha, pero en lugar de rítmico golpear del trote se dejó oír el repiquetear desatentado de un galope tendido.

Con voz ahuecada que parecía envolver un supersticioso respeto, el campesino murmuró:

- "Ese caminante se ha encontrado con la Cegua. Pero no tenga miedo, patrón, a nosotros no nos sale: somos dos, y para ajuste caminamos a pie".

-"¿La Cegua?" - prorrumpí con extrañeza. - "¿Qué animal es ese?"

Me pareció que una sonrisa había retozado en los labios de aquel buen hombre que repuso, como si no se animara a creer en mi ignorancia:

- "¡Pero, señor! ¿Cómo es posible que Ud., que lee tanto, no sepa qué es la Cegua? Es el mismísimo demonio, y Dios lo guarde de encontrarse con ella". "Te aseguro que no lo sé; explícamelo".

Estábamos ya muy cerca de la estancia y seguía oyéndose la vertiginosa carrera del caballo. Los perros que nos habían olfateado ladraban, no en son de alarma sino de gusto. La noche era fresca, las estrellas regaban siempre su oro pálido sobre el vasto paisaje, y el riachuelo linfático proseguía en su crujir de raso. El ambiente todo parecía convidar a los consejos y relatos misteriosos. Comenzamos a caminar más despacio, y el rústico, con un sabor de poesía que sólo es propio de la credulidad de las imaginaciones en bruto, se expresó asi:

No hay uno solo de los que han visto a la Cegua que se haya quedado como era antes. Hombres fuertes, sanos, colorados, que nunca se afligieron por el trabajo, después que se les apareció resultaron amarillos y flacos y flojos. Algunos también se murieron de puro susto - y citó a varios de los que habían perdido la vida a causa de la terrible aparición.

- "No es fácil verla" - prosiguió diciendo - "en todas partes; son ciertos lugares los que le cuadran. Por aquí anda siempre y por eso, fíjese que es raro ver un caminante a caballo solo. Casi siempre van dos juntos".

- "¿No es posible que la vean dos?" - le interrumpí.

- "Cuando va uno sólito es que se asoma," repuso hilvanando de nuevo su relato, con la satisfacción del que sabe que es escuchado con vivo interés.

- "En algún sitio lejos del poblado, sobre todo si hay arboleda y el camino es estrecho, es donde le gusta sorprender a los viajeros. En medio del camino se presenta y, con una voz muy dulce y muy débil, como si se estuviera muriendo, dice:

- "Señor, estoy muy cansada, y tengo que ir a ver a mi madre que está enferma, me quiere llevar al pueblo de ...?", y dice el nombre del pueblo que está más cerca porque, como es el mismo enemigo, todo lo sabe.

- "¿Entonces es una persona, o tiene el aspecto de persona?" - me atreví a interrumpirle nuevamente.

- "Es una joven muy linda, blanca, con los ojos negros y grandes, el pelo rizado y la boca preciosa. Todos los que la miran así se encantan de ella y, sobre todo, les da lástima porque se le ve cansancio en la cara y se le siente en la voz".

Un céfiro fino comenzó a juguetear en aquel momento, estremeciéndose las hojas con un temblor suave, como si un ser misterioso e invisible se adelantara, abriéndose paso entre las ramas tupidas. La naturaleza ayudaba al narrador.

- "Ni los más cerrados se resisten a su ruego, y todos caen en su lazo. Hay quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros que prefieren llevarla a la grupa. Para ella es lo mismo. Cuando comienza a caminar, si va adelante vuelve la cara, si va atrás hace que el jinete la vuelva. Aquí lo espantoso. Aquella mujer hermosa ya no es ella. Tiene la cara corno la calavera de un caballo: los ojos lanzan fuego, enseña con amenaza los dientes pelados y muy grandes, tiene la boca abierta y arroja un vaho por aliento que huele a podrido. Al mismo tiempo sus brazos, como fierro, se agarran del jinete. El mismo caballo, que parece que se da cuenta de lo que lleva encima, arranca a correr como loco sin que ninguno lo pueda contener".

- "¿Y qué pasa después?"

- Los que al hacer montar a la joven hermosa han tenido malas intenciones, esos mueren todos, y se les encuentra tendidos con los ojos abiertos y saltados. Los otros, ya se lo dije, para el resto de su vida quedan sin servir para nada".

Llegamos al portón de la estancia y los perros ladraban más fuerte. Yo, entre tanto, me internaba en una profunda meditación, ¿No tiene una enseñanza muy saludable esta fantasía? ¿Quién en el camino de la vida no se ha encontrado a la Cegua? ¿Quién no ha sentido la seducción de la belleza con todos sus hechizos físicos, y nada más? ¿Quién no se ha rendido a la piedad mal entendida? ¿Quién en un momento no ha tomado el abono por las hojas? Y después... la debilidad en el cuerpo o en el alma, la muerte acaso.

La Cegua, grande o pequeña, con huellas de arañazo o surco de arado, ¡todos la hemos encontrado en nuestro camino!.

Relato realizado por: Cándida Solano

La leyenda de la Piedra de San Isidro de San Ramón (Costa Rica)

Dicen los que de tales cosas saben, que los indios huetares creían "que su dios, el sol, era un ser ávido de sacrificios; con tal objetivo construyeron: un altar de piedra muy grande. Los huetares nacidos en el mes de marzo" eran consagrados al dios sol".

Resulta que el cacique tenía una princesa muy linda, pero con un gran problema: había nacido en el mes de marzo; por lo tanto, estaba destinada al sacrificio. Esta muchacha, de nombre Yumbaruti, tenía la dignidad de sacerdotisa o sea "Virgen del sol".

Según la tradición, el día en que la princesa cumpliera 15 años, tenía que bailar alrededor de un círculo, cuyo centro tendría un arco con una vasija llena de hojas, esencias y resinas. Si al terminar la danza el contenido ardía y aún el sol no se había puesto, era señal de contento del dios, con lo cual perdonaba el sacrificio.

Dicen que faltaban pocos meses para que Yumbaruti cumpliera los 15 años, cuando llegó al pueblo, situado en donde hoy se asienta la ciudad de San Ramón, un joven muy apuesto, de sangre chorotega, Turichique, quien se enamoró perdidamente de la muchacha. Pero Yumbaruti no lo aceptó, temerosa de que el dios sol se enojara.

Sin embargo, Turichique resolvió el problema por el camino más fácil: raptó a la princesa. Con ella a las espaldas, se fue a las montañas.

Pero he aquí que el día señalado para la danza del sol, la princesa regresó a cumplir lo prometido; la muchacha comenzó a bailar desde la pura mañana y le dio el oscurecer y seguía en sus bailes; pero resulta que la oscuridad fue muy pronunciada durante todo el día, ya que el sol no quiso presentar su cara. Y como no había sol, no ardieron las resinas, ni las esencias, ni las hojas secas.

Yumbaruti se desmayó de cansancio. El brujo de la tribu manifestó que la princesa no era pura, y que por tal razón el sol se había negado a salir. No quedó otro camino que amarrar a la muchacha para llevarla al sacrificio.

El día destinado a la ofrenda tampoco se asomó el sol. En cuanto llevaron la muchacha a la piedra de los sacrificios y le clavaron una lanza en el conlzón, empezó una fina lluvia y, además, un rayo cayó sobre el cadáver, partiendo la piedra en dos. Desde entonces en cada centenario de aquel acontecimiento hay un enorme aguacero, viene la tormenta, caen rayos y se oye fortísimo el cantar de un gallo al filo del mediodía, probablemente sea el espíritu de Turichique que aún vaga en busca de su amor.

Fuente: Salas Guzmán, Emel. "La leyenda de la Piedra de San Isidro de San Ramón". La Nación, 31 de enero de 1974, p. 10. c. (Suplemento Gentes y Paisajes).

El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva (Costa Rica)

Hace muchos años, tantos que aún no habían llegado a nuestra tierra los primeros descubridores españoles, este país era un dominio de los aztecas. Así lo dicen los documentos de la época española y así también parece desprenderse de la siguiente leyenda que nosotros recogimos de boca de un anciano de más de setenta años, moreno, barbilampiño, posible descendiente de los huetares.

Cuenta la leyenda que en el valle del Abra1 existía un grupo de aborígenes bastante numeroso, distribuido en rancherías; una de ellas, cuyo nombre indígena se perdió, estaba situada en una zona próxima a lo que hoyes San Rafael de Heredia, San Josecito.

Según se desprende de los enterramientos hasta ahora hallados en esa región, estos indios eran hábiles en las artes manuales; sabían hacer en piedra cabezas, retratos, sukias, es decir, hechiceros modelados con bastante perfección, hachas de varios tamaños, cerámicas policromadas y otros objetos más.

Un día llegó a ese pueblo una suntuosa comitiva de indios extranjeros, todos muy bien vestidos, algunos llevaban armas de guerra. En el grupo se destacaba uno que portaba un arbolito de matasano en el que se veía arrollada una serpiente, la cual parecía ser el símbolo de la cultura a la que los visitantes pertenecían.

Los recién llegados eran nada menos que los agentes colectores de tributos en las tierras dominadas por los aztecas. En su lengua se les llamaba calpixquis y los tributos que demandaban eran maíz, telas, cerámica, mujeres, esclavos, etc.

La gente del poblado se reunió en la plaza y los intérpretes tradujeron el deseo de los calpixquis, que era el de dejar allí el arbolito junto con la serpiente2.

Pero sucedió que al poner en el suelo la serpiente, al momento empezó a brotar agua y más agua, cosa que no agradó a los indios quienes suplicaron a los colectores de tributos que se llevaran la serpiente y que dejaran el arbolito de matasano.

Así lo hicieron éstos y cuando, siguiendo su camino con dirección al norte en ruta hacia el país de donde habían venido, llegaron a la cumbre de la montaña más próxima, allí dejaron la serpiente. Del suelo empezó a salir y salir agua, hasta que se formó una laguna: la laguna del volcán Barva3.

Después de estos sucesos habían transcurrido doce lunas cuando la alarma cundió en el pueblo de indios a causa de que la serpiente se había salido de la laguna, había bajado al poblado y andaba devorando niños. Todos los pobladores corrieron al rancho del sukia a pedirle su intervención mágica. El sukia dijo que lo que sucedía era que la serpiente tenía hambre y que para calmarla había que subir a la laguna y ofrecerle sacrificios.

Así se hizo. Desde entonces, año con año, los indios de aquel pueblo llevaban a la laguna niños que inmolaban en honor de la temida serpiente. Los padres de los niños sacrificados recibían como premio poder entrar a la hacienda que por virtud extraña tenía la serpiente en el fondo de la laguna; allí podían recoger y llevar para sus casas, eso sí sólo durante un año, abundantes comestibles que les ayudaban a vivir. Los que no tenían parentesco con los niños sacrificados y que trataban de entrar a aprovisionarse de la laguna, jamás pudieron lograrlo.

Fuente: Meléndez Ch., Carlos. "El árbol matasano, la serpiente y la laguna del Barva", Nuestro país, pp. 34-36.

1. Valle del Abra. Es hoy la zona occidental del Valle Central, de las provincias de San José, Heredia y Alajuela.
2. La suprema deidad de los aztecas era Quetzalcóatl, cuya figura se representaba como una serpiente emplumada.
3. Esta leyenda parece indicar que la laguna del Barva era conocida desde tiempos muy remotos y que existió un camino o calzada indígena hacia el norte, hacia Nicaragua.

Los duendes del bacín (Costa Rica)

Autor: Gulliver. La Nación, 13 de mayo de 1961. Tomado de: Leyendas costarricenses. Compilador Elías Zeledón.

En el amplio galerón que rodea el patio de la casa, las viejecitas están desgranando maíz, arrepolladas en el suelo, con las piernas cruzadas, con los guacales en sus regazos, alrededor de una pirámide blanca de mazorcas blancas y amarillas, van desgranando el duro grano. Como la tarea habitual no les coge el pensamiento, éste se a da a vagar en mil un temas: recuerdos de los tiempos idos, noticias del vecindario, crónicas de las fiestas religiosas, cuentos de fantasmas y cosas "del otro mundo".

Recojamos este relato que se dejó en la memoria: lo narraba Ña Rafela, la viejecita rechoncha y tuerta, la mejor desgranadora de maíz y la mejor rezadora del vecindario.

"Los duendes son unos chiquitos barbudos; tienen orejas puntiagudas como las de los perros: sus "paticas" son como las de los gallos, así se ven sus huellas... yo las vi muchas veces de chiquilla, en los playones de arena del Río Virilla, cuando me criaba en las haciendas de la Caja. Salen por la tarde y pierden a los niños, pero no les hacen daño; se los roban para jugar con ellos; son de los más confisgaos.

A veces se aquerencian en una casa y si los tratan mal se vuelven muy emporrosos: asustan a las gallinas vuelcan lo canastos en donde van poner; tira terrones al techo de la casa; vuelcan los comales y a veces cuando uno ha puesto los platos para servir la comida, los llenan de porquerías... Para que no molesten hay que dejarlos tranquilos y cuando salen por la tarde y no los ve, hay que hacerse el tonto, como si no los viera...

Bueno, yo "miacuerdo" que por allá por el Barrial, vivía la familia de don Reyes Vargas, en su casita que estaba en medio potrero; los duendes se le aquerenciaron y empezaron a emporrarlos... no los deajban tener vida.

Dicen quesque estaban "enamoraos" de las muchachas.

¡Para qué contarles todas las tonterías que les hacían !: sacaban a media noche a los muchachitos de las cunas donde los tenían durmiendo; cuando las muchachas tenían la tortilla puesta en el comal, llegaban y la regaban con ceniza o con boñiga; ensuciaban la ropa tendida al sol... bueno, aquello no se aguantaba.

Le aconsejaron a don Reyes que dejara sola por unos meses la casa y que se pasara a otra; pero eso sí, que lo hiciera, sin que se dieran cuenta, porque si notaban la mudanza, se irían a la nueva casa.

De veras, ñor Reyes alistó sin mucho aparato dos carretas y un día, a medio día, echó a la familia en la carreta y en otras los "tarantines" de la casa, sin hacer bulla, se alejaron por el potrero... Cuando habían caminado como un cuarto de hora, ña Damiana, la mujer de ñor Reyes, ¡se va acordando que había olvidado algo!:

- Reyes, - le gritó su esposa- ¡sabés que dejamos olvidado el "bacín"! ¿Y ahora qué hacemos?

Y, de debajo de la carreta se oyó salir una carcajada como de muchacito y una vocecita dijo:

- ¡Adiós, no se preocupe, que aquí lo llevamos!

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

La leyenda del Zurquí (Costa Rica)

Turi uah pudo llamarse la Princesa de los Valles del Barva, la hija del cacique Térraba, cuya tribu caminó por las faldas del Zurquí.

Alguna vez sus labios habrán pronunciado Kap-kué (labio), an-gua (niño), di (agua), mientras el fuego separaba su cuerpo del frío, la niebla, la lluvia.

Turi uah pudo ser su nombre, el nombre de la que dijo un día "shin" (nosotros), "bob" (contigo), al guerrero que cruzó los bosques del Zurquí para buscarla.

El guerrero tiene la frente alta como un espejo de plata, como un monte que recibe a la lluvia. El guerrero ha dicho a Turi uah que ella es su flor de los valles. Pero, deberán buscar una [sic] mañana en otro lugar, porque éste es el país del llanto, y la ceniza; éste es el territorio oscuro de la guerra y el amor no puede llevarse a la princesa al lado del enemigo.

Turi uah huye por la montaña con el guerrero de la frente como un espejo; hunden sus pies en la tierra pródiga; verde, húmeda; abren heridas que son caminos; la tierra cura y cierra las heridas para que no puedan encontrarlos. Pero el cacique quiere a Turi uah en su aldea. Los busca. Se oye la respiración de los indios rompiendo el chasquido de sus pasos, acelerando el correteo de las aguas. Por los poros del bosque entran el golpe seco y el grito negro del que viene a matar: ¡Zruga!

No tarda en caer el guerrero de la frente de plata, y su alma va allá, a la cima del cerro donde viven los muertos y la niebla protege sus casas. Es el país del Sibú, eternamente.

La princesa y sus amigos lloran de pena, con el corazón apretado por la tristeza. Avanzan por las selvas buscando la cumbre. Sus cuerpos se hacen veloces, cambian la piel por las plumas tibias del j ilguero, sacuden y abren las alas que las subirán hasta el cielo.

El canto de los jilgueros es frágil y dulce, y siempre está vestido de luto. El jilguero es un pájaro solitario, aunque sea infinito el número de los que invaden los bosques con su canto, buscando las cumbres donde vive el guerrero. Es por eso que se les oye en serranías mágicas del Zurquí.

(Anónima: S.N., 1979)


Autor: Adaptación de la información compilada por Emilia Prieto. Supl. Zurquí, martes 20 de enero de 1981.

A pocos kilómetros de la ciudad de San José, se encuentran los valles del volcán Barva.

Hace muchísimos años vivió allí una princesa térraba llamada Turi Uha.

Turi Uha vivía tranquila en el poblado donde gobernaba su padre, el cacique.

Pero eran tiempos de guerra; y un día, un guerrero, que tenía la frente ancha como una montaña, cruzó los bosques del Zurquí para llegar a la tribu térraba.

El buscaba a Turi Uha, la mujer a quien amaba, la flor de sus valles.

La princesa también amaba al guerrero, pero ese amor estaba prohibido: sus tribus eran enemigas, por eso debían huir juntos en busca de otras tierras, lejos de su gente.

El amor no puede crecer en el territorio de guerra, por eso Turi Uha huyó por la montaña con el guerrero.

Sólo la acompañaron sus leales amigas.

Cuando el cacique, padre de Turi Uha se dio cuenta de ello, enfureció y marchó con sus guerreros en busca de los fugitivos.

El retumbar de los pasos y el chasquido de las ramas rotas al correr se oyeron por toda la montaña.

Y el enamorado guerrero, el de la frente alta como una montaña, cayó muerto por sus perseguidores.

Su alma subió a la cima del cerro, allí donde, según la creencia de su gente, habitan los muertos, en la morada del dios "Sibú".

La princesa y sus amigas continuaron huyendo a través de la selva. Turi Uha en su pena por la muerte del guerrero, sólo quería alcanzar la cima, donde habitaría con el alma de su amado.

Y mientras huyen de sus perseguidores, ocurre algo maravilloso: poco a poco sus cuerpos se vuelven ágiles, su piel se transforma en sedosas alas... han quedado convertidas en mariposas, que alzan vuelo para alcanzar el cielo.

Por eso suele vérselas en grandes cantidades por las mágicas cumbres del Zurquí.


Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

Eskameca y Tenori (Costa Rica)

Entre los fundos de la Estación Experimental "Enrique Jiménez Núñez" allá en Taboga, Guanacaste, había en un principio una laguna detrás del Cerro de íos Cascabeles.

Actualmente sólo "talolingas" y "trompillales" marcan los vestigios de su sitio.

Esa enorme laguna parpadeaba espumas por los mil copos de jabón que semejaban las bandadas de garzas y zarcetas. Como una floración de sangre cuajada, salpicaba el plumaje de las garzas la bandada de pichones y de aves llamadas galán sin ventura, que semejaban al caminar, llamas vivas en zancos.

Cuentan los viejos que recorrieron la comarca, una talla... Que esa laguna albergaba un monstruo terrible que asolaba las proximidades de la región. En esos tiempos era de agua cristalina y como una floración de copos de luna arrebujaba en sus ondas los lirios acuáticos llamados "Nayurihes", con sus cálices de raso blanco, inmaculado, y de cuyas raíces, al quemarlos, los antiguos na-hoas-chorotegas obtenían una ceniza carmesí que servía de tinta indestructible para decorar vasijas y dar colorido a las plumas y tejidos de los mantos y crestones caciquiles.

Cuando el monstruo aparecía entre las aguas serenas, empañando el cristal del agua, emergían como suspiros que se remontaban al cielo, las bandadas de aves y quedaba el vidrio roto del espejismo del agua, convertido en lodo negro con olores nauseabundos.

Esto produjo pánico en la belleza nativa Eskameca, que casi pierde la vida a la visión del monstruo, una tarde de oro y zafir, cuando bañaba su cuerpo de curio, brillante como las mieles del carao. Al saberlo su amado y prometido Tenorí, de la tribu de Avancari, se propuso destruir a la alimaña. Vigiló constante muchos días y con muchas flechas de huizcoyol, envenenadas con "niek-yee" líquido de la terrible serpiente de la selva.

Sus guerreros lo iban dejando solo, presos del pánico cuando escucharon ruidos en el agua.

Sólo se supo que al final, al aparecer de nuevo el monstruo de la laguna, el indio agotó sus flechas con certera puntería y para rematarlo se lanzó a las ondas. Es cierto que la alimaña jamás volvió a sembrar terror en la comarca, pero nadie supo tampoco el destino que corrió el valiente indio Tenorí, que los libró de la amenaza. Sólo queda su recuerdo allá a lo lejos, perpetuada su memoria en el volcán Tenorio, como gloria y recuerdo de su hazaña y que las generaciones fueron cambiando su vocablo de Tenorí por Tenorio.

La bella y apasionada Eskameca, todas las tardes llegaba a vigilar la orilla de la laguna en reclamo de su amor y al transcurrir el tiempo, presa de esa ansiedad y enorme pena se fue agotando su cuerpo... se fue muriendo su encanto y en las noches de luna, o en las tardes brillantes de sangre crepuscular, aún se ve la sombra de la gentil Eskameca.

Y quien se acerca a la orilla para indagar el misterio, sólo logra ver como una cruz de fuego surcando el espacio... una enorme garza rosada y un galán sin ventura que se remontan al cielo y se van a perder en el cono del Volcán Tenorio, en el confín de la llanura.

J. Ramírez Saiza

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm

Relato de la tradición de los indígenas bribris “Creación de los Sikuas (gente blanca) (Costa Rica)

Sibo hizo la tierra del cuerpo de Iriria, Iriria era una niña gordísima que no podía caminar. Sibo pensó “quiero crear seres vivos, pero estos no van a poder vivir porque sólo hay piedras”, entonces decidió ir a visitar a la familia danta; para convencerlos le dijo a Naítmi, madre de Iriria, -voy a hacer una gran ceremonia y te vengo a invitar pero necesito que lleves a la niña, le haré curaciones para que pueda caminar-.

Aunque no fue fácil convencerla, pero al fin aceptó. Cuando Iriria cayó al suelo y murió su madre y su abuela lloraron mucho y estaban muy enojadas con Dios y le decían: -eres un mentiroso, nos engañaste, por eso nosotros no queríamos venir-, pero Sibo las consolaba diciéndoles –Iriria no está muerta, ella está viva y les prometo que va a caminar en muchas personas que van a nacer de ella-.

Pero la madre y la abuela no creyeron y se fueron muy tristes. Pero Sibo tenía que cumplir con la promesa que les había ofrecido. Por eso formó del cuerpo de Iriria a las personas blancas.

De igual manera sucedió con Mulurtmi, la mar, que después de muerta de su estómago brotó un árbol, pero a Sibo no le gustó este árbol, porque crecía y crecía y le estaba destruyendo la casa, por esta razón lo mandó a cortar, cuando cortaron el árbol sus flores flotaron en el mar y de estas flores nacieron personas blancas, sikuas. Para darles sabiduría, Sibo les dio la inteligencia de un ser espiritual de nombre Ple Akekol, tiene figura de hombre y también de hormiga.

Este ser caminó por primera vez sobre la tierra recién hecha y del polvo que caía de sus pies nacieron las hormigas zompopas.

Estas hormigas rápidamente empezaron a cortar las hojas de los árboles, a construir sus nidos, a hacer caminos y dejar el lugar en donde viven bien limpio, a veces su carga es más grande que su cuerpo, siempre están trabajando sin descansar. Por eso los sikuas siempre están estudiando para continuar con más conocimientos [Otra versión: por eso los blancos limpian todo y eliminan la vegetación donde quiera que trabajan]

Iriria: es la niña Tierra hija y nieta de la madre y abuela de la Tierra , quien vivía en el inframundo
Naítmi: Madre de Iriria, Madre de la Tierra
Ple Akekol: Rey, capataz o jefe de las hormigas zompopas
Sibo: Dios supremo de la creación
Mulurtmi: La Señora del Mar, mujer Mar”

*Relato de la tradición oral indígena bribri, copiado del texto “Tradición Oral Indígena Costarricense: Relatos bribris de Kekoldi, Provincia de Limón, Universidad de Costa Rica, Vicerrectoría de Investigación. Volumen IV, Año IV. Páginas 63-65

La bruja de Escazú, la "María Negra" (Costa Rica)

Cuenta la leyenda que esta bruja era negrita y una de las últimas brujas del pueblo más renombradas, que habitaba al norte de la Iglesia del centro de Escazú.

Se dice de ella que una madrugada fue descubierta por su abuelo Talí completamente desnuda, en media quebrada que pasaba atrás de su casa, y en trance. Al sentirse descubierta, le dijo la hechicera a su abuelo que a nadie le contara lo que había visto. Paternalmente él le respondió: "Oh, María, ya está haciéndole daño a alguna persona". Pasado algún tiempo, el abuelo contó el hecho a algunos vecinos de su confianza y se dice que pocos días después fue castigado por la maldición de su bruja nieta; pues comenzó a darse cuenta de que a medianoche caían algunas boñigas sobre el tejado de su casa y las vacas desaforadas pataleaban y parecía que iban a romper los horcones y barandas de la casa. Salía a ver lo que pasaba... y nada había de raro; todo tranquilo, pues sólo se percibía el olor de las boñigas.

Días después, en un descuido del abuelo Talí, uno de sus pequeños fue hallado muerto a causa de una golosina inofensiva que lo había ahogado. Y para peores males, cuando tenía que ir allá por El Jaboncillo, cerca del sitio del Hatillo, a desyerbar la siembra, al pasar por la casa de la maléfica mujer se le ponía atrás una chancha grande y negra con su cría de chanchitos que le mordían las piernas y lo perseguían a su antojo. Talí se defendía con su cuchillo, pero no lograba ni ahuyentar ni matar a los animales; tal su agilidad sobrenatural. Esto duró unas semanas después, hasta que murió la bruja; y agrega la leyenda que ese día tembló muy fuerte y con retumbos y que la vieja casa de barro de María la Negra se desplomó, quedando totalmente destruida por el sismo. De ahí en adelante, el abuelo Talí gozó de tranquilidad completa y permanente.

Fuente: http://www.guiascostarica.com/mitos/costarica.htm