Se cuenta que Doña Carmen era hija única de su padre intransigente y violento, pero como suele suceder, siempre triunfa el amor por infortunado que este sea. Doña Carmen era acortejada por su galán Don Luis, en un templo cercano al hogar de la doncella, primero ofreciendo de su mano a la de ella el agua bendita. Al ser descubierta sobrevivieron al encierro, la amenaza de enviarla a un convento, y lo peor de todo, casarla en España con un viejo y rico noble, con el que, además, acrecentaría el padre su mermada hacienda
La bella y sumisa criatura y su dama de compañía, Doña Brígida lloraron e imploraron juntas. Así, antes de someterse al sacrificio, resolvieron que Doña Brígida llevaría una carta a Don Luis con la nefasta nueva.
Mil conjeturas se hizo el joven enamorado, pero de ellas hubo una que le pareció la más acertada. Una ventana de la casa de Doña Carmen daba hacia un angosto callejón, tan estrecho, que era posible, asomado a la ventana, tocar con la mano la pared de enfrente.
Si lograra entrar a la casa frontera podría hablar con su amada, y entre los dos, encontrar una solución a su problema. Preguntó quién era el dueño de aquella casa y la adquirió a precio de oro.
Hay que imaginar cuál fue la sorpresa de Doña Carmen, cuando, asomada a su balcón, se encontró a tan corta distancia con el hombre de sus sueños. Unos cuantos instantes habían transcurrido de aquel inenarrable coloquio amoroso, y cuando más abstraídos se encontraban los amantes, del fondo de la pieza se escucharon frases violentas. Era el padre de Doña Carmen increpando a Brígida, quien se jugaba la misma vida por impedir que su amo entrara a la alcoba de su señora.
El padre arrojó a la protectora de Doña Carmen, como era natural, y con una daga en la mano, de un solo golpe la clavó en el pecho de su hija. Don Luis enmudeció de espanto...la mano de Doña Carmen seguía entre las suyas, pero cada vez más fría. Ante lo inevitable, Don Luis dejó un tierno beso sobre aquella mano tersa y pálida, ya sin vida.
El lugar existe y es sin duda uno de los más típicos de la ciudad de Guanajuato, y precisamente se le llama El Callejón del Beso.
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03 mayo 2010
EL Mole poblado (México)
Cuenta la leyenda, que en una ocasión Juan de Palafox, Virrey de la Nueva España y Arzobispo de Puebla, visitó su diócesis, un convento poblano le ofreció un banquete, para el cual los cocineros de la comunidad religiosa se esmeraron especialmente.
El cocinero principal era fray Pascual, que ese día corría por toda la cocina dando órdenes ante la inminencia de la importante visita. Se dice que fray Pascual estaba particularmente nervioso, y que comenzó a reprender a sus ayudantes, en vista del desorden que imperaba en la cocina.
El mismo fray Pascual comenzó a amontonar en una charola todos los ingredientes para guardarlos en la despensa, y era tal su prisa, que fue a tropezar exactamente frente a la cazuela, donde unos suculentos guajolotes estaban ya casi en su punto.
Allí fueron a parar los chiles, trozos de chocolate y las más variadas especias, echando a perder la comida que debía ofrecerse al Virrey.
Fue tanta la angustia de fray Pascual, que éste comenzó a orar con toda su fe, justamente cuando le avisaban que los comensales estaban sentados a la mesa.
Un rato más tarde, él mismo no pudo creer cuando todo el mundo elogió el accidentado platillo.
Incluso hoy, en los pequeños pueblos, las amas de casa apuradas invocan la ayuda del fraile con el siguiente verso: "San Pascual Bailón, atiza mi fogón".
El cocinero principal era fray Pascual, que ese día corría por toda la cocina dando órdenes ante la inminencia de la importante visita. Se dice que fray Pascual estaba particularmente nervioso, y que comenzó a reprender a sus ayudantes, en vista del desorden que imperaba en la cocina.
El mismo fray Pascual comenzó a amontonar en una charola todos los ingredientes para guardarlos en la despensa, y era tal su prisa, que fue a tropezar exactamente frente a la cazuela, donde unos suculentos guajolotes estaban ya casi en su punto.
Allí fueron a parar los chiles, trozos de chocolate y las más variadas especias, echando a perder la comida que debía ofrecerse al Virrey.
Fue tanta la angustia de fray Pascual, que éste comenzó a orar con toda su fe, justamente cuando le avisaban que los comensales estaban sentados a la mesa.
Un rato más tarde, él mismo no pudo creer cuando todo el mundo elogió el accidentado platillo.
Incluso hoy, en los pequeños pueblos, las amas de casa apuradas invocan la ayuda del fraile con el siguiente verso: "San Pascual Bailón, atiza mi fogón".
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Mitos y Leyendas de México
Las Momias del Instituto (México)
Luis Camarena González
En las vitrinas del museo de Historia Natural del antiguo Instituto Literario de Toluca (hoy Universidad del Estado) se han conservado por largos años cinco momias: tres de personas adultas y dos de niños. Las primeras corresponden al padre Botello, María Reyna y una parienta; las segundas son de dos hijos de ésta.
El profesor Luis Camarena González, notable taxidermista y profesor del Instituto investigó la historia de los misteriosos personajes, haciendo notar el hecho de que su momificación se debió a la manera en que los cadáveres fueron sepultados y al uso de cal en el momento de inhumación.
El padre Botello era un vividor, cuenta el profesor Camarena, que vivía de la caridad cristiana de los toluqueños sin ser realmente religioso, aunque vestía sotana y se adornaba con otras prendas del sacerdocio. Era en realidad un borrachín que abusaba de las bebidas espirituosas y que estafaba a los devotos pidiendo caridad para la iglesia. El sobrenombre de padre Botello le vino precisamente de su marcada afición al vino.
El tipo lunático recorrió muchos pueblos sin llamar realmente la atención de sus moradores, pero al pasar por San Antonio Acahualco, cerca de Zinacantepec, los vecinos lo descubrieron y lo denunciaron indignados ante las autoridades locales. Se cuenta que en el rancho de Capardillas se instaló un tribunal para juzgarlo y fue condenado a morir en la horca.
Ese fue el triste final de su vida sibarita. El profesor Luis Camarena observó que en rostro de la momia se notaba aún "el rictus característico del cuello tenso por la acción y la cuerda justiciera y aún más la señal del ahorcamiento, la de la lengua salida".
Por lo que hace a María Reyna, se sabe que era originaria de Almoloya de Juárez y que fue esposa de un bandolero apodado "Chepe Pesos Duros". Murió de disentería, después de contagiar a su parienta ya los hijos de ésta, por lo que fueron enterrados todos juntos y así se produjo su momificación por cal.
El profesor Camarena, que no carecía de sentido del humor, solía recordar que en cierta ocasión, los estudiantes del Instituto pertenecientes al club "Vampiros", sacaron de vitrina la momia del padre Botello y la incorporaton, debidamente pintarrajeada, a un desfile o carnaval con que celebraban el final de cursos.
En las vitrinas del museo de Historia Natural del antiguo Instituto Literario de Toluca (hoy Universidad del Estado) se han conservado por largos años cinco momias: tres de personas adultas y dos de niños. Las primeras corresponden al padre Botello, María Reyna y una parienta; las segundas son de dos hijos de ésta.
El profesor Luis Camarena González, notable taxidermista y profesor del Instituto investigó la historia de los misteriosos personajes, haciendo notar el hecho de que su momificación se debió a la manera en que los cadáveres fueron sepultados y al uso de cal en el momento de inhumación.
El padre Botello era un vividor, cuenta el profesor Camarena, que vivía de la caridad cristiana de los toluqueños sin ser realmente religioso, aunque vestía sotana y se adornaba con otras prendas del sacerdocio. Era en realidad un borrachín que abusaba de las bebidas espirituosas y que estafaba a los devotos pidiendo caridad para la iglesia. El sobrenombre de padre Botello le vino precisamente de su marcada afición al vino.
El tipo lunático recorrió muchos pueblos sin llamar realmente la atención de sus moradores, pero al pasar por San Antonio Acahualco, cerca de Zinacantepec, los vecinos lo descubrieron y lo denunciaron indignados ante las autoridades locales. Se cuenta que en el rancho de Capardillas se instaló un tribunal para juzgarlo y fue condenado a morir en la horca.
Ese fue el triste final de su vida sibarita. El profesor Luis Camarena observó que en rostro de la momia se notaba aún "el rictus característico del cuello tenso por la acción y la cuerda justiciera y aún más la señal del ahorcamiento, la de la lengua salida".
Por lo que hace a María Reyna, se sabe que era originaria de Almoloya de Juárez y que fue esposa de un bandolero apodado "Chepe Pesos Duros". Murió de disentería, después de contagiar a su parienta ya los hijos de ésta, por lo que fueron enterrados todos juntos y así se produjo su momificación por cal.
El profesor Camarena, que no carecía de sentido del humor, solía recordar que en cierta ocasión, los estudiantes del Instituto pertenecientes al club "Vampiros", sacaron de vitrina la momia del padre Botello y la incorporaton, debidamente pintarrajeada, a un desfile o carnaval con que celebraban el final de cursos.
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Mitos y Leyendas de México
Los Bandidos de Agua Zarca y su Tesoro (México)
(Fragmento)
José Castillo y Piña
En las inmediaciones del pueblo de Otzoloapan, perteneciente a la jurisdicción del Valle de Bravo, Estado de México, hay un barranco que baja del rancho de Agua Zarca y cuentan las historias antiguas que, una partida de ladrones que conducía al lomo de poderosas mulas un cuando de alhajas y onzas de oro y plata robado a innumerables víctimas que habita rico mineral de Temascaltepec, era perseguida por la justicia que estaba a punto de darles alcance .
Los bandidos aquellos, viéndose perdidos, resolvieron descargar las mulas de los pesados sacos que fueron arrojados en una cueva que había en aquel barranco y que precisamente taparon Con tierra, ocultándolos de esta manera a los ojos de sus perseguidores teniendo la esperanza de que libres de ellos, algún día podrían volver allí, para desenterrar el tesoro.
Aligeradas las acémilas de aquel peso y montados en ellas los ladrones emprendieron con más velocidad la huida; pero en esto último no fueron ayudados por la fortuna porque los dados que los perseguían les dieron alcance matándolos a todos cuando iban en la fuerza de la carrera. Y al ser identificados sus cadáveres, los agentes de la justicia se dieron cuenta de que ya no llevaban absolutamente nada de lo robado, abrigando la íntima convicción de que únicamente en el barranco que baja del Agua Zarca lo pudieron haber ocultado ya que todo el resto del camino era llano y parejo, no pudiéndolo haber abandonado allí.
Desde luego mucho se buscó el escondite; pero todo fue en vano, pues nunca se encontro.
Pasaron muchos años de aquel suceso; pero su memoria no pereció, porque de generación en generación se iba renovando el recuerdo y sobre todo en las personas mas ancianas había la plena seguridad de que ese tesoro continuaba enterrado pues no habia sido descubierto por nadie en aquel lugar.
Entre estas personas había tres sumamente caracterizadas, cuyos nombres eran Antonio Sánchez, Juan Hernández y Rafael Flores; los dos primeros originarios y vecinos de San Martín Otzoloapan y el último del Valle de Bravo.
Convencidos hasta la saciedad de que en la barranca que baja del Agua Zarca estaba escondido un gran botín, determinaron irlo a buscar con todo ahínco, y para el efecto invitaron para que los acompañara a Primo Castillo del Valle de Bravo, hombre decidido para cualquier empresa y de un valor casi temerario.
Hechos todos los preparativos se encaminaron cierto día al lugar de referencia y despues de trazar planos y conbinar el trabajo, comenzaron a escarbar en y un lugar que creyeron más seguro; y cuando hacian esta operación, hé aquí que escucharon unos quejidos huecos que salian de la tierra: los oyó primero Primo Castillo quien me contó esta leyenda y también los demás acompañantes, quienes poseídos de terror, acobardados emprendieron precipitada fuga.
Dos veces más fueron y en ellas también volvieron a oír los lúgubres quejidos que les impedían proseguir su trabajo y que. les hicieron comprender que el demonio estaba apoderado de esas riquezas y no permitía que las sacaran.
En cierta ocasión Antonio Sánchez llevó un rosario bendito y se lo colgó en el cuello creyendo que con aquella prenda el demonio los dejaría trabajar; pero no fue así, porque cuando menos pensaron, el del rosario sintió que se le acercaba un hombre que intem pesitvamente había aparecido; y cuando llegó a él, lo saludó dándole las "buenas tardes". ..y esto diciendo le arrebató el rosario y desapareció en la medianía de la barranca. Tan raro Suceso los desconcertó e hizo que emprendieran precipitada fuga.
Pero aquellos hombres estaban decididos a todo; y aunque se apoderaba de su ánimo un temor natural, en otra ocasión fueron de nuevo en busca del ambicionado tesoro, y entonces una extraña aparición les trastornó sus mentes, al ver que en un tepeguaje es. aba un mono negro con un sombrero que casi le tapaba la cara y al acercarse a ellos se reía a carcajadas. ..Creyeron firmemente que era el demonio; y Antonio Sánchez que era el más piadoso de todos, rezó el Magnificat; el mono se esfumó, pero a poco tiempo volvió a salir de un antro y aquellos hombres amedrentados por esas muestras misteosas y sobrenaturales, huyeron y ya no volvieron a presentarse más en aquel lugar .Esto pasaba por el año de 1880.
José Castillo y Piña
En las inmediaciones del pueblo de Otzoloapan, perteneciente a la jurisdicción del Valle de Bravo, Estado de México, hay un barranco que baja del rancho de Agua Zarca y cuentan las historias antiguas que, una partida de ladrones que conducía al lomo de poderosas mulas un cuando de alhajas y onzas de oro y plata robado a innumerables víctimas que habita rico mineral de Temascaltepec, era perseguida por la justicia que estaba a punto de darles alcance .
Los bandidos aquellos, viéndose perdidos, resolvieron descargar las mulas de los pesados sacos que fueron arrojados en una cueva que había en aquel barranco y que precisamente taparon Con tierra, ocultándolos de esta manera a los ojos de sus perseguidores teniendo la esperanza de que libres de ellos, algún día podrían volver allí, para desenterrar el tesoro.
Aligeradas las acémilas de aquel peso y montados en ellas los ladrones emprendieron con más velocidad la huida; pero en esto último no fueron ayudados por la fortuna porque los dados que los perseguían les dieron alcance matándolos a todos cuando iban en la fuerza de la carrera. Y al ser identificados sus cadáveres, los agentes de la justicia se dieron cuenta de que ya no llevaban absolutamente nada de lo robado, abrigando la íntima convicción de que únicamente en el barranco que baja del Agua Zarca lo pudieron haber ocultado ya que todo el resto del camino era llano y parejo, no pudiéndolo haber abandonado allí.
Desde luego mucho se buscó el escondite; pero todo fue en vano, pues nunca se encontro.
Pasaron muchos años de aquel suceso; pero su memoria no pereció, porque de generación en generación se iba renovando el recuerdo y sobre todo en las personas mas ancianas había la plena seguridad de que ese tesoro continuaba enterrado pues no habia sido descubierto por nadie en aquel lugar.
Entre estas personas había tres sumamente caracterizadas, cuyos nombres eran Antonio Sánchez, Juan Hernández y Rafael Flores; los dos primeros originarios y vecinos de San Martín Otzoloapan y el último del Valle de Bravo.
Convencidos hasta la saciedad de que en la barranca que baja del Agua Zarca estaba escondido un gran botín, determinaron irlo a buscar con todo ahínco, y para el efecto invitaron para que los acompañara a Primo Castillo del Valle de Bravo, hombre decidido para cualquier empresa y de un valor casi temerario.
Hechos todos los preparativos se encaminaron cierto día al lugar de referencia y despues de trazar planos y conbinar el trabajo, comenzaron a escarbar en y un lugar que creyeron más seguro; y cuando hacian esta operación, hé aquí que escucharon unos quejidos huecos que salian de la tierra: los oyó primero Primo Castillo quien me contó esta leyenda y también los demás acompañantes, quienes poseídos de terror, acobardados emprendieron precipitada fuga.
Dos veces más fueron y en ellas también volvieron a oír los lúgubres quejidos que les impedían proseguir su trabajo y que. les hicieron comprender que el demonio estaba apoderado de esas riquezas y no permitía que las sacaran.
En cierta ocasión Antonio Sánchez llevó un rosario bendito y se lo colgó en el cuello creyendo que con aquella prenda el demonio los dejaría trabajar; pero no fue así, porque cuando menos pensaron, el del rosario sintió que se le acercaba un hombre que intem pesitvamente había aparecido; y cuando llegó a él, lo saludó dándole las "buenas tardes". ..y esto diciendo le arrebató el rosario y desapareció en la medianía de la barranca. Tan raro Suceso los desconcertó e hizo que emprendieran precipitada fuga.
Pero aquellos hombres estaban decididos a todo; y aunque se apoderaba de su ánimo un temor natural, en otra ocasión fueron de nuevo en busca del ambicionado tesoro, y entonces una extraña aparición les trastornó sus mentes, al ver que en un tepeguaje es. aba un mono negro con un sombrero que casi le tapaba la cara y al acercarse a ellos se reía a carcajadas. ..Creyeron firmemente que era el demonio; y Antonio Sánchez que era el más piadoso de todos, rezó el Magnificat; el mono se esfumó, pero a poco tiempo volvió a salir de un antro y aquellos hombres amedrentados por esas muestras misteosas y sobrenaturales, huyeron y ya no volvieron a presentarse más en aquel lugar .Esto pasaba por el año de 1880.
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La Virgen de Tecaxic (México)
Rodolfo García Gutiérrez
También Nuestra Señora de Tecaxic tiene su leyenda. En el Zodiaco Mariano, obra publicada en el siglo XVIII por Fray Francisco de Florencia, se dice lo siguiente:
A raíz de la Conquista, Tecaxic -que en lengua mexicana significa vaso de piedra- era un pueblo muy numeroso. Una epidemia arrasó con su población, de tal modo que no quedaron en ella sino dos vecinos. Abrumados por la "tristeza y soledad", no tardaron en abandonar el pueblo, que vino de esta manera a quedar desierto.
Con el éxodo de los dos sobrevivientes quedó abandonada una ermita que en los tiempos prósperos habían construido los vecinos. Veneraban en la ermita una imagen de La Asunción, pintada al temple sobre una tela indiana. En la soledad, el templo batió las puertas y rajó las paredes, de suerte que el viento, los soles y las lluvias, "deslucieron los colores del ropaje y mermaron la hermosura del rostro".
En estado tan lamentable se encontraba la capilla, cuando acertó a pasar por allí el licenciado Antonio de Sámano y Ledezma, en los momentos en que se abatía un fortísimo aguacero. Buscó el hombre asilo en la capilla; pero en balde, porque dentro se mojaba tanto como afuera. El agua escurría por la imagen, y allí advirtió el licenciado que era milagroso el hecho de que la Virgen no se hubiera despintado del todo, máxime "siendo la materia" en que estaba iluminada, tan deleznable y corruptible".
No sólo a este hecho inexplicable obedeció la veneración de la imagen de Tecaxic. Dos hombres de Toluca se desafiaron a causa de los requiebros de una mujer. Escogieron como sitio del duelo la espalda de la abandonada ermita, que mal se erigía en el cerro de tecaxic, hoy conocido como El Molcajete, a causa del cráter que presenta en su cima de donde le viene el nombre náhuatl que ya se dijo. Estaban los rijosos en pleno desafío, cuando oyeron músicas nunca oídas, como si proviniesen de los cielos. Asombrados suspendieron la pugna. Era de la Capilla de donde salía aquella música de ángeles; pero cuando llegaron hasta donde se hallaba la imagen, la encontraron , "sola y desamparada". "llenos de pavor y reverencia pusieron las armas a los pies de la virgen, y haciéndose de enemigos muy amigos, adoraron a la gran Señora...".
Con este suceso confirmó el Guardián del convento de Toluca, lo que ya le habían referido, y es que todos los sábados del año, se oía música celestial en aquella capilla abandonada.
Otro prodigio tuvo confirmación en la ermita: Pedro Millán Hidalgo, vecino muy estimado en el Valle de Toluca, hacía frecuentes viajes, muchos de ellos de noche, desde la ciudad de San José hasta Xalmolonga -Almoloya, hoy de Juárez- y al pasar por tecaxic, especialmente los martes y los sábados, "solía oír una música muy acorde y sonora, que le causaba admiración". Sin embargo, cuando picado por la curiosidad se acercaba a la ermita, la encontraba desierta. Comenzó por llevar ceras que encendía cada vez que por allí pasaba.
Algunas veces, en pleno día, Millán Hidalgo veía en la ermita "luces que a distancia brillaban con gran resplandor, y en llegando a ella desaparecían".
Otra ocasión oyó música en la noche. Pensando que los indios, para evitarse el pago de derechos, habían ido a enterrar a uno de sus muertos a esa hora, les gritó en mexicano que no temiesen, que él era Pedro Millán. La música cesó como por encanto. Molesto por lo que creyó socarronería de los indios, se llegó sigilosamente hasta la Capilla, y para su asombro la encontró vacía.
Este y otros hechos no menos asombrosos, que narra en su Zodiaco el buen fraile Francisco de Florencia, fueron el origen de la veneración de la imagen del Santuario de Tecaxic.
Cuando fue Guardián del convento de Toluca el padre José Gutiérrez, quien gozó fama de ser un hombre profundamente religioso, conocido que hubo los prodigios de la imagen de Tecaxic, animó a los vecinos de Toluca, ya los labradores de lxtlahuaca, a erigir un templo. Después de algunas peripecias los deseos del religioso se cumplieron. El Santuario de Nuestra Señora de Tecaxic, fue acabado de construir en el año de 1655.
Hoy día el Santuario se encuentra abandonado. Ausentes están las numerosas romerías que en otros tiempos lo visitaban. Las almas sencillas de los pocos hombres de buena voluntad que aún quedan, están en espera de un nuevo prodigio de Nuestra Señora de la Asunción.
También Nuestra Señora de Tecaxic tiene su leyenda. En el Zodiaco Mariano, obra publicada en el siglo XVIII por Fray Francisco de Florencia, se dice lo siguiente:
A raíz de la Conquista, Tecaxic -que en lengua mexicana significa vaso de piedra- era un pueblo muy numeroso. Una epidemia arrasó con su población, de tal modo que no quedaron en ella sino dos vecinos. Abrumados por la "tristeza y soledad", no tardaron en abandonar el pueblo, que vino de esta manera a quedar desierto.
Con el éxodo de los dos sobrevivientes quedó abandonada una ermita que en los tiempos prósperos habían construido los vecinos. Veneraban en la ermita una imagen de La Asunción, pintada al temple sobre una tela indiana. En la soledad, el templo batió las puertas y rajó las paredes, de suerte que el viento, los soles y las lluvias, "deslucieron los colores del ropaje y mermaron la hermosura del rostro".
En estado tan lamentable se encontraba la capilla, cuando acertó a pasar por allí el licenciado Antonio de Sámano y Ledezma, en los momentos en que se abatía un fortísimo aguacero. Buscó el hombre asilo en la capilla; pero en balde, porque dentro se mojaba tanto como afuera. El agua escurría por la imagen, y allí advirtió el licenciado que era milagroso el hecho de que la Virgen no se hubiera despintado del todo, máxime "siendo la materia" en que estaba iluminada, tan deleznable y corruptible".
No sólo a este hecho inexplicable obedeció la veneración de la imagen de Tecaxic. Dos hombres de Toluca se desafiaron a causa de los requiebros de una mujer. Escogieron como sitio del duelo la espalda de la abandonada ermita, que mal se erigía en el cerro de tecaxic, hoy conocido como El Molcajete, a causa del cráter que presenta en su cima de donde le viene el nombre náhuatl que ya se dijo. Estaban los rijosos en pleno desafío, cuando oyeron músicas nunca oídas, como si proviniesen de los cielos. Asombrados suspendieron la pugna. Era de la Capilla de donde salía aquella música de ángeles; pero cuando llegaron hasta donde se hallaba la imagen, la encontraron , "sola y desamparada". "llenos de pavor y reverencia pusieron las armas a los pies de la virgen, y haciéndose de enemigos muy amigos, adoraron a la gran Señora...".
Con este suceso confirmó el Guardián del convento de Toluca, lo que ya le habían referido, y es que todos los sábados del año, se oía música celestial en aquella capilla abandonada.
Otro prodigio tuvo confirmación en la ermita: Pedro Millán Hidalgo, vecino muy estimado en el Valle de Toluca, hacía frecuentes viajes, muchos de ellos de noche, desde la ciudad de San José hasta Xalmolonga -Almoloya, hoy de Juárez- y al pasar por tecaxic, especialmente los martes y los sábados, "solía oír una música muy acorde y sonora, que le causaba admiración". Sin embargo, cuando picado por la curiosidad se acercaba a la ermita, la encontraba desierta. Comenzó por llevar ceras que encendía cada vez que por allí pasaba.
Algunas veces, en pleno día, Millán Hidalgo veía en la ermita "luces que a distancia brillaban con gran resplandor, y en llegando a ella desaparecían".
Otra ocasión oyó música en la noche. Pensando que los indios, para evitarse el pago de derechos, habían ido a enterrar a uno de sus muertos a esa hora, les gritó en mexicano que no temiesen, que él era Pedro Millán. La música cesó como por encanto. Molesto por lo que creyó socarronería de los indios, se llegó sigilosamente hasta la Capilla, y para su asombro la encontró vacía.
Este y otros hechos no menos asombrosos, que narra en su Zodiaco el buen fraile Francisco de Florencia, fueron el origen de la veneración de la imagen del Santuario de Tecaxic.
Cuando fue Guardián del convento de Toluca el padre José Gutiérrez, quien gozó fama de ser un hombre profundamente religioso, conocido que hubo los prodigios de la imagen de Tecaxic, animó a los vecinos de Toluca, ya los labradores de lxtlahuaca, a erigir un templo. Después de algunas peripecias los deseos del religioso se cumplieron. El Santuario de Nuestra Señora de Tecaxic, fue acabado de construir en el año de 1655.
Hoy día el Santuario se encuentra abandonado. Ausentes están las numerosas romerías que en otros tiempos lo visitaban. Las almas sencillas de los pocos hombres de buena voluntad que aún quedan, están en espera de un nuevo prodigio de Nuestra Señora de la Asunción.
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Mitos y Leyendas de México
El Fraile que no se mojaba (México)
El 3 de enero de 1778 murió el Padre Fray Agustín de San José, natural de Zeolledo en Castillo la vieja, de edad de 78 años y 62 de hábito. Varon con toda verdad de eterna memoria por sus virtudes y raro ejemplo que dio así dentro como fuera del Convento y sus confesores deponen no haber perdido la gracia del bautismo. Entró en la religión con especial desengaño, pues habiendo tenido en el siglo muy buenas conveniencias, todas las renunció por darse a Jesucristo. En la Religión se dio al ejercicio de todas las virtudes; en el silencio fue un ejemplar bien raro, pues jamás ocupó el tiempo en otra cosa que en el aprovechamiento de su alma, siendo sus palabras muy medidas.
Su caridad fue tan grande que era asombro de todos e informado de ella , era continuo en el trabajo de ganar almas para Dios y buscábale toda suerte de gentes y de día y de noche confesaba a cuantos a él llegaban. En la siesta que era el tiempo que tenia de descanso, solía estar confesando y todos tenían en él un piadoso Padre para sufrir las flaquezas humanas y al mismo tiempo un severo Juez para reprender los vicios y negar la absolución al que no la merecía. Jamás dejó de las manos el estudio de la teología moral y era tan humilde que cualquier dificultad que encontraba preguntaba lo que debía hacer, siendo por lo común lo que había ejecutado lo más conforme a la más a la más sana doctrina. Por sustentar a los pobres y que todo necesitaba que a su Portería llegaba, no saliese de ella sin alivio, se quedaba sin comer, guardando (con licencia de los Prelados) lo más de lo que le daban en el Refectorio.
En cuarenta años que estuvo en la Porteria, jamás se le notó palabra o acción que denotase impaciencia. Si iba por los pueblos circunvecinos, era llevado de su caritativo impulso a visitar pobres enfermos y llamar a las gentes para confesarlas y jamas salió de casa sino para ejercitar la caridad. En el bien de este Convento así espiritual como temporal fue muy profícuo, celaba con la mayor entereza se diese buen ejemplo a los seglares y sentía en su corazón el más mínimo escándalo, procurando con el mayor esmero el honor de nuestro Santo hábito y el descanso de este Colegio. La cañeria del agua el mismo la cuidó más de 40 años, gastando en ella de lo que le daban de limosna, grandes cantidades. Por su agencia y cuidado no tenían los Prelados que buscar para el reparo material, pues con avisarle al Padre Fray Agustín lo reparaba y componia todo.
No es digno de omitir un caso bien singular. Llamaronlo en una ocasión de la ciudad de Lerma, 4 leguas distante de Toluca, para que confesase a un enfermo y yendo por el camino lo encontro el Médico de este Convento que iba en su Bolante a visitar al mismo doliente. Viendo al Médico el Padre Fray Agustin se iba mojando por la mucha lluvia que caia, lo convido para que entrase en su Bolante, y no habiéndolo admitido prosigio su camino en lo recio del aguacero. Llegaron uno y otro a la dicha ciudad de Lerma y cuando todos pensaban al Padre Fray Agustin con la ropa mojada, lo hallaron enjuto y seco, teniendo la advertencia el Médico Villagómez de tomarle la capa, la que se encontro seca y él mismo dio noticia del caso referido y decia que estaba pronto a deponerlo bajo la virtud del juramento.
Este y otros muchas cosas, que por brevedad se omiten, nos declaran señales de su mucho caridad y bien del prójimo y lo aprovechado que se hallaba en el ejercicio de las virtudes y en lograr el tiempo en la Religión, siendo en ella el espejo y ejemplar de la mas regular observancia pues en medio de muchos achaques que en su avanzada edad padecio y sufrio con gran paciencia, nunca dejo la asistencia al coro y fue necesario mandarle por obediencia se retirase a la celda en la que con bastante trabajo rezaba el oficio divino, gastando en el largas horas. Fue tan exacto en la abstinencia de carnes, que aun en la ultima enfermedad, no se pudo conseguir usarse de ellas, celando su montificación con decir le hacían daño. Fue en dicha enfermedad un espectáculo de paciencia y no se le oían otras palabras que dar gracias a Dios por los dolores con sentida de los Religiosos y seglares que con ansia deseaban algunos de sus pobres trastos por reliquia. Está enterrado en dicho sepulcro, número 10.
Su caridad fue tan grande que era asombro de todos e informado de ella , era continuo en el trabajo de ganar almas para Dios y buscábale toda suerte de gentes y de día y de noche confesaba a cuantos a él llegaban. En la siesta que era el tiempo que tenia de descanso, solía estar confesando y todos tenían en él un piadoso Padre para sufrir las flaquezas humanas y al mismo tiempo un severo Juez para reprender los vicios y negar la absolución al que no la merecía. Jamás dejó de las manos el estudio de la teología moral y era tan humilde que cualquier dificultad que encontraba preguntaba lo que debía hacer, siendo por lo común lo que había ejecutado lo más conforme a la más a la más sana doctrina. Por sustentar a los pobres y que todo necesitaba que a su Portería llegaba, no saliese de ella sin alivio, se quedaba sin comer, guardando (con licencia de los Prelados) lo más de lo que le daban en el Refectorio.
En cuarenta años que estuvo en la Porteria, jamás se le notó palabra o acción que denotase impaciencia. Si iba por los pueblos circunvecinos, era llevado de su caritativo impulso a visitar pobres enfermos y llamar a las gentes para confesarlas y jamas salió de casa sino para ejercitar la caridad. En el bien de este Convento así espiritual como temporal fue muy profícuo, celaba con la mayor entereza se diese buen ejemplo a los seglares y sentía en su corazón el más mínimo escándalo, procurando con el mayor esmero el honor de nuestro Santo hábito y el descanso de este Colegio. La cañeria del agua el mismo la cuidó más de 40 años, gastando en ella de lo que le daban de limosna, grandes cantidades. Por su agencia y cuidado no tenían los Prelados que buscar para el reparo material, pues con avisarle al Padre Fray Agustín lo reparaba y componia todo.
No es digno de omitir un caso bien singular. Llamaronlo en una ocasión de la ciudad de Lerma, 4 leguas distante de Toluca, para que confesase a un enfermo y yendo por el camino lo encontro el Médico de este Convento que iba en su Bolante a visitar al mismo doliente. Viendo al Médico el Padre Fray Agustin se iba mojando por la mucha lluvia que caia, lo convido para que entrase en su Bolante, y no habiéndolo admitido prosigio su camino en lo recio del aguacero. Llegaron uno y otro a la dicha ciudad de Lerma y cuando todos pensaban al Padre Fray Agustin con la ropa mojada, lo hallaron enjuto y seco, teniendo la advertencia el Médico Villagómez de tomarle la capa, la que se encontro seca y él mismo dio noticia del caso referido y decia que estaba pronto a deponerlo bajo la virtud del juramento.
Este y otros muchas cosas, que por brevedad se omiten, nos declaran señales de su mucho caridad y bien del prójimo y lo aprovechado que se hallaba en el ejercicio de las virtudes y en lograr el tiempo en la Religión, siendo en ella el espejo y ejemplar de la mas regular observancia pues en medio de muchos achaques que en su avanzada edad padecio y sufrio con gran paciencia, nunca dejo la asistencia al coro y fue necesario mandarle por obediencia se retirase a la celda en la que con bastante trabajo rezaba el oficio divino, gastando en el largas horas. Fue tan exacto en la abstinencia de carnes, que aun en la ultima enfermedad, no se pudo conseguir usarse de ellas, celando su montificación con decir le hacían daño. Fue en dicha enfermedad un espectáculo de paciencia y no se le oían otras palabras que dar gracias a Dios por los dolores con sentida de los Religiosos y seglares que con ansia deseaban algunos de sus pobres trastos por reliquia. Está enterrado en dicho sepulcro, número 10.
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Mitos y Leyendas de México
El Armado (México)
Allá a principios del Siglo XVI los habitantes de la Capital de la Nueva España veían salir a este hombre misterioso del rumbo del Callejón de Illescas, que hoy es Calle de Pedro Ascencio. Callado, mustio, si acaso saludando con un: "Vaya usted con Dios" o "Santas y buenas tardes tenga su merced", o "Dios Guarde a su Persona", se perdía entre las sombras del callejón de Los Gallos, cruzaba los pantanosos llanos y llegaba a Corpus Christi. De allí siempre con su paso lento, se llegaba hasta las puertas del Convento de San Francisco y penetrando con resolución se iba a postrar de hinojos ante el altar y capilla del Señor de Burgos.
Grandes y prolongados gemidos escapaban de su pecho, gruesos goterones de llanto resbalaban por entre la rejilla de hierro de su celada y en un tintinear de espadas y armadura, se inclinaba hasta besar el suelo siete veces.
Allí permanecía orando, gimiendo y pidiendo perdón sin que nadie osara acercarse para enterarse qué clase de culpas solicitaba expiar. Después, se levantaba y continuaba su camino hasta hallar otra iglesia en donde penetraba para repetir sus lloros y sus oraciones.
Primero los transeúntes lo miraban con miedo, con ojos interrogantes y después con respeto y lástima, pues se decía que era un penitente que arrepentido de sus graves culpas, andaba de la Capilla del Señor de Burgos hasta cuantos altares le era permitido el tiempo, hasta llegada la medianoche en que se le veía alejarse recorriendo los callejones de Arsinas, de los Betlhemistas, de La Celada, de los Sepulcros, de Santo Domingo y de los Monasterios, para perderse como ya se dijo, por el rumbo del callejón de Illescas.
Sin duda alguna se trataba de un caballero, a juzgar por la ropa que vestía, negra toda, de seda y astracán, de asfodelo y paños cubierto este atuendo con la pesada armadura que portaba, su espada en la que todos reconocieron como hoja de hidalgo caballero y un puñal de izquierda o de misericordia, pues en un duelo a estoque jamás se remata al rival cuando ya agoniza, sino que se le remata con este puñal misericordioso que llega a cortar la vida de una vez.
Así, año tras año y noche tras noche, se veía cruzar callejones y plazuelas, entrar al templo y sollozar a los pies del Señor de Burgos, a este caballero misterioso a quien se llegó a conocer como "El Armado".
Servíale una mujer enteca y fría, que sólo salía para comprar lo indispensable para el alimento diario y para escuchar misa en la iglesia de la Concepción, pero jamás se interrogó a esta sirvienta ni se supo el nombre ni la alcurnia de su amo "El Armado". Las gentes decían que se trataba de un conocido caballero que malo había sido en su juventud y que había violado damas y engañado esposos, que había maltratado indios y engañado a encomenderos y en fin, que llevó una vida crapulosa de la cual estaba arrepentido y purgaba sus culpas pidiendo perdón en capillas y conventos.
Al fin, un día, cuando la vieja enteca y fría salió a comprar hogaza de pan y vino, descubrió que su amo pendía colgado de uno de los balcones de la casa, casa magnífica, de piedra y cantera, con grandes balcones enrejados.
Corrió la vieja de un lado a otro llamando a la Justicia y a poco se presentaban alguaciles y corchetes.
Se descolgó el cuerpo de "El Armado" y se vió a través de la celada un rostro enjuto, lloroso y triste todavía.
En la empuñadura de su espada de caballero estaba enlazada solo una palabra "paz" y dos estrellas. En el interior de su casa, que era todo lujo y brillantez, se hallaron grandes y pesadas talegas llenas de oro y plata, cofres con joyas y objetos de arte y cuanto puede tener para ostentación y lujo un gran señor, cuyo nombre escapó a la acuciosa investigación y oidores y alguaciles.
Y cuentan que años después y aún a principios de siglo, algunas gentes que pasaban a deshoras de la noche podían ver a "El Armado", colgado de los hierros de aquella casona ya ruinosa y quienes con valor se acercaban, escuchaban sus gemidos y veían que por entre la rejilla de la celada, resbalaban lágrimas de pena.
No se supo el nombre y el vulgó bautizó a ese callejón como "El Callejón de el Armado", en memoria de aquel suceso espeluznante.
Grandes y prolongados gemidos escapaban de su pecho, gruesos goterones de llanto resbalaban por entre la rejilla de hierro de su celada y en un tintinear de espadas y armadura, se inclinaba hasta besar el suelo siete veces.
Allí permanecía orando, gimiendo y pidiendo perdón sin que nadie osara acercarse para enterarse qué clase de culpas solicitaba expiar. Después, se levantaba y continuaba su camino hasta hallar otra iglesia en donde penetraba para repetir sus lloros y sus oraciones.
Primero los transeúntes lo miraban con miedo, con ojos interrogantes y después con respeto y lástima, pues se decía que era un penitente que arrepentido de sus graves culpas, andaba de la Capilla del Señor de Burgos hasta cuantos altares le era permitido el tiempo, hasta llegada la medianoche en que se le veía alejarse recorriendo los callejones de Arsinas, de los Betlhemistas, de La Celada, de los Sepulcros, de Santo Domingo y de los Monasterios, para perderse como ya se dijo, por el rumbo del callejón de Illescas.
Sin duda alguna se trataba de un caballero, a juzgar por la ropa que vestía, negra toda, de seda y astracán, de asfodelo y paños cubierto este atuendo con la pesada armadura que portaba, su espada en la que todos reconocieron como hoja de hidalgo caballero y un puñal de izquierda o de misericordia, pues en un duelo a estoque jamás se remata al rival cuando ya agoniza, sino que se le remata con este puñal misericordioso que llega a cortar la vida de una vez.
Así, año tras año y noche tras noche, se veía cruzar callejones y plazuelas, entrar al templo y sollozar a los pies del Señor de Burgos, a este caballero misterioso a quien se llegó a conocer como "El Armado".
Servíale una mujer enteca y fría, que sólo salía para comprar lo indispensable para el alimento diario y para escuchar misa en la iglesia de la Concepción, pero jamás se interrogó a esta sirvienta ni se supo el nombre ni la alcurnia de su amo "El Armado". Las gentes decían que se trataba de un conocido caballero que malo había sido en su juventud y que había violado damas y engañado esposos, que había maltratado indios y engañado a encomenderos y en fin, que llevó una vida crapulosa de la cual estaba arrepentido y purgaba sus culpas pidiendo perdón en capillas y conventos.
Al fin, un día, cuando la vieja enteca y fría salió a comprar hogaza de pan y vino, descubrió que su amo pendía colgado de uno de los balcones de la casa, casa magnífica, de piedra y cantera, con grandes balcones enrejados.
Corrió la vieja de un lado a otro llamando a la Justicia y a poco se presentaban alguaciles y corchetes.
Se descolgó el cuerpo de "El Armado" y se vió a través de la celada un rostro enjuto, lloroso y triste todavía.
En la empuñadura de su espada de caballero estaba enlazada solo una palabra "paz" y dos estrellas. En el interior de su casa, que era todo lujo y brillantez, se hallaron grandes y pesadas talegas llenas de oro y plata, cofres con joyas y objetos de arte y cuanto puede tener para ostentación y lujo un gran señor, cuyo nombre escapó a la acuciosa investigación y oidores y alguaciles.
Y cuentan que años después y aún a principios de siglo, algunas gentes que pasaban a deshoras de la noche podían ver a "El Armado", colgado de los hierros de aquella casona ya ruinosa y quienes con valor se acercaban, escuchaban sus gemidos y veían que por entre la rejilla de la celada, resbalaban lágrimas de pena.
No se supo el nombre y el vulgó bautizó a ese callejón como "El Callejón de el Armado", en memoria de aquel suceso espeluznante.
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Mitos y Leyendas de México
El Señor del Rebozo (México)
A mediados del Siglo XVI funcionaba ya como convento Dominico, el edificio situado a espaldas del que fuera templo de Santa Catalina de Siena, ubicado en la calle de su nombre hoy República Argentina. Fundado por ayuda pecuniaria de tres mujeres sumamente religiosas y ricas conocidas por "Las Felipas", este convento recibía la ayuda de casas y encomiendas y rentas producto de una especie de fideicomiso de estas Felipas y así comenzó a recibir monjas que se acogían a la advocación de Santa Catalina de Siena.
En el Templo que como se dice y se sabe, daba a la hoy calle de la República Argentina, estaba entrando a la derecha, un Cristo de madera, esculpido por anónimo escultor, uno de tantos imagineros que dejó para siempre su arte religioso sin que se recuerde su nombre. Era un Cristo de mirada triste, de palidez mortal, con grandes llagas sangrantes y una corona de espinas cuyas puntas parecían clavarse en la carne, la madera que asimismo escurría sangre. Daba lástima esta triste figura del Señor colocada a la entrada del templo, con su cuerpo llagado, flácido y apenas cubierto con un trozo de túnica morada.
Tal vez este triste aspecto del Cristo cargando la Cruz fue lo que motivó a una monja que llegó como novicia bajo el nombre de Severa de Gracida y Alvarez y que más tarde adoptara al profesar, el de Sor Severa de Santo Domingo. Pues bien esta monja, cada vez que iba a misa al templo de Santa Catalina, se detenía para murmurar un par de oraciones al Señor cargado con tan pesada cruz al grado de que cada día lo advertía más agobiado, más triste, más sangrante.
Pasaban los años y a medida que la monja Sor Severa de Santo Domingo solía pasar más tiempo ante el Cristo, mayor era su devoción, mayor su pena y más grande la fe que profesaba al hijo de Dios.
Así pasaron los años, treinta y dos para ser más exactos, la monja se hizo vieja, enferma, cansada, pero no por eso declinó en su adoración por el Señor de la Cruz a cuestas, sino que aumentó a tal grado de que lo llamaba desde su celda en donde había caído enferma de enfermedad y de vejez.
Una noche ululaba el viento, se metía por las rendijas, por el portillo sin vidrio ni madera, calaba hasta los huesos viejos y cansados de la monja. El aire azotaba la lluvia y la noche se hacía insoportable.
-!Jesús.. Cristo mío! -gritó la monja con voz casi inaudible, pero llena de dolor, tratando de abandonar su lecho de enferma-, dejádme que cubra vuestro enjuto y aterido cuerpo... venid a mi señor, y mostráos ante esta pecadora que sólo ha sabido amarte y adorarte en religiosa reverencia.
Arreció el vendabal...
Y lo insólito de esta historia ocurrió entonces. Llamaron quedamente a la puerta de la celda de la enferma monja y ésta con muchos trabajos se levantó y abrió, para encontrarse ante la figura triste de un mendigo, casi desnudo, que parecía implorar pan y abrigo.
La monja tomó un mendrugo, un trozo de la hogaza que no había tocado y le ofreció el pan mojado en aceite, agua y sacando de su ropero un chal, un rebozo de lana, cubrió el aterido cuerpo del mendigo.
Terminado de hacer esto, el cuerpo de la monja se estremeció, lanzó un profundo suspiro y falleció.
Al día siguiente hallaron su cuerpo yerto, pero oloroso a santidad, a rosas, con una beatífica sonrisa en su rostro marchitado por los años y la enfermedad.
Y allá en el templo de Santa Catalina de Siena, cubriendo el enjuto y sangrante cuerpo del Señor con la cruz a cuestas, el rebozo o chal de la vieja monja.
Desde entonces y considerado esto como un milagro, un acto inexplicable, las religiosas y los fieles bautizaron a esta imagen como "El Señor del Rebozo" y este cristo estuvo muchos años expuesto a la veneración de los feligreses, hasta la exclaustración de las monjas y cuando el gobierno cedió este hermoso y legendario templo, primero para templo protestante y después para biblioteca.
En el Templo que como se dice y se sabe, daba a la hoy calle de la República Argentina, estaba entrando a la derecha, un Cristo de madera, esculpido por anónimo escultor, uno de tantos imagineros que dejó para siempre su arte religioso sin que se recuerde su nombre. Era un Cristo de mirada triste, de palidez mortal, con grandes llagas sangrantes y una corona de espinas cuyas puntas parecían clavarse en la carne, la madera que asimismo escurría sangre. Daba lástima esta triste figura del Señor colocada a la entrada del templo, con su cuerpo llagado, flácido y apenas cubierto con un trozo de túnica morada.
Tal vez este triste aspecto del Cristo cargando la Cruz fue lo que motivó a una monja que llegó como novicia bajo el nombre de Severa de Gracida y Alvarez y que más tarde adoptara al profesar, el de Sor Severa de Santo Domingo. Pues bien esta monja, cada vez que iba a misa al templo de Santa Catalina, se detenía para murmurar un par de oraciones al Señor cargado con tan pesada cruz al grado de que cada día lo advertía más agobiado, más triste, más sangrante.
Pasaban los años y a medida que la monja Sor Severa de Santo Domingo solía pasar más tiempo ante el Cristo, mayor era su devoción, mayor su pena y más grande la fe que profesaba al hijo de Dios.
Así pasaron los años, treinta y dos para ser más exactos, la monja se hizo vieja, enferma, cansada, pero no por eso declinó en su adoración por el Señor de la Cruz a cuestas, sino que aumentó a tal grado de que lo llamaba desde su celda en donde había caído enferma de enfermedad y de vejez.
Una noche ululaba el viento, se metía por las rendijas, por el portillo sin vidrio ni madera, calaba hasta los huesos viejos y cansados de la monja. El aire azotaba la lluvia y la noche se hacía insoportable.
-!Jesús.. Cristo mío! -gritó la monja con voz casi inaudible, pero llena de dolor, tratando de abandonar su lecho de enferma-, dejádme que cubra vuestro enjuto y aterido cuerpo... venid a mi señor, y mostráos ante esta pecadora que sólo ha sabido amarte y adorarte en religiosa reverencia.
Arreció el vendabal...
Y lo insólito de esta historia ocurrió entonces. Llamaron quedamente a la puerta de la celda de la enferma monja y ésta con muchos trabajos se levantó y abrió, para encontrarse ante la figura triste de un mendigo, casi desnudo, que parecía implorar pan y abrigo.
La monja tomó un mendrugo, un trozo de la hogaza que no había tocado y le ofreció el pan mojado en aceite, agua y sacando de su ropero un chal, un rebozo de lana, cubrió el aterido cuerpo del mendigo.
Terminado de hacer esto, el cuerpo de la monja se estremeció, lanzó un profundo suspiro y falleció.
Al día siguiente hallaron su cuerpo yerto, pero oloroso a santidad, a rosas, con una beatífica sonrisa en su rostro marchitado por los años y la enfermedad.
Y allá en el templo de Santa Catalina de Siena, cubriendo el enjuto y sangrante cuerpo del Señor con la cruz a cuestas, el rebozo o chal de la vieja monja.
Desde entonces y considerado esto como un milagro, un acto inexplicable, las religiosas y los fieles bautizaron a esta imagen como "El Señor del Rebozo" y este cristo estuvo muchos años expuesto a la veneración de los feligreses, hasta la exclaustración de las monjas y cuando el gobierno cedió este hermoso y legendario templo, primero para templo protestante y después para biblioteca.
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Mitos y Leyendas de México
La Leyenda del Murciélago (México)
(Leyenda tradicional de Oaxaca)
Cuenta la leyenda que el murciélago una vez fue el ave más bella de la Creación.
El murciélago al principio era tal y como lo conocemos hoy y se llamaba biguidibela (biguidi = mariposa y bela = carne; el nombre venía a significar algo así como mariposa desnuda).
Un día frío subió al cielo y le pidió plumas al creador, como había visto en otros animales que volaban. Pero el creador no tenía plumas, así que le recomendó bajar de nuevo a la tierra y pedir una pluma a cada ave. Y así lo hizo el murciélago, eso sí, recurriendo solamente a las aves con plumas más vistosas y de más colores.
Cuando acabó su recorrido, el murciélago se había hecho con un gran número de plumas que envolvían su cuerpo.
Consciente de su belleza, volaba y volaba mostrándola orgulloso a todos los pájaros, que paraban su vuelo para admirarle. Agitaba sus alas ahora emplumadas, aleteando feliz y con cierto aire de prepotencia. Una vez, como un eco de su vuelo, creó el arco iris. Era todo belleza.
Pero era tanto su orgullo que la soberbia lo transformó en un ser cada vez más ofensivo para con las aves.
Con su continuo pavoneo, hacía sentirse chiquitos a cuantos estaban a su lado, sin importar las cualidades que ellos tuvieran. Hasta al colibrí le reprochaba no llegar a ser dueño de una décima parte de su belleza.
Cuando el Creador vio que el murciélago no se contentaba con disfrutar de sus nuevas plumas, sino que las usaba para humillar a los demás, le pidió que subiera al cielo, donde también se pavoneó y aleteó feliz. Aleteó y aleteó mientras sus plumas se desprendían una a una, descubriéndose de nuevo desnudo como al principio.
Durante todo el día llovieron plumas del cielo, y desde entonces nuestro murciélago ha permanecido desnudo, retirándose a vivir en cuevas y olvidando su sentido de la vista para no tener que recordar todos los colores que una vez tuvo y perdió.
Cuenta la leyenda que el murciélago una vez fue el ave más bella de la Creación.
El murciélago al principio era tal y como lo conocemos hoy y se llamaba biguidibela (biguidi = mariposa y bela = carne; el nombre venía a significar algo así como mariposa desnuda).
Un día frío subió al cielo y le pidió plumas al creador, como había visto en otros animales que volaban. Pero el creador no tenía plumas, así que le recomendó bajar de nuevo a la tierra y pedir una pluma a cada ave. Y así lo hizo el murciélago, eso sí, recurriendo solamente a las aves con plumas más vistosas y de más colores.
Cuando acabó su recorrido, el murciélago se había hecho con un gran número de plumas que envolvían su cuerpo.
Consciente de su belleza, volaba y volaba mostrándola orgulloso a todos los pájaros, que paraban su vuelo para admirarle. Agitaba sus alas ahora emplumadas, aleteando feliz y con cierto aire de prepotencia. Una vez, como un eco de su vuelo, creó el arco iris. Era todo belleza.
Pero era tanto su orgullo que la soberbia lo transformó en un ser cada vez más ofensivo para con las aves.
Con su continuo pavoneo, hacía sentirse chiquitos a cuantos estaban a su lado, sin importar las cualidades que ellos tuvieran. Hasta al colibrí le reprochaba no llegar a ser dueño de una décima parte de su belleza.
Cuando el Creador vio que el murciélago no se contentaba con disfrutar de sus nuevas plumas, sino que las usaba para humillar a los demás, le pidió que subiera al cielo, donde también se pavoneó y aleteó feliz. Aleteó y aleteó mientras sus plumas se desprendían una a una, descubriéndose de nuevo desnudo como al principio.
Durante todo el día llovieron plumas del cielo, y desde entonces nuestro murciélago ha permanecido desnudo, retirándose a vivir en cuevas y olvidando su sentido de la vista para no tener que recordar todos los colores que una vez tuvo y perdió.
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El jinete sin cabeza (México)
Se dice que en un pueblo muy aislado de toda civilización se contaba la historia de un jinete que acostumbraba a hacer su recorrido por las noches en un caballo muy hermoso, la gente muy extrañada se preguntaba ¿que hombre tan raro por que hace eso?, ya que no era muy usual que alguien saliera y menos por las noches, a hacer esos recorridos.
En una noche muy oscura y con fuertes relámpagos desapareció del lugar, sin dar señas de su desaparición. Pasaron los años y la gente ya se había olvidado de esa persona, y fue en una noche igual a la que desaparecio, que se escuchó nuevamente la cabalgata de aquel caballo. Por la curiosidad muchas personas se asomaron, y vieron un jinete cabalgar por las calles, fue cuando un relámpago cayó e iluminó al jinete y lo que vieron fue que ese jinete no tenia cabeza. La gente horrorizada se metió a sus casas y no se explicaban lo que habían visto...
En una noche muy oscura y con fuertes relámpagos desapareció del lugar, sin dar señas de su desaparición. Pasaron los años y la gente ya se había olvidado de esa persona, y fue en una noche igual a la que desaparecio, que se escuchó nuevamente la cabalgata de aquel caballo. Por la curiosidad muchas personas se asomaron, y vieron un jinete cabalgar por las calles, fue cuando un relámpago cayó e iluminó al jinete y lo que vieron fue que ese jinete no tenia cabeza. La gente horrorizada se metió a sus casas y no se explicaban lo que habían visto...
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Mitos y Leyendas de México
Un saludo al Tesoro del Nevado
Agustín Monroy Carmona
Todo principió al finalizar el año escolar de 1942. Gilberto, amigo y compañero de estudios, me invitó a pasar las vacaciones en un pequeño rancho próximo al Nevado de Toluca, acedí gustoso y para hacer ejercicio, realizamos el viaje a pie. Aquel pequeño rancho había sido propiedad de su padre, que a su vez lo había heredado de su abuelo y éste, de su tatarabuelo. Todos los días nos levantábamos temprano para excursionar por los montes, unas veces a caballo y otras a pie.Después tomábamos un baño en un manantial de agua caliente.
Uno de tantos días amaneció lluvioso y resolvimos quedarnos en casa. Para distraernos subimos a las galeras donde sus antepasados guardaban todo lo que ya no les era útil. Para nosotros ese lugar fue muy atractivo, encontramos cosas de mucho interés y gran valor; pero llamó poderosamente nuestra atención un cajón a manera de cofre de pirata que contenía papeles; los leímos con avidez por tratarse de la historia de la familia de Gilberto. Entre estos documentos encontramos un pliego escrito hace más de 150 años, en papel corriente, escrito con lápiz; no obstante el paso de los años, se leía con claridad. El documento tenía documento tenía el color amarillento de los papeles viejos, al desdoblarlo se separó en partes, acomodadas por nosotros pudimos descifrar su contenido.
Iniciamos su lectura con gran sorpresa y encontramos lo siguiente.
"Año de 1760, yo, Bartolomé Juan del Castillo, en nombre de Dios Padre que me crió y me conserva, hago la confesión siguiente:
Siendo el jefe de los ladrones que operaban en la Sierra del Nevado, yo como depositario de grandes robos de conductas que llevaban grandes tesoros que se conducían a España y que pasaban por estos campos y de varios puntos de los minerales.
Declaro en nombre de Dios Todopoderoso, ser cierto todo lo que voy a escribir.
Declaro que en la Cañada del Jicote que se halla en los Montes de los Estrada, de su lugar donde se juntan dos aguas una chica y otra mayor, de allí por abajo donde hace un salto chico, está un subterráneo, su puerta es pequeña, apenas puede caber el cuerpo de un hombre, está al pie de una corta peñita, dicha puerta está cubierta con una losa que a su vez está cubierta con tierra, aquí hay intereses muy grandes. Y del salto para arriba, en está misma cañada está otra que no tiene peña, está en la loma o costado de la cañada, está donde hay muchas hierbas de otatillo.
De allí mismo, subiendo rumbo al poniente, hasta llegar a la cumbre de la loma del Espinazo, estando allí encima del sur, se tomará a la derecha para abajo hasta dar con un cerrito chico que tiene muchos árboles, allí mismo se buscará un encino con dos brazos que figuran codos, uno está mirando a Zacualpan y otro al veladero, al pie están ocho botijas de dinero enterradas. Se tomará rumbo abajo hasta dar con una aguita muy pequeña que sale del mismo cerro y va dar un salto chico, a un lado está la puerta de la cueva, la mitad está en el salto grande, si lo encuentras te harás rico, allí está el convoy que se le quitó al virrey O Donojú en el paso del macho, este fue como un millón de dinero, al frente se encontrara un altar hecho de mezcla donde está colocado el señor del hospital, que es el que veneraban antes más.También se encontrarán los útiles de plata y oro con que se servía el virrey, en el interior está la gran cantidad de barras de plata formando un camellón, tambien se encontrará un gran depósito de ornamentos y a un lado otro altar con el Cristo de oro del Virrey, allí está también el esqueleto de don Cristóbal de Nova, que murio atado por querer entregar a los españoles este tesoro.
Hijo mío, pocos son los días que me restan de vida y mi alma está devorada por crueles remordimientos. En este fatal estado pienso y recuerdo tu orfandad desde la muerte de tu tierna madre, muerta de ti, la que te dio a luz; quiero recompensarte a ti y a Inés mi hermana, por sus humanitarias acciones.
Hijo mío, sabes que tienes un padre que tú no conoces, vive todavía, pero que enviado en un mar de crímenes, hace horribles memorias al título honroso de padre. Cometí varios crímenes, unas veces empujado por venganza y otras por la defensa que debía hacer de mi persona.
En fin, querido Paulino, tú comprenderás que yo quiero hacerte el bien y pido a Dios te conserve muchos años.
Los tesoros son muchos, puedes acompañarte de quienes gustes, no importa cuántos sean, para todos alcanza; una sola condición te pido, que mandes decir muchas misas para que Dios nos perdone, tanto a los malhechores que anduvieron conmigo, como a mí. Todos los objetos sagrados que pertenecen a la Iglesia como cálices, custodias, vasos sagrados, patenas y demás ornamentos religiosos, te ruego querido Paulino, hagan diligencia para que sean entregados a la Iglesia y puedan ser utilizados para lo que fueron hechos; con todo lo que sobre se remediarán; pues como te he dicho: hay tantos tesoros como para fincar otro México nuevo.
Principia tu recorrido por el Cerro del Manzano, es un cerro que tiene un manzano silvestre, está cerca de la Barranca del Muerto, en su tronco tiene una herradura clavada, al pie de ese tronco hay seis botijas de monedas de oro.
Yo, tu padre, estuve en tantos peligros que ignoro por qué Dios me Conservó la vida. Sufrí muchas heridas mortales, sin embargo pude Soportarlas porque uno de nuestros compañeros era curandero y Conocía las propiedades curativas de muchas plantas de estos montes; así gracias a Dios pude Conservar la existencia.
Todo lo que está ahí es de ustedes, remédiense en sus necesidades y sigue buscando y no te olvides, querido Paulino, de ayudar a los pobres, te lo encargo como primera obligación y manda decir muchas misas por el alma de tu padre y por todos los demás malhechores que bien lo necesitan".
Todo principió al finalizar el año escolar de 1942. Gilberto, amigo y compañero de estudios, me invitó a pasar las vacaciones en un pequeño rancho próximo al Nevado de Toluca, acedí gustoso y para hacer ejercicio, realizamos el viaje a pie. Aquel pequeño rancho había sido propiedad de su padre, que a su vez lo había heredado de su abuelo y éste, de su tatarabuelo. Todos los días nos levantábamos temprano para excursionar por los montes, unas veces a caballo y otras a pie.Después tomábamos un baño en un manantial de agua caliente.
Uno de tantos días amaneció lluvioso y resolvimos quedarnos en casa. Para distraernos subimos a las galeras donde sus antepasados guardaban todo lo que ya no les era útil. Para nosotros ese lugar fue muy atractivo, encontramos cosas de mucho interés y gran valor; pero llamó poderosamente nuestra atención un cajón a manera de cofre de pirata que contenía papeles; los leímos con avidez por tratarse de la historia de la familia de Gilberto. Entre estos documentos encontramos un pliego escrito hace más de 150 años, en papel corriente, escrito con lápiz; no obstante el paso de los años, se leía con claridad. El documento tenía documento tenía el color amarillento de los papeles viejos, al desdoblarlo se separó en partes, acomodadas por nosotros pudimos descifrar su contenido.
Iniciamos su lectura con gran sorpresa y encontramos lo siguiente.
"Año de 1760, yo, Bartolomé Juan del Castillo, en nombre de Dios Padre que me crió y me conserva, hago la confesión siguiente:
Siendo el jefe de los ladrones que operaban en la Sierra del Nevado, yo como depositario de grandes robos de conductas que llevaban grandes tesoros que se conducían a España y que pasaban por estos campos y de varios puntos de los minerales.
Declaro en nombre de Dios Todopoderoso, ser cierto todo lo que voy a escribir.
Declaro que en la Cañada del Jicote que se halla en los Montes de los Estrada, de su lugar donde se juntan dos aguas una chica y otra mayor, de allí por abajo donde hace un salto chico, está un subterráneo, su puerta es pequeña, apenas puede caber el cuerpo de un hombre, está al pie de una corta peñita, dicha puerta está cubierta con una losa que a su vez está cubierta con tierra, aquí hay intereses muy grandes. Y del salto para arriba, en está misma cañada está otra que no tiene peña, está en la loma o costado de la cañada, está donde hay muchas hierbas de otatillo.
De allí mismo, subiendo rumbo al poniente, hasta llegar a la cumbre de la loma del Espinazo, estando allí encima del sur, se tomará a la derecha para abajo hasta dar con un cerrito chico que tiene muchos árboles, allí mismo se buscará un encino con dos brazos que figuran codos, uno está mirando a Zacualpan y otro al veladero, al pie están ocho botijas de dinero enterradas. Se tomará rumbo abajo hasta dar con una aguita muy pequeña que sale del mismo cerro y va dar un salto chico, a un lado está la puerta de la cueva, la mitad está en el salto grande, si lo encuentras te harás rico, allí está el convoy que se le quitó al virrey O Donojú en el paso del macho, este fue como un millón de dinero, al frente se encontrara un altar hecho de mezcla donde está colocado el señor del hospital, que es el que veneraban antes más.También se encontrarán los útiles de plata y oro con que se servía el virrey, en el interior está la gran cantidad de barras de plata formando un camellón, tambien se encontrará un gran depósito de ornamentos y a un lado otro altar con el Cristo de oro del Virrey, allí está también el esqueleto de don Cristóbal de Nova, que murio atado por querer entregar a los españoles este tesoro.
Hijo mío, pocos son los días que me restan de vida y mi alma está devorada por crueles remordimientos. En este fatal estado pienso y recuerdo tu orfandad desde la muerte de tu tierna madre, muerta de ti, la que te dio a luz; quiero recompensarte a ti y a Inés mi hermana, por sus humanitarias acciones.
Hijo mío, sabes que tienes un padre que tú no conoces, vive todavía, pero que enviado en un mar de crímenes, hace horribles memorias al título honroso de padre. Cometí varios crímenes, unas veces empujado por venganza y otras por la defensa que debía hacer de mi persona.
En fin, querido Paulino, tú comprenderás que yo quiero hacerte el bien y pido a Dios te conserve muchos años.
Los tesoros son muchos, puedes acompañarte de quienes gustes, no importa cuántos sean, para todos alcanza; una sola condición te pido, que mandes decir muchas misas para que Dios nos perdone, tanto a los malhechores que anduvieron conmigo, como a mí. Todos los objetos sagrados que pertenecen a la Iglesia como cálices, custodias, vasos sagrados, patenas y demás ornamentos religiosos, te ruego querido Paulino, hagan diligencia para que sean entregados a la Iglesia y puedan ser utilizados para lo que fueron hechos; con todo lo que sobre se remediarán; pues como te he dicho: hay tantos tesoros como para fincar otro México nuevo.
Principia tu recorrido por el Cerro del Manzano, es un cerro que tiene un manzano silvestre, está cerca de la Barranca del Muerto, en su tronco tiene una herradura clavada, al pie de ese tronco hay seis botijas de monedas de oro.
Yo, tu padre, estuve en tantos peligros que ignoro por qué Dios me Conservó la vida. Sufrí muchas heridas mortales, sin embargo pude Soportarlas porque uno de nuestros compañeros era curandero y Conocía las propiedades curativas de muchas plantas de estos montes; así gracias a Dios pude Conservar la existencia.
Todo lo que está ahí es de ustedes, remédiense en sus necesidades y sigue buscando y no te olvides, querido Paulino, de ayudar a los pobres, te lo encargo como primera obligación y manda decir muchas misas por el alma de tu padre y por todos los demás malhechores que bien lo necesitan".
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Mitos y Leyendas de México
El Tesoro de la cueva del manzano (México)
Raúl Jardón
Fue por el mes de octubre de 1900, cuando en este pueblo y en los Comarcanos sé propaló la noticia del crimen de: "la barranca del muerto".Noticia que no hubiera producido tanta impresión, si no hubiera estado íntimamente ligada con la leyenda del "tesoro de la cueva del manzano".
Mucho se hablo sobre el particular y hasta se organizó una expedición para en busca del tesoro, en el lugar de los acontecimientos, sin resultado práctico ninguno, quedando bien pronto olvidado el suceso.
Como en la vida nada oculto, al cabo de los años, el protagonista del drama de aquel entonces, con toda buena voluntad me refirió el caso, en la forma siguiente:
"Usted recordará, al finado Antonio Martínez; entre él y yo existía una íntima amistad, la que nos hacía tratar como si fuéramos hermanos. Un día, que iba para mi labor, lo encontré sentado en un recodo del camino, en actitud pensativa. Al verme, se levantó y después de saludarme, me enseñó unos papeles diciéndome: mira Enrique, hace unos días encontré, en un viejo arcón de la casa, estos documentos que hablan de la existencia de un tesoro. ¿Quieres ir conmigo a buscarlo? En nadie tengo confianza, sino en ti, no vayas a decirme que no; para que te convenzas, lee estos papeles, y ya verás que si la suerte nos favorece, seremos muy ricos. Tomé los mencionados papeles, y más bien por curiosidad, que por codicia, los leí desde luego, pues era poco lo escrito, y le ofrecí que iba a pensar en el caso y le resolvería después. Nos despedimos, yéndonos cada uno para su trabajo. Dos días más tarde, nos encontramos nuevamente, en él comercio de don Teodoro; allí mientras tomábamos una copa, Antonio recordó el asunto si íbamos o no; en busca de lo que hablaban los papeles; yo riendo se me ocurrió Don Teodoro, que a mi amigo, se le ha metido en la cabeza, la idea, de que es cierto lo del Tesoro de la Cueva del Manzano, tan sólo porque en unos se encontró, hablan del sitio en que dicen, se encuentra la cueva. que, Antonio recibió mal lo que había dicho, confirmándolo el hecho Don Teodoro, insistente le rogaba le enseñara los papeles, ofreciéndole acompañarlo, se negó rotundamente y hasta de mal humor. Ya en la calle, mi amigo, aún molesto me dijo no seas indiscreto, dime, quieres ir o no; piensa que se trata de mucho dinero y que esto no debemos saberlo más que tú y yo; pues hay gente que sería capaz de asesinarnos, por esos documentos. Para enmendar mi falta que había cometido, y que Antonio quedara contento, me comprometí, en mala hora, a ir con él, cuando quisiera; quedando convenidos en esos momentos, en que tres días después emprenderíamos la marcha, en busca de aquel maldito tesoro. Y así fue, un jueves, muy de mañana salimos del pueblo rumbo a la montaña, caminamos todo él día hasta que las primeras sombras de la noche nos sorprendieron aliado poniente del volcán de Toluca, viéndonos obligados a improvisar un pequeño campamento entre las rocas. Al día siguiente, comenzamos los primeros trabajos de busca. Antonio, con mucho entusiasmo, yo, aunque dudoso, con toda buena voluntad, hacía lo que él me indicaba.
Cuatro días duramos, yendo de un lado para el otro, ya en el fondo de las barrancas, ya en la cima de los cerros, en busca de las señales que debían conducirnos a la puerta de la cueva. Y efectivamente, encontramos algunos de los parajes y señas que indicaban los papeles, lo que sirvió para robustecer la creencia en mi amigo y para desvanecer un tanto, mis dudas. Al tercer día, después de una buena fatiga, con las ropas desgarradas, muertos de cansancio, nos instalamos en la orilla de aquel profundo barranco del que no quisiera ni acordarme; prendimos una hoguera y después de tomar algún alimento, comenzamos a platicar sobre las posibilidades que ya teníamos para llegar a la cueva. Viendo Antonio que el fuego se extinguía, tomó el cuchillo de monte, y se dirigió a un sitio lejano, en busca de leña seca. ¡fue la última vez que nos vimos! ¡Ay, señor, cómo me duele el alma al recordarlo...! ¡Más valía que a mí también me hubieran matado...! ¡No cabe duda que aquel tesoro, está maldito...!
Diez minutos habrían transcurrido, de que Antonio se había alejado, perdiéndose entre las sombras, cuando de improviso, escuché un grito de angustia, como si alguno solicitara socorro, volviendo a quedar después todo en silencio. recisamente, me puse en pie, y sin pensar en el peligro, casi corriendo fui en la dirección en que me pareció había venido aquel grito, que aún me parece escuchar. Al detenerme, en un sitio rodeado de árboles, donde estaba más oscuro, agitado, escudriñando con la mirada a mi alrededor, todas las fuerzas de mis pulmones grité: ¡Antonio... Antonio...! ¿Dónde estás...? El eco de mi llamado, no se perdía, cuando en mi cuello sentí la presión de dos manos, que: ! Sorpresa había sido tan brutal, me que allá como un sueño, ... Quise luchar, pero fue en vano la voz que me decía:!los papeles. ..los papeles. ..¿dónde los tienes? ¡Dámelos! Después. .. un vacío...una montaña cayendo sobre mi cabeza... ¡La muerte!
Cuando desperté de aquel espantoso letargo, estaba yo en la cama de un hospital. Habían pasado muchos días. Otro de los heridos, que estaba a mi lado, me explicó que según él había oído, fui encontrado en el fondo de una barranca, con una horrible herida en la cabeza y que el doctor al hacerme la primera curación había dicho que pronto moriría y que si por milagro llegaba a vivir, podía quedar idiota. Ni lo uno ni lo otro pasó; mi fuerte constitución hizo que aunque lentamente, al transcurso de dos meses, recobrara yo mis facultades y mis movimientos. Una mañana que estaba yo tomando el sol en el pequeño patio, se presentó el personal del Juzgado haciéndome saber que tenía que rendir mi declaración.
Se me dijo que debía decir la verdad y después de haberlo ofrecido así, me indicaron que explicara yo lo que había pasado.
Así lo hice, relatando todo lo anterior, hasta el instante en que aquellas manos de un desconocido, me arrojaron al abismo, sin saber más. Entonces, él señor juez, dirigiéndome una penetrante mirada, me preguntó: ¿Quién fue pues el que mató a Antonio Martínez, su compañero y amigo? Un rayo que hubiera caído a mis pies, no me hubiera producido aquel efecto.
¿Antonio, muerto, Antonio, mi hermano? Fue lo único que pude exclamar. Sí, repuso el señor Juez, confiese usted la verdad, no engañe a la justicia, su negativa puede perjudicarlo más.
Señor Juez, contesté, lo que le he dicho a usted es la verdad, se lo juro sabía sino hasta estos momentos, que Antonio ha muerto, y por lo tanto, no sé quien pudo haberlo matado.
Es decir, repuso el Juez, que niega usted haber sido quien lo asesinó.
Sí, respondí, en forma categórica. Lo niego, soy inocente de esa muerte.
Está bien, sabe usted firmar, hágalo aquí.
Estampé mi firma donde me dijeron, y antes de retirarse, el Juez me indicó lo que le conviene es confesar todo, de una buena vez, para que su pena sea menor.
Largo rato después, comencé a coordinar mis ideas, preguntándome a solas: ¿por qué me han ocultado la muerte de mi amigo? ¿Quién lo mató? Luego aquel grito de angustia que oí, en esa noche en el monte, era de él. .. no me cabía ya duda... ¡Ah! Qué desgracia la mía, y la propia justicia se fijaba en mí, como el asesino de mi amigo, de mi hermano de corazón. .. ¡Maldición!
Comprendiendo mi situación, en vano buscaba en mi mente, la forma de desvanecer aquel cargo y de justificar mi inocencia. ¡Tarea inútil! Al ser dado de alta en el hospital ingresé en la cárcel como un asesino, como un criminal odioso. Tantas veces me llamaron a declarar, negué terminantemente el delito que se me imputaba; pero las pruebas que había en mi contra eran terribles: el cuchillo con que se había cometido era el mío, en la cacha tenía mis iniciales; el día de la salida, los dos solos lo habíamos hecho; se trataba de ir en busca de un tesoro; los documentos que según confesión mía, yo los llevaba, habían desaparecido; en una palabra, todo estaba en mi contra. La ambición, manifestaba el señor juez, era la que me había hecho cometer el crimen, mi amigo debía haberse defendido de la agresión que yo le hacía, y al recibir las puñaladas en las convulsiones de la muerte, se había agarrado a mi cuerpo, y habíamos rodado juntos al fondo de la barranca; y la prueba de ello era que, como a unos dos metros de donde me levantaron, estaba su cadáver, y muy cerca de mí, el cuchillo fatal. Yo no podía señalar a nadie como autor, más que aquellas dos manos malditas y la voz ronca de aquel desconocido; verídica defensa, que fue tomada como una coartada de mi parte, para evitar el castigo. y fui sentenciado con aquellas pruebas circunstanciales, a quince años de prisión. .. ¡quince años! Si en verdad hubiera cometido el delito, mi misma culpa me hubiera hecho más resignado a cumplir la sentencia, injusta de mi juez. .. ¡quince años de sufrimientos... de lágrimas... pesando sobre mi cabeza el calificativo de asesino ...! Cuántas veces en mis momentos que tuve calma, al pensar en todo lo ocurrido quién podía haber sido el criminal despiadado, en cuyo lugar, yo sufría, no encontrando solución para ese enigma, llegué hasta imaginarme que, el alma de alguno de los que habían escondido el tesoro, era la causante de aquello, para ejemplo de los que quisieran intentar una nueva aventura.
Finalizaba el año de 1911. Hasta la cárcel llegaban los rumores de que la revolución había tomado incremento en algunos lugares. La vigilancia fue redoblada por temor a la fuga de los reclusos; las consideraciones que teníamos algunos, nos fueron retiradas Una noche del mes de diciembre, fue sacada toda la prisión y amarrados en parejas codo con codo, nos condujeron hasta la cárcel de Toluca; de allí al día siguiente, con otros muchos, fuimos llevados a México. El Cuartel de la Canoa, fue nuestro destino provisional, pues en poco tiempo nos incorporaron a diversos cuerpos que desde luego salieron para la campaña del Norte. Cuatro años de sobresaltos, en que la muerte me arrebató a muchos compañeros. .. De mi imaginación no se borrarán jamás, aquellas escenas de horror: ...puentes destruidos por el incendio y la dinamita. .. trenes volados...gritos de desesperación y angustia de cientos de heridos. .. blasfemias. .. el estampido de los cañones, dominando el fuego de la fusilería. .. caballos sin jinetes, corriendo desbocados en los campos de batalla. .. lamentos. .. montones de cadáveres, que eran quemados después de los combates, y que se retorcían espontáneamente al ser presa de las llamas... ¡la desolación... el terror... la muerte en todas sus manifestaciones...!
El último combate en que me encontré, Habíamos peleado tres días, con sus tres noches; un oportuno refuerzo, nos hizo alcanzar la victoria, ordenándose la persecución de los restos del enemigo.
Y allá fuimos, por aquellas llanuras, encontrando muertos, heridos y haciendo prisioneros, hasta que llegamos a un poblado, donde hizo alto nuestra columna. Al permitirse descanso, me separé de mis compañeros y me dirigí a la orilla del pueblo donde un extraño impulso hizo encaminara mis pasos hasta las ruinas de una casa, recibiendo allí una sorpresa, al ver la figura de un hombre que se encontraba escondido entre la maleza, en uno de los rincones. Avancé con el arma preparada y al estar cerca de él, grande fue mi sorpresa al reconocer en aquel individuo, nada menos que a Don Teodoro, antiguo conocido de mi pueblo. ¡Usted aquí, Don Teodoro! pero qué anda haciendo por estos sitios? , ¿Qué le pasa?
-Párese, no tenga miedo -le indiqué-. Yo soy Enrique, ¿no se acuerda usted de mí?
-Sí, me contestó, bien te conozco, has llegado a tiempo. .. puedo morir tranquilo.
-Pero quién habla de morir, Don Teodoro, le contesté.
-Yo, Enrique, Acércate, no puedo levantarme, tengo dos heridas por las que se me está escapando la vida. .. y llegas a tiempo...
-Llamaré a unos camilleros de los que vienen con nosotros, para que lo lleven y lo curen, tal vez pueda salvarse.
Todo es inútil, Enrique, ¡Dios así lo ha dispuesto!. ..Sólo te pido que escuches la suplica del que fue el autor de toda tu desgracia. ..iOyelo! Yo fui el que cegado por ambición y después de haberme dado cuenta, por la plática que tuvieron en mi comercio, los anduve espiando desde ese momento, a ti y a Antonio, siguiendo todos sus pasos hasta cuando se fueron al monte, yo estuve muy cerca de usted aquella noche, de que estaban próximos a encontrar la entrada vechando aquel momento en que Antonio fue a buscar leña, lo se que llevaba lo maté, arrojándolo al barranco, yo fui el que despué: te esperé y atacándote de improviso, apreté tu cuello, y te robé los documentos de Antonio y después. ..te arrojé al fondo del barranco, donde había yo arrojado antes a el ...yo fui el que hizo todo. ..perdóname. .perdóname...
Como atontado escuché aquella espantosa revelación y preso de y de venganza, preparé mi carabina, para acabar de matar a aque que disparara yo, su vida se extinguió... Mi impresión fue tan grande, que ante el cadaver de ese hombre vil, todo mi pasado lleno de ignominia y de dolor, y revivio en mi cerebro y parece mentira. ..lloré. ..lloré y aquellas lágrimas me salvaron y salvaron el alma de aquel desgraciado. ..Lo perdoné. ..lo perdoné de todo corazón Ojala y mi perdón le haya servido de abono, ante el Juez Supremo!
Junto al cuerpo de Don Teodoro, estaba una maleta, la que abri, encontrando prendas de ropa, una cartera conteniendo trescientos pesos en billetes de banco, varios entre ellos, los documentos de Antonio, que fueron la causa directa de aquel drama en que fuimos tres las víctimas, en diversa forma. Ya sin rencor obtuve el permiso de mis superiores, para darle cristiana sepultura al cadáver, del que habia sido motivo de mi desgracia personal, y posteriormente mi enemigo en combate...
Poco tiempo después, la Revolución triunfó, me concedieron mi baja y al llegar a mi pueblo, busqué a los familiares de Don Teodoro y como ya ninguno vivía allí, ni sabían dónde estuvieran, fui a la cabecera del distrito, a repartir entre los presos de la cárcel, donde estuve, aquellos dineros que no me pertenecían. ..¡Se sufre tanto en una prisión!
Y ahora, estoy tranquilo, mis penas morales me han agotado, comprendo que ya muy poco tiempo he de vivir; mas estoy contento, porque siquiera moriré en mi tierra. .. ¿Qué me importa cómo me juzguen. ..? ¡Dios es testigo de que no soy ningún asesino, como se me juzgó!
Para terminar y como demostración del aprecio que le tengo, voy a regalarle a usted esos papeles que conservo. Tómelos y léalos como un pasatiempo; pero le ruego que no vaya a ilusionarse ya intentar ir a buscar nada, porque ese tesoro, si es que existe, está maldito...
Agradecido por el obsequio, e impresionado por aquella verídica historia, me despedí de Don Enrique, el que hace dos meses que murió y pensando que es de justicia vindicar su memoria, lo hago, publicando todo lo que él me refirió, así como el contenido de los documentos, o relaciones que se refieren al tesoro.
"Se buscará por el camino de Coatepec de las Harinas arrastradero, el que se debe de tomar con dirección a "Peña Blanca" y de allí al "Paso Ancho" siguiendo la dirección misma, hasta la Calzada de "San Gaspar" y se sigue caminando frontero al "Cerro Cuate" y de allí se quebrará sobre la izquierda, a pasar por arriba de un salto grande, que se encontrará en la "Barranca de la Sepultura" y estando en dicho sitio, se verá al Poniente un cerro alto, escampado de árboles, dicho cerro tiene tres cañadas, en una de ellas, se buscará un ojo de agua, que sale de enmedio, siguiendo hasta un subterráneo cuya entrada cubierta y muy bien oculta por grandes yerbas, entrando se hallara una pieza grande, que servía de caballeriza y de allí por el lado que sale el Sol, se encontrara una especie de túnel, pero muy oscuro y como de quince varas de largo, que conduce a otro subterráneo entre peñas y tepetates, en el cual al entrar se oye un fuerte ruido que causará temor, en uno de los rincones se verán varias lajas amontonadas, al quitarlas quedará la entrada de la Cueva Grande, donde hay un gran tesoro, en barras de oro y plata, moneda sellada y otros muebles de mucho precio. El que llegare por suerte a dar con este tesoro, es suyo, y sólo se le ruega que haga buen uso de él, con los pobres y con la Iglesia. A los veintisiete días del mes de marzo del año de mil ochocientos cuarenta y cuatro.- Francisco Plata.- "Rúbrica".
"Cumpliendo con los deberes de cristiano, hago esta declaración en el nombre de Dios Todopoderoso, que me redimió con su preciosísima sangre. Saliendo de Coatepec de las Harinas, siguiendo el camino que va para la Sierra, hasta encontrar el que va para "Ameyalco" se pasan tres lomitas, a la mitad de la primera, hay un oyamel descascarado; la segunda es una lomita quebrada y la última tiene unas peñitas que miran para donde sale el Sol; y de allí se sigue el rumbo de una joya grande, que agua enmedio corrediza; la que sigue hasta un cerrito redondo, que tiene muchos árboles y se busca una encina, que tiene dos brazos, uno que mira para el rumbo del veladero y otro para el Real de Zacualpan; y en cuyo árbol al pie, tiene una herradura clavada; de allí se cuentan veinte pasos y se va en derecho, siguiendo una agüita para abajo, que sale del Cerro del Manzano y que va a dar a un salto chico y andando cincuenta pasos rumbo a Toluca, se encuentra la puerta de una cueva, la mitad tapada con mucha yerba y la otra mitad, por donde entra el río, se sigue hasta llegar a un subterraneo que se pasa para entrar a otro, y en el último en un rincón, tapada con argamasa esta una puerta; quitada la argamasa, se encontrará una como pieza grande, donde está un altar con dos, Santos Cristos de oro macizo, y unas custodias con resplandores de muchos , brillantes, al pie del altar, hay mucho dinero amontonado en barras de oro y plata; así como moneda sellada; en los rincones hay armas y monturas y sobre unos grandes troncos secos, hay bultos hasta como un ciento, de géneros de seda y de loza, de la que llegaba por Acapulco. Por el amor de Dios, que todo lo de la Iglesia se entregue a la misma, y 1o demás que hay en la cueva sea repartido entre los pobres. Lo que digo en el año de cuarenta y cinco.- Bartolomé Falcón.- "Rúbrica".
Hay que hacer constar que, estas o parecidas relaciones, fueron las que indujeron al llamado Emperador Maximiliano, de Austria, allá por los años de 1865 a 1866, a enviar un fuerte destacamento al mando de un coronel Segura, con el fin de buscar dicho tesoro; durando dicha expedición tres meses, sin encontrar nada; más tarde, durante el gobierno del General Vicente Villada, una señora de apellido López, obtuvo un apoyo de dicho gobierno, habiéndole facilitado tropa, para buscar la cueva misteriosa del "Cerro del Manzano" y durante varios años, se han organizado buscas, por particulares de los pueblos, y aun de México, sin que hasta la fecha se sepa que hayan encontrado el lugar preciso donde está la "Cueva del Cerro del Manzano", esperando con sus tesoros, al afortunado nuevo Edmundo Dantés, Conde de Montecristo, que con su valor y constancia consiga arrancárselos.
Fue por el mes de octubre de 1900, cuando en este pueblo y en los Comarcanos sé propaló la noticia del crimen de: "la barranca del muerto".Noticia que no hubiera producido tanta impresión, si no hubiera estado íntimamente ligada con la leyenda del "tesoro de la cueva del manzano".
Mucho se hablo sobre el particular y hasta se organizó una expedición para en busca del tesoro, en el lugar de los acontecimientos, sin resultado práctico ninguno, quedando bien pronto olvidado el suceso.
Como en la vida nada oculto, al cabo de los años, el protagonista del drama de aquel entonces, con toda buena voluntad me refirió el caso, en la forma siguiente:
"Usted recordará, al finado Antonio Martínez; entre él y yo existía una íntima amistad, la que nos hacía tratar como si fuéramos hermanos. Un día, que iba para mi labor, lo encontré sentado en un recodo del camino, en actitud pensativa. Al verme, se levantó y después de saludarme, me enseñó unos papeles diciéndome: mira Enrique, hace unos días encontré, en un viejo arcón de la casa, estos documentos que hablan de la existencia de un tesoro. ¿Quieres ir conmigo a buscarlo? En nadie tengo confianza, sino en ti, no vayas a decirme que no; para que te convenzas, lee estos papeles, y ya verás que si la suerte nos favorece, seremos muy ricos. Tomé los mencionados papeles, y más bien por curiosidad, que por codicia, los leí desde luego, pues era poco lo escrito, y le ofrecí que iba a pensar en el caso y le resolvería después. Nos despedimos, yéndonos cada uno para su trabajo. Dos días más tarde, nos encontramos nuevamente, en él comercio de don Teodoro; allí mientras tomábamos una copa, Antonio recordó el asunto si íbamos o no; en busca de lo que hablaban los papeles; yo riendo se me ocurrió Don Teodoro, que a mi amigo, se le ha metido en la cabeza, la idea, de que es cierto lo del Tesoro de la Cueva del Manzano, tan sólo porque en unos se encontró, hablan del sitio en que dicen, se encuentra la cueva. que, Antonio recibió mal lo que había dicho, confirmándolo el hecho Don Teodoro, insistente le rogaba le enseñara los papeles, ofreciéndole acompañarlo, se negó rotundamente y hasta de mal humor. Ya en la calle, mi amigo, aún molesto me dijo no seas indiscreto, dime, quieres ir o no; piensa que se trata de mucho dinero y que esto no debemos saberlo más que tú y yo; pues hay gente que sería capaz de asesinarnos, por esos documentos. Para enmendar mi falta que había cometido, y que Antonio quedara contento, me comprometí, en mala hora, a ir con él, cuando quisiera; quedando convenidos en esos momentos, en que tres días después emprenderíamos la marcha, en busca de aquel maldito tesoro. Y así fue, un jueves, muy de mañana salimos del pueblo rumbo a la montaña, caminamos todo él día hasta que las primeras sombras de la noche nos sorprendieron aliado poniente del volcán de Toluca, viéndonos obligados a improvisar un pequeño campamento entre las rocas. Al día siguiente, comenzamos los primeros trabajos de busca. Antonio, con mucho entusiasmo, yo, aunque dudoso, con toda buena voluntad, hacía lo que él me indicaba.
Cuatro días duramos, yendo de un lado para el otro, ya en el fondo de las barrancas, ya en la cima de los cerros, en busca de las señales que debían conducirnos a la puerta de la cueva. Y efectivamente, encontramos algunos de los parajes y señas que indicaban los papeles, lo que sirvió para robustecer la creencia en mi amigo y para desvanecer un tanto, mis dudas. Al tercer día, después de una buena fatiga, con las ropas desgarradas, muertos de cansancio, nos instalamos en la orilla de aquel profundo barranco del que no quisiera ni acordarme; prendimos una hoguera y después de tomar algún alimento, comenzamos a platicar sobre las posibilidades que ya teníamos para llegar a la cueva. Viendo Antonio que el fuego se extinguía, tomó el cuchillo de monte, y se dirigió a un sitio lejano, en busca de leña seca. ¡fue la última vez que nos vimos! ¡Ay, señor, cómo me duele el alma al recordarlo...! ¡Más valía que a mí también me hubieran matado...! ¡No cabe duda que aquel tesoro, está maldito...!
Diez minutos habrían transcurrido, de que Antonio se había alejado, perdiéndose entre las sombras, cuando de improviso, escuché un grito de angustia, como si alguno solicitara socorro, volviendo a quedar después todo en silencio. recisamente, me puse en pie, y sin pensar en el peligro, casi corriendo fui en la dirección en que me pareció había venido aquel grito, que aún me parece escuchar. Al detenerme, en un sitio rodeado de árboles, donde estaba más oscuro, agitado, escudriñando con la mirada a mi alrededor, todas las fuerzas de mis pulmones grité: ¡Antonio... Antonio...! ¿Dónde estás...? El eco de mi llamado, no se perdía, cuando en mi cuello sentí la presión de dos manos, que: ! Sorpresa había sido tan brutal, me que allá como un sueño, ... Quise luchar, pero fue en vano la voz que me decía:!los papeles. ..los papeles. ..¿dónde los tienes? ¡Dámelos! Después. .. un vacío...una montaña cayendo sobre mi cabeza... ¡La muerte!
Cuando desperté de aquel espantoso letargo, estaba yo en la cama de un hospital. Habían pasado muchos días. Otro de los heridos, que estaba a mi lado, me explicó que según él había oído, fui encontrado en el fondo de una barranca, con una horrible herida en la cabeza y que el doctor al hacerme la primera curación había dicho que pronto moriría y que si por milagro llegaba a vivir, podía quedar idiota. Ni lo uno ni lo otro pasó; mi fuerte constitución hizo que aunque lentamente, al transcurso de dos meses, recobrara yo mis facultades y mis movimientos. Una mañana que estaba yo tomando el sol en el pequeño patio, se presentó el personal del Juzgado haciéndome saber que tenía que rendir mi declaración.
Se me dijo que debía decir la verdad y después de haberlo ofrecido así, me indicaron que explicara yo lo que había pasado.
Así lo hice, relatando todo lo anterior, hasta el instante en que aquellas manos de un desconocido, me arrojaron al abismo, sin saber más. Entonces, él señor juez, dirigiéndome una penetrante mirada, me preguntó: ¿Quién fue pues el que mató a Antonio Martínez, su compañero y amigo? Un rayo que hubiera caído a mis pies, no me hubiera producido aquel efecto.
¿Antonio, muerto, Antonio, mi hermano? Fue lo único que pude exclamar. Sí, repuso el señor Juez, confiese usted la verdad, no engañe a la justicia, su negativa puede perjudicarlo más.
Señor Juez, contesté, lo que le he dicho a usted es la verdad, se lo juro sabía sino hasta estos momentos, que Antonio ha muerto, y por lo tanto, no sé quien pudo haberlo matado.
Es decir, repuso el Juez, que niega usted haber sido quien lo asesinó.
Sí, respondí, en forma categórica. Lo niego, soy inocente de esa muerte.
Está bien, sabe usted firmar, hágalo aquí.
Estampé mi firma donde me dijeron, y antes de retirarse, el Juez me indicó lo que le conviene es confesar todo, de una buena vez, para que su pena sea menor.
Largo rato después, comencé a coordinar mis ideas, preguntándome a solas: ¿por qué me han ocultado la muerte de mi amigo? ¿Quién lo mató? Luego aquel grito de angustia que oí, en esa noche en el monte, era de él. .. no me cabía ya duda... ¡Ah! Qué desgracia la mía, y la propia justicia se fijaba en mí, como el asesino de mi amigo, de mi hermano de corazón. .. ¡Maldición!
Comprendiendo mi situación, en vano buscaba en mi mente, la forma de desvanecer aquel cargo y de justificar mi inocencia. ¡Tarea inútil! Al ser dado de alta en el hospital ingresé en la cárcel como un asesino, como un criminal odioso. Tantas veces me llamaron a declarar, negué terminantemente el delito que se me imputaba; pero las pruebas que había en mi contra eran terribles: el cuchillo con que se había cometido era el mío, en la cacha tenía mis iniciales; el día de la salida, los dos solos lo habíamos hecho; se trataba de ir en busca de un tesoro; los documentos que según confesión mía, yo los llevaba, habían desaparecido; en una palabra, todo estaba en mi contra. La ambición, manifestaba el señor juez, era la que me había hecho cometer el crimen, mi amigo debía haberse defendido de la agresión que yo le hacía, y al recibir las puñaladas en las convulsiones de la muerte, se había agarrado a mi cuerpo, y habíamos rodado juntos al fondo de la barranca; y la prueba de ello era que, como a unos dos metros de donde me levantaron, estaba su cadáver, y muy cerca de mí, el cuchillo fatal. Yo no podía señalar a nadie como autor, más que aquellas dos manos malditas y la voz ronca de aquel desconocido; verídica defensa, que fue tomada como una coartada de mi parte, para evitar el castigo. y fui sentenciado con aquellas pruebas circunstanciales, a quince años de prisión. .. ¡quince años! Si en verdad hubiera cometido el delito, mi misma culpa me hubiera hecho más resignado a cumplir la sentencia, injusta de mi juez. .. ¡quince años de sufrimientos... de lágrimas... pesando sobre mi cabeza el calificativo de asesino ...! Cuántas veces en mis momentos que tuve calma, al pensar en todo lo ocurrido quién podía haber sido el criminal despiadado, en cuyo lugar, yo sufría, no encontrando solución para ese enigma, llegué hasta imaginarme que, el alma de alguno de los que habían escondido el tesoro, era la causante de aquello, para ejemplo de los que quisieran intentar una nueva aventura.
Finalizaba el año de 1911. Hasta la cárcel llegaban los rumores de que la revolución había tomado incremento en algunos lugares. La vigilancia fue redoblada por temor a la fuga de los reclusos; las consideraciones que teníamos algunos, nos fueron retiradas Una noche del mes de diciembre, fue sacada toda la prisión y amarrados en parejas codo con codo, nos condujeron hasta la cárcel de Toluca; de allí al día siguiente, con otros muchos, fuimos llevados a México. El Cuartel de la Canoa, fue nuestro destino provisional, pues en poco tiempo nos incorporaron a diversos cuerpos que desde luego salieron para la campaña del Norte. Cuatro años de sobresaltos, en que la muerte me arrebató a muchos compañeros. .. De mi imaginación no se borrarán jamás, aquellas escenas de horror: ...puentes destruidos por el incendio y la dinamita. .. trenes volados...gritos de desesperación y angustia de cientos de heridos. .. blasfemias. .. el estampido de los cañones, dominando el fuego de la fusilería. .. caballos sin jinetes, corriendo desbocados en los campos de batalla. .. lamentos. .. montones de cadáveres, que eran quemados después de los combates, y que se retorcían espontáneamente al ser presa de las llamas... ¡la desolación... el terror... la muerte en todas sus manifestaciones...!
El último combate en que me encontré, Habíamos peleado tres días, con sus tres noches; un oportuno refuerzo, nos hizo alcanzar la victoria, ordenándose la persecución de los restos del enemigo.
Y allá fuimos, por aquellas llanuras, encontrando muertos, heridos y haciendo prisioneros, hasta que llegamos a un poblado, donde hizo alto nuestra columna. Al permitirse descanso, me separé de mis compañeros y me dirigí a la orilla del pueblo donde un extraño impulso hizo encaminara mis pasos hasta las ruinas de una casa, recibiendo allí una sorpresa, al ver la figura de un hombre que se encontraba escondido entre la maleza, en uno de los rincones. Avancé con el arma preparada y al estar cerca de él, grande fue mi sorpresa al reconocer en aquel individuo, nada menos que a Don Teodoro, antiguo conocido de mi pueblo. ¡Usted aquí, Don Teodoro! pero qué anda haciendo por estos sitios? , ¿Qué le pasa?
-Párese, no tenga miedo -le indiqué-. Yo soy Enrique, ¿no se acuerda usted de mí?
-Sí, me contestó, bien te conozco, has llegado a tiempo. .. puedo morir tranquilo.
-Pero quién habla de morir, Don Teodoro, le contesté.
-Yo, Enrique, Acércate, no puedo levantarme, tengo dos heridas por las que se me está escapando la vida. .. y llegas a tiempo...
-Llamaré a unos camilleros de los que vienen con nosotros, para que lo lleven y lo curen, tal vez pueda salvarse.
Todo es inútil, Enrique, ¡Dios así lo ha dispuesto!. ..Sólo te pido que escuches la suplica del que fue el autor de toda tu desgracia. ..iOyelo! Yo fui el que cegado por ambición y después de haberme dado cuenta, por la plática que tuvieron en mi comercio, los anduve espiando desde ese momento, a ti y a Antonio, siguiendo todos sus pasos hasta cuando se fueron al monte, yo estuve muy cerca de usted aquella noche, de que estaban próximos a encontrar la entrada vechando aquel momento en que Antonio fue a buscar leña, lo se que llevaba lo maté, arrojándolo al barranco, yo fui el que despué: te esperé y atacándote de improviso, apreté tu cuello, y te robé los documentos de Antonio y después. ..te arrojé al fondo del barranco, donde había yo arrojado antes a el ...yo fui el que hizo todo. ..perdóname. .perdóname...
Como atontado escuché aquella espantosa revelación y preso de y de venganza, preparé mi carabina, para acabar de matar a aque que disparara yo, su vida se extinguió... Mi impresión fue tan grande, que ante el cadaver de ese hombre vil, todo mi pasado lleno de ignominia y de dolor, y revivio en mi cerebro y parece mentira. ..lloré. ..lloré y aquellas lágrimas me salvaron y salvaron el alma de aquel desgraciado. ..Lo perdoné. ..lo perdoné de todo corazón Ojala y mi perdón le haya servido de abono, ante el Juez Supremo!
Junto al cuerpo de Don Teodoro, estaba una maleta, la que abri, encontrando prendas de ropa, una cartera conteniendo trescientos pesos en billetes de banco, varios entre ellos, los documentos de Antonio, que fueron la causa directa de aquel drama en que fuimos tres las víctimas, en diversa forma. Ya sin rencor obtuve el permiso de mis superiores, para darle cristiana sepultura al cadáver, del que habia sido motivo de mi desgracia personal, y posteriormente mi enemigo en combate...
Poco tiempo después, la Revolución triunfó, me concedieron mi baja y al llegar a mi pueblo, busqué a los familiares de Don Teodoro y como ya ninguno vivía allí, ni sabían dónde estuvieran, fui a la cabecera del distrito, a repartir entre los presos de la cárcel, donde estuve, aquellos dineros que no me pertenecían. ..¡Se sufre tanto en una prisión!
Y ahora, estoy tranquilo, mis penas morales me han agotado, comprendo que ya muy poco tiempo he de vivir; mas estoy contento, porque siquiera moriré en mi tierra. .. ¿Qué me importa cómo me juzguen. ..? ¡Dios es testigo de que no soy ningún asesino, como se me juzgó!
Para terminar y como demostración del aprecio que le tengo, voy a regalarle a usted esos papeles que conservo. Tómelos y léalos como un pasatiempo; pero le ruego que no vaya a ilusionarse ya intentar ir a buscar nada, porque ese tesoro, si es que existe, está maldito...
Agradecido por el obsequio, e impresionado por aquella verídica historia, me despedí de Don Enrique, el que hace dos meses que murió y pensando que es de justicia vindicar su memoria, lo hago, publicando todo lo que él me refirió, así como el contenido de los documentos, o relaciones que se refieren al tesoro.
"Se buscará por el camino de Coatepec de las Harinas arrastradero, el que se debe de tomar con dirección a "Peña Blanca" y de allí al "Paso Ancho" siguiendo la dirección misma, hasta la Calzada de "San Gaspar" y se sigue caminando frontero al "Cerro Cuate" y de allí se quebrará sobre la izquierda, a pasar por arriba de un salto grande, que se encontrará en la "Barranca de la Sepultura" y estando en dicho sitio, se verá al Poniente un cerro alto, escampado de árboles, dicho cerro tiene tres cañadas, en una de ellas, se buscará un ojo de agua, que sale de enmedio, siguiendo hasta un subterráneo cuya entrada cubierta y muy bien oculta por grandes yerbas, entrando se hallara una pieza grande, que servía de caballeriza y de allí por el lado que sale el Sol, se encontrara una especie de túnel, pero muy oscuro y como de quince varas de largo, que conduce a otro subterráneo entre peñas y tepetates, en el cual al entrar se oye un fuerte ruido que causará temor, en uno de los rincones se verán varias lajas amontonadas, al quitarlas quedará la entrada de la Cueva Grande, donde hay un gran tesoro, en barras de oro y plata, moneda sellada y otros muebles de mucho precio. El que llegare por suerte a dar con este tesoro, es suyo, y sólo se le ruega que haga buen uso de él, con los pobres y con la Iglesia. A los veintisiete días del mes de marzo del año de mil ochocientos cuarenta y cuatro.- Francisco Plata.- "Rúbrica".
"Cumpliendo con los deberes de cristiano, hago esta declaración en el nombre de Dios Todopoderoso, que me redimió con su preciosísima sangre. Saliendo de Coatepec de las Harinas, siguiendo el camino que va para la Sierra, hasta encontrar el que va para "Ameyalco" se pasan tres lomitas, a la mitad de la primera, hay un oyamel descascarado; la segunda es una lomita quebrada y la última tiene unas peñitas que miran para donde sale el Sol; y de allí se sigue el rumbo de una joya grande, que agua enmedio corrediza; la que sigue hasta un cerrito redondo, que tiene muchos árboles y se busca una encina, que tiene dos brazos, uno que mira para el rumbo del veladero y otro para el Real de Zacualpan; y en cuyo árbol al pie, tiene una herradura clavada; de allí se cuentan veinte pasos y se va en derecho, siguiendo una agüita para abajo, que sale del Cerro del Manzano y que va a dar a un salto chico y andando cincuenta pasos rumbo a Toluca, se encuentra la puerta de una cueva, la mitad tapada con mucha yerba y la otra mitad, por donde entra el río, se sigue hasta llegar a un subterraneo que se pasa para entrar a otro, y en el último en un rincón, tapada con argamasa esta una puerta; quitada la argamasa, se encontrará una como pieza grande, donde está un altar con dos, Santos Cristos de oro macizo, y unas custodias con resplandores de muchos , brillantes, al pie del altar, hay mucho dinero amontonado en barras de oro y plata; así como moneda sellada; en los rincones hay armas y monturas y sobre unos grandes troncos secos, hay bultos hasta como un ciento, de géneros de seda y de loza, de la que llegaba por Acapulco. Por el amor de Dios, que todo lo de la Iglesia se entregue a la misma, y 1o demás que hay en la cueva sea repartido entre los pobres. Lo que digo en el año de cuarenta y cinco.- Bartolomé Falcón.- "Rúbrica".
Hay que hacer constar que, estas o parecidas relaciones, fueron las que indujeron al llamado Emperador Maximiliano, de Austria, allá por los años de 1865 a 1866, a enviar un fuerte destacamento al mando de un coronel Segura, con el fin de buscar dicho tesoro; durando dicha expedición tres meses, sin encontrar nada; más tarde, durante el gobierno del General Vicente Villada, una señora de apellido López, obtuvo un apoyo de dicho gobierno, habiéndole facilitado tropa, para buscar la cueva misteriosa del "Cerro del Manzano" y durante varios años, se han organizado buscas, por particulares de los pueblos, y aun de México, sin que hasta la fecha se sepa que hayan encontrado el lugar preciso donde está la "Cueva del Cerro del Manzano", esperando con sus tesoros, al afortunado nuevo Edmundo Dantés, Conde de Montecristo, que con su valor y constancia consiga arrancárselos.
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Mitos y Leyendas de México
El Señor de la Santa Veracruz (México)
Gustavo G. Velázquez
La leyenda sobre el Cristo de la Santa Veracruz, tal como la recogió don Miguel Salinas, es la siguiente: "Poco después de la fundación de Toluca sucedió en esta ciudad el siguiente prodigio: vivía en ella un vecino tan virtuoso como noble; llegaron a él, cierto día, dos hermosos mancebos, quienes le mostraron una devota y perfecta efigie de Cristo Crucificado, diciéndole que si gustaba comprarla, a lo que respondió que en qué precio la estimaban; y ellos respondieron que sólo les diera 30 pesos. Considerando el sencillo comprador lo corto del precio por tan perfecta efigie, les dijo que esperasen mientras sacaba el dinero. Al estarlo contando, por tener inclinada la cara y fijos los ojos en las monedas que contaba, no vio que en ese tiempo desaparecieron los mancebos, dejándole la imagen. Admirado de lo maravilloso del Suceso dio cuenta al párroco, quien dispuso con solemnes procesiones y festivas demostraciones colocarla en el altar mayor de la parroquia".
La casa en que se efectuó la compra, según la misma tradición, es aquella que se encuentra en la esquina de las actuales calles de Independencia y Aldama, antes calles Real y Navarrete, ahora primera de Aldama.
Los documentos que se encontraron respecto a la construcción de la iglesia de la Santa Veracruz, que por muchos años fue la portería del convento de San Francisco, dicen que el día 13 de diciembre de 1733 se abrieron los cimientos y se puso la primera piedra, siendo mayordomo de la cofradía de la Veracruz el señor don Bernardo Serrano. La cofradía de la Veracruz pasó a ser dirigida por clérigos seculares a quienes reclamaron los derechos los franciscanos, en quienes se encontraba la administración parroquial de Toluca. Los franciscanos, para vencer a sus enemigos que se negaban a entregar los derechos parroquiales exigieron que les presentaran la cédula de edificación de la iglesia los dirigentes de la cofradía de la Veracruz, lo que nunca pudieron hacer, pues parece que, en efecto, la iglesia se construyó sin permiso del rey. Don Bernardo Serrano, que era uno de los más ricos labradores del Valle de Toluca, para vencer a los franciscanos que pretendían paralizar la obra, envió a España a su
sobrino don Pablo Arce, quien mediante las chicanas y dádivas comunes en todos los litigios, obtuvo permiso para edificar la actual iglesia de la Santa Veracruz, acallando las pretensiones del guardián del convento de Franciscanos, en cuyo territorio se levantó la iglesia.
Terminada la iglesia, los cofrades de la Veracruz quisieron que se trasladara la imagen milagrosa de la iglesia parroquial al nuevo templo, pero los frailes se opusieron otra vez a tales pretensiones. El 30 de diciembre de J 796 el corregidor de la ciudad se puso del lado del guardián de los franciscanos y ordenó que se cerrara la iglesia. Sin embargo todos los labradores del Valle de Toluca que habían contribuido a la edificación de la iglesia, pidieron al virrey les permitiera el uso del templo, que por fin les fue concedido con algunas condiciones.
A partir de aquella fecha la iglesia de la Veracruz estuvo a cargo de capellanes del clero secular, siendo los dos últimos' de esta clase los padres don Ignacio Juan Manuel Escudero, que eran nativos de Toluca.
En la obra que se escribió sobre la orden de los frailes de San Juan de dios se relata bajo una forma diferente la historia del Cristo de la Veracruz, que de todos modos, como ya hemos narrado, representa el sincretismo del dios Opochtli prehispánico y al cristo de los conquistadores, Por eso a pesar del extranjerismo de los misioneros del corazón de María, perdura el culto al Cristo Negro de la Santa Veracruz, aunque ya no ocupe el lugar preferente del templo que se le edificó por honrados vecinos de esta ciudad.
Lo más notable del templo de la Veracruz es su reloj. Esta máquina perteneció al convento de los Carmelitas del Santo Desierto de Tenancingo; de ahí fue llevada a Tlalpan; de Tlalpan vino a Toluca y estuvo colocada en las casas consistoriales, de donde fue trasladada al lugar que ocupa sobre la bóveda de la Santa Veracruz.
La leyenda sobre el Cristo de la Santa Veracruz, tal como la recogió don Miguel Salinas, es la siguiente: "Poco después de la fundación de Toluca sucedió en esta ciudad el siguiente prodigio: vivía en ella un vecino tan virtuoso como noble; llegaron a él, cierto día, dos hermosos mancebos, quienes le mostraron una devota y perfecta efigie de Cristo Crucificado, diciéndole que si gustaba comprarla, a lo que respondió que en qué precio la estimaban; y ellos respondieron que sólo les diera 30 pesos. Considerando el sencillo comprador lo corto del precio por tan perfecta efigie, les dijo que esperasen mientras sacaba el dinero. Al estarlo contando, por tener inclinada la cara y fijos los ojos en las monedas que contaba, no vio que en ese tiempo desaparecieron los mancebos, dejándole la imagen. Admirado de lo maravilloso del Suceso dio cuenta al párroco, quien dispuso con solemnes procesiones y festivas demostraciones colocarla en el altar mayor de la parroquia".
La casa en que se efectuó la compra, según la misma tradición, es aquella que se encuentra en la esquina de las actuales calles de Independencia y Aldama, antes calles Real y Navarrete, ahora primera de Aldama.
Los documentos que se encontraron respecto a la construcción de la iglesia de la Santa Veracruz, que por muchos años fue la portería del convento de San Francisco, dicen que el día 13 de diciembre de 1733 se abrieron los cimientos y se puso la primera piedra, siendo mayordomo de la cofradía de la Veracruz el señor don Bernardo Serrano. La cofradía de la Veracruz pasó a ser dirigida por clérigos seculares a quienes reclamaron los derechos los franciscanos, en quienes se encontraba la administración parroquial de Toluca. Los franciscanos, para vencer a sus enemigos que se negaban a entregar los derechos parroquiales exigieron que les presentaran la cédula de edificación de la iglesia los dirigentes de la cofradía de la Veracruz, lo que nunca pudieron hacer, pues parece que, en efecto, la iglesia se construyó sin permiso del rey. Don Bernardo Serrano, que era uno de los más ricos labradores del Valle de Toluca, para vencer a los franciscanos que pretendían paralizar la obra, envió a España a su
sobrino don Pablo Arce, quien mediante las chicanas y dádivas comunes en todos los litigios, obtuvo permiso para edificar la actual iglesia de la Santa Veracruz, acallando las pretensiones del guardián del convento de Franciscanos, en cuyo territorio se levantó la iglesia.
Terminada la iglesia, los cofrades de la Veracruz quisieron que se trasladara la imagen milagrosa de la iglesia parroquial al nuevo templo, pero los frailes se opusieron otra vez a tales pretensiones. El 30 de diciembre de J 796 el corregidor de la ciudad se puso del lado del guardián de los franciscanos y ordenó que se cerrara la iglesia. Sin embargo todos los labradores del Valle de Toluca que habían contribuido a la edificación de la iglesia, pidieron al virrey les permitiera el uso del templo, que por fin les fue concedido con algunas condiciones.
A partir de aquella fecha la iglesia de la Veracruz estuvo a cargo de capellanes del clero secular, siendo los dos últimos' de esta clase los padres don Ignacio Juan Manuel Escudero, que eran nativos de Toluca.
En la obra que se escribió sobre la orden de los frailes de San Juan de dios se relata bajo una forma diferente la historia del Cristo de la Veracruz, que de todos modos, como ya hemos narrado, representa el sincretismo del dios Opochtli prehispánico y al cristo de los conquistadores, Por eso a pesar del extranjerismo de los misioneros del corazón de María, perdura el culto al Cristo Negro de la Santa Veracruz, aunque ya no ocupe el lugar preferente del templo que se le edificó por honrados vecinos de esta ciudad.
Lo más notable del templo de la Veracruz es su reloj. Esta máquina perteneció al convento de los Carmelitas del Santo Desierto de Tenancingo; de ahí fue llevada a Tlalpan; de Tlalpan vino a Toluca y estuvo colocada en las casas consistoriales, de donde fue trasladada al lugar que ocupa sobre la bóveda de la Santa Veracruz.
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Mitos y Leyendas de México
Aparición de un anima del Purgatorio (México)
En la villa de Toluca (que es del marques del Valle), una mujer española, llamado Isabel Hernández, viéndose atribulado, fué á su confesor, que se decia Fr. Benito de Pedroche, cómo estando acostada en su cama, habia visto al amanecer un hombre colgado en su aposento, con el hábito de la misericordia. El confesor le dijo, que lo conjurase si tenia ánimo para ello, y le enseño el modo como lo habia de hacer. Aparecióle este hombre otras dos ó tres veces, hasta que un día, á la misma hora, estando ella acostada en su cama con otras mujeres, por el temor que tenía, vió la misma visión, y lo conjuró y preguntó qué era lo que queria.
El hombre le dijo quién era, y cómo habia que estaba en purgatorio, porque habia levantado un falso testimonio á una doncella que queria casar un sacerdote honrado, llamado Antonio Fraile, por lo cual la doncella no se casó. Y que se había confesado de aquel pecado y tenido de él contricción; mas por cuanto no le habia restituido la honra, penaba todavia en el purgatorio. Y que para muestra de la verdad que decia, que le preguntasen al Antonio Fraile si esto era asi. Y que por morir fuera de México no le habia vuelto la honra; que de su parte se la volviesen y le mandase decir algunas misas, porque luego saldria de purgatorio, y asi se las dijeron, y nunca más pareció.
Hízose averiguación de esto en México, y hallóse ser todo así, y á aquella mujer se le volvió la honra, aunque ya era casada cuando sucedio. No se descubre el nombre del difunto por su honra.
El hombre le dijo quién era, y cómo habia que estaba en purgatorio, porque habia levantado un falso testimonio á una doncella que queria casar un sacerdote honrado, llamado Antonio Fraile, por lo cual la doncella no se casó. Y que se había confesado de aquel pecado y tenido de él contricción; mas por cuanto no le habia restituido la honra, penaba todavia en el purgatorio. Y que para muestra de la verdad que decia, que le preguntasen al Antonio Fraile si esto era asi. Y que por morir fuera de México no le habia vuelto la honra; que de su parte se la volviesen y le mandase decir algunas misas, porque luego saldria de purgatorio, y asi se las dijeron, y nunca más pareció.
Hízose averiguación de esto en México, y hallóse ser todo así, y á aquella mujer se le volvió la honra, aunque ya era casada cuando sucedio. No se descubre el nombre del difunto por su honra.
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Mitos y Leyendas de México
El Callejón del muerto (México)
Corría el año de 1600 y a la capital de la Nueva España continuaban llegando mercaderes, aventureros y no pocos felones, gentes de rompe y razga que venían al Nuevo Mundo con el fin de enriquecerse como lo habían hecho los conquistadores. Uno de esos hombres que llegaba a la capital de la Nueva España con el fin de dedicarse al comercio, fue don Tristán de Alzúcer que tenía un negocio de víveres y géneros en las Islas Filipinas, pero ya por falta de buen negocio o por querer abrirle buen camino en la capital a su hijo del mismo nombre, arribó cierto día de aquél año a la ciudad.
Después de recorrer algunos barrios de la antigua Tenochtitlán don Tristán de Alzúcer se fue a radicar en una casa de medianía allá por el rumbo de Tlaltelolco y allí mismo instaló su comercio que atendía con la ayuda de su hijo, un recio mocetón de buen talante y alegre carácter.
Tenía este don Tristán de Alzúcer a un buen amigo y consejero, en la persona de su ilustrísima, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su comercio para conversar de las cosas de Las Filipinas y la tierra hispana, pues eran nacidos en el mismo pueblo. Allí platicaban al sabor de un buen vino y de los relatos que de las islas del Pacífico contaba el comerciante.
Todo iba viento en popa en el comercio que el tal don Tristán decidió ampliar y darle variedad, para lo cual envió a su joven hijo a la Villa Rica de la Vera Cruz y a las costas malsanas de la región de más al Sureste.
Quiso la mala suerte que enfermara Tristán chico y llegara a tal grado su enfermedad que se temió por su vida. Así lo dijeron los mensajeros que informaron a don Tristán que era imposible trasladar al enfermo en el estado en que se hallaba y que sería cosa de medicinas adecuadas y de un milagro, para que el joven enfermo de salvara.
Henchido de dolor por la enfermedad de su hijo y temiendo que muriese, don Tristán de Alzúcer se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta el santuario del cerrito si su hijo se aliviaba y podía regresar a su lado.
Semanas más tarde el muchacho entraba a la casa de su padre, pálido, convalesciente, pero vivo y su padre feliz lo estrechó entre sus brazos.
Vinieron tiempos de bonanza, el comercio caminaba con la atención esmerada de padre e hijo y con esto, don Tristán se olvidó de su promesa, aunque de cuando en cuando, sobre todo por las noches en que contaba y recontaba sus ganancias, una especie de remordimiento le invadía el alma al recordar la promesa hecha a la Virgen.
Al fin un día envolvió cuidadosamente un par de botellas de buen vino y se fue a visitar a su amigo y consejero el Arzobispo García de Santa María Mendoza, para hablarle de sus remordimientos, de la falta de cumplimeinto a la promesa hecha a la Virgen de lo que sería conveniente hacer, ya que de todos modos le había dado las gracias a la Virgen rezando por el alivio de su vástago.
-Bastará con eso, -dijo el prelado-, si habéis rezado a la Virgen dándole las gracias, pienso que no hay necesidad de cumplir lo prometido.
Don Tristán de Alzúcer salió de la casa arzobispal muy complacido, volvió a su casa, al trabajo y al olvido de aquella promesa de la cual lo había relevado el Arzobispo.
Más he aquí que un día, apenas amanecida la mañana, el Arzobispo Fray García de Santana María Mendoza iba por la calle de La Misericordia, cuando se topó a su viejo amigo don Tristán de Alzúcer, que pálido, ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha, mientras su enflaquecida siniestra descansaba sobre su pecho.
El Arzobispo le reconoció enseguida, y aunque estaba más pálido y delgado que la última vez que se habían visto, se acercó para preguntarle.
- A dónde váis a estas horas, amigo Tristán Alzúcer?
- A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen-, respondió con voz cascada, hueca y tenebrosa, el comerciante llegado de las Filipinas.
No dijo más y el prelado lo miró extrañado de pagar la manda, aun cuando él lo había relevado de tal obligación .
Esa noche el Arzobispo decidió ir a visitar a su amigo, para pedirle que le explicara el motivo por el cual había decidido ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen en el lejano cerrito y lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba ante el cadáver con gran pena.
Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.
-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre lloros y gemidos dolorosos-, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.
Esto acabó de comprobar al Arzobispo, que don Tristan Alzúcer estaba muerto ya cuando dijo haberlo encontrado por la calle de la Misericordia.
En el ánimo del prelado se prendió la duda, la culpa de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.
Pasaron los años...
Tristán el hijo de aquel muerto llegado de las Filipinas se casó y se marchó de la Nueva España hacia la Nueva Galicia. Pero el alma de su padre continuó hasta terminado el siglo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido.
Desde aquél entonces, el vulgo llamó a la calleja de esta historia, El Callejón del Muerto, es la misma que andando el tiempo fuera bautizada como calle República Dominicana.
Después de recorrer algunos barrios de la antigua Tenochtitlán don Tristán de Alzúcer se fue a radicar en una casa de medianía allá por el rumbo de Tlaltelolco y allí mismo instaló su comercio que atendía con la ayuda de su hijo, un recio mocetón de buen talante y alegre carácter.
Tenía este don Tristán de Alzúcer a un buen amigo y consejero, en la persona de su ilustrísima, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su comercio para conversar de las cosas de Las Filipinas y la tierra hispana, pues eran nacidos en el mismo pueblo. Allí platicaban al sabor de un buen vino y de los relatos que de las islas del Pacífico contaba el comerciante.
Todo iba viento en popa en el comercio que el tal don Tristán decidió ampliar y darle variedad, para lo cual envió a su joven hijo a la Villa Rica de la Vera Cruz y a las costas malsanas de la región de más al Sureste.
Quiso la mala suerte que enfermara Tristán chico y llegara a tal grado su enfermedad que se temió por su vida. Así lo dijeron los mensajeros que informaron a don Tristán que era imposible trasladar al enfermo en el estado en que se hallaba y que sería cosa de medicinas adecuadas y de un milagro, para que el joven enfermo de salvara.
Henchido de dolor por la enfermedad de su hijo y temiendo que muriese, don Tristán de Alzúcer se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta el santuario del cerrito si su hijo se aliviaba y podía regresar a su lado.
Semanas más tarde el muchacho entraba a la casa de su padre, pálido, convalesciente, pero vivo y su padre feliz lo estrechó entre sus brazos.
Vinieron tiempos de bonanza, el comercio caminaba con la atención esmerada de padre e hijo y con esto, don Tristán se olvidó de su promesa, aunque de cuando en cuando, sobre todo por las noches en que contaba y recontaba sus ganancias, una especie de remordimiento le invadía el alma al recordar la promesa hecha a la Virgen.
Al fin un día envolvió cuidadosamente un par de botellas de buen vino y se fue a visitar a su amigo y consejero el Arzobispo García de Santa María Mendoza, para hablarle de sus remordimientos, de la falta de cumplimeinto a la promesa hecha a la Virgen de lo que sería conveniente hacer, ya que de todos modos le había dado las gracias a la Virgen rezando por el alivio de su vástago.
-Bastará con eso, -dijo el prelado-, si habéis rezado a la Virgen dándole las gracias, pienso que no hay necesidad de cumplir lo prometido.
Don Tristán de Alzúcer salió de la casa arzobispal muy complacido, volvió a su casa, al trabajo y al olvido de aquella promesa de la cual lo había relevado el Arzobispo.
Más he aquí que un día, apenas amanecida la mañana, el Arzobispo Fray García de Santana María Mendoza iba por la calle de La Misericordia, cuando se topó a su viejo amigo don Tristán de Alzúcer, que pálido, ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha, mientras su enflaquecida siniestra descansaba sobre su pecho.
El Arzobispo le reconoció enseguida, y aunque estaba más pálido y delgado que la última vez que se habían visto, se acercó para preguntarle.
- A dónde váis a estas horas, amigo Tristán Alzúcer?
- A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen-, respondió con voz cascada, hueca y tenebrosa, el comerciante llegado de las Filipinas.
No dijo más y el prelado lo miró extrañado de pagar la manda, aun cuando él lo había relevado de tal obligación .
Esa noche el Arzobispo decidió ir a visitar a su amigo, para pedirle que le explicara el motivo por el cual había decidido ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen en el lejano cerrito y lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba ante el cadáver con gran pena.
Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.
-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre lloros y gemidos dolorosos-, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.
Esto acabó de comprobar al Arzobispo, que don Tristan Alzúcer estaba muerto ya cuando dijo haberlo encontrado por la calle de la Misericordia.
En el ánimo del prelado se prendió la duda, la culpa de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.
Pasaron los años...
Tristán el hijo de aquel muerto llegado de las Filipinas se casó y se marchó de la Nueva España hacia la Nueva Galicia. Pero el alma de su padre continuó hasta terminado el siglo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido.
Desde aquél entonces, el vulgo llamó a la calleja de esta historia, El Callejón del Muerto, es la misma que andando el tiempo fuera bautizada como calle República Dominicana.
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Mitos y Leyendas de México
El fantasma de la Monja (México)
Cuando existieron personajes en esa época colonial inolvidable, cuando tenemos a la mano antiguos testimonios y se barajan nombres auténticos y acontecimientos, no puede decirse que se trata de un mito, una leyenda o una invención producto de las mentes de aquél siglo. Si acaso se adornan los hechos con giros literarios y sabrosos agregados para hacer más ameno un relato que por muy diversas causas ya tomó patente de leyenda. Con respecto a los nombres que en este cuento aparecen, tampoco se ha cambiado nada y si varían es porque en ese entonces se usaban de una manera diferente nombres, apellidos y blasones.
Durante muchos años y según consta en las actas del muy antiguo convento de la Concepción, que hoy se localizaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las monjas enclaustradas en tan lóbrega institución, vinieron sufriendo la presencia de una blanca y espantable figura que en su hábito de monja de esa orden, veían colgada de uno de los arbolitos de durazno que en ese entonces existían. Cada vez que alguna de las novicias o profesas tenían que salir a alguna misión nocturna y cruzaban el patio y jardínes de las celdas interiores, no resistían la tentación de mirarse en las cristalinas aguas de la fuente que en el centro había y entonces ocurría aquello. Tras ellas, balanceándose al soplo ligero de la brisa noctural, veían a aquella novicia pendiente de una soga, con sus ojos salidos de las órbitas y con su lengua como un palmo fuera de los labios retorcidos y resecos; sus manos juntas y sus pies con las puntas de las chinelas apuntando hacia abajo.
Las monjas huían despavoridas clamando a Dios y a las superioras, y cuando llegaba ya la abadesa o la madre tornera que era la más vieja y la más osada, ya aquella horrible visión se había esfumado.
Así, noche a noche y monja tras monja, el fantasma de la novicia colgando del durazno fue motivo de espanto durante muchos años y de nada valieron rezos ni misas ni duras penitencias ni golpes de cilicio para que la visión macabra se alejara de la santa casa, llegando a decir en ese entonces en que aún no se hablaba ni se estudiaban estas cosas, que todo era una visión colectiva, un caso típico de histerismo provocado por el obligado encierro de las religiosas.
Más una cruel verdad se ocultaba en la fantasmal aparición de aquella monja ahorcada, colgada del durazno y se remontaba a muchos años antes, pues debe tenerse en cuenta que el Convento de la Concepción fue el primero en ser construído en la Capital de la Nueva España, (apenas 22 años después de consumada la Conquista y no debe confundirse convento de monjas-mujeres con monasterio de monjes-hombres), y por lo tanto el primero en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Vivían pues en ese entonces en la esquina que hoy serían las calles de Argentina y Guatemala, precisamente en donde se ubicaba muchos años después una cantina, los hermanos Avila, que eran Gil, Alfonso y doña María a la que por oscuros motivos se inscribió en la historia como doña María de Alvarado.
Pues bien esta doña María que era bonita y de gran prestancia, se enamoró de un tal Arrutia, mestizo de humilde cuna y de incierto origen, quien viendo el profundo enamoramiento que había provocado en doña María trató de convertirla en su esposa para así ganar mujer, fortuna y linaje.
A tales amoríos se opusieron los hermanos Avila, sobre todo el llamado Alonso de Avila, quien llamando una tarde al irrespetuoso y altanero mestizo, le prohibió que anduviese en amoríos con su hermana.
-Nada podeís hacer si ella me ama -dijo cínicamente el tal Arrutia-, pues el corazón de vuestra hermana ha tiempo es mío; podéis oponeros cuanto queráis, que nada lograréis.
Molesto don Alonso de Avila se fue a su casa de la esquina antes dicha y que siglos después se llamara del Relox y Escalerillas respectivamente y habló con su hermano Gil a quien le contó lo sucedido. Gil pensó en matar en un duelo al bellaco que se enfrentaba a ellos, pero don Alonso pensando mejor las cosas, dijo que el tal sujeto era un mestizo despreciable que no podría medirse a espada contra ninguno de los dos y que mejor sería que le dieran un escarmiento. Pensando mejor las cosas decidieron reunir un buen monto de dinero y se lo ofrecieron al mestizo para que se largara para siempre de la capital de la Nueva España, pues con los dineros ofrecidos podría instalarse en otro sitio y poner un negocio lucrativo.
Cuéntase que el metizo aceptó y sin decir adiós a la mujer que había llegado a amarlo tan intensamente, se fue a Veracruz y de allí a otros lugares, dejando transcurrir los meses y dos años, tiempo durante el cual, la desdichada doña María Alvarado sufría, padecía, lloraba y gemía como una sombra por la casa solariega de los hermanos Avila, sus hermanos según dice la historia.
Finalmente, viendo tanto sufrir y llorar a la querida hermana, Gil y Alonso decidieron convencer a doña María para que entrara de novicia a un convento. Escogieron al de la Concepción y tras de reunir otra fuerte suma como dote, la fueron a enclaustrar diciéndole que el mestizo motivo de su amor y de sus cuitas jamás regresaría a su lado, pues sabían de buena fuente que había muerto.
Sin mucha voluntad doña María entró como novicia al citado convento, en donde comenzó a llevar la triste vida claustral, aunque sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo Arrutia entre rezos, angelus y maitines. Por las noches, en la soledad tremenda de su celda se olvidaba de su amor a Dios, de su fe y de todo y sólo pensaba en aquel mestizo que la había sorbido hasta los tuétanos y sembrado de deseos su corazón.
Al fin, una noche, no pudiendo resistir más esa pasión que era mucho más fuerte que su fe, que opacaba del todo a su religión, decidió matarse ante el silencio del amado de cuyo regreso llegó a saber, pues el mestizo había vuelto a pedir más dinero a los hermanos Avila.
Cogió un cordón y lo trenzó con otro para hacerlo más fuerte, a pesar de que su cuerpo a causa de la pasión y los ayunos se había hecho frágil y pálido. Se hincó ante el crucificado a quien pidió perdón por no poder llegar a desposarse al profesar y se fue a la huerta del convento y a la fuente.
Ató la cuerda a una de las ramas del durazno y volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer y al amado mestizo por abandonarlo en este mundo.
Se lanzó hacia abajo.... Sus pies golpearon el brocal de la fuente.
Y allí quedó basculando, balanceándose como un péndulo blanco, frágil, movido por el viento.
Al día siguiente la madre portera que fue a revisar los gruesos picaportes y herrajes de la puerta del convento, la vio colgando, muerta.
El cuerpo ya tieso de María de Alvarado fue bajado y sepultado ese misma tarde en el cementerio interior del convento y allí pareció terminar aquél drama amoroso.
Sin embargo, un mes después, una de las novicias vió la horrible aparición reflejada en las aguas de la fuente. A esta aparición siguieron otras, hasta que las superiores prohibieron la salida de las monjas a la huerta, después de puesto el sol.
Tal parecía que un terrible sino, el más trágico perseguía a esta familia, vástagos los tres de doña Leonor Alvarado y de don Gil González Benavides, pues ahorcada doña María de Alvarado en la forma que antes queda dicha, sus dos hermanos Gil y Alonso de Avila se vieron envueltos en aquella conspiración o asonada encabezada por don Martín Cortés, hijo del conquistador Hernán Cortés y descubierta esta conjura fueron encarcelados los hermanos Avila, juzgados sumariamente y sentenciados a muerte.
El 16 de julio de 1566 montados en cabalgaduras vergonzantes, humillados y vilipendiados, los dos hermanos Avila, Gil y Alonso fueron conducidos al patíbulo en donde fueron degollados. Por órdenes de la Real Audiencia y en mayor castigo a la osadía de los dos Avila, su casa fue destruída y en el solar que quedó se aró la tierra y se sembró con sal.
Durante muchos años y según consta en las actas del muy antiguo convento de la Concepción, que hoy se localizaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las monjas enclaustradas en tan lóbrega institución, vinieron sufriendo la presencia de una blanca y espantable figura que en su hábito de monja de esa orden, veían colgada de uno de los arbolitos de durazno que en ese entonces existían. Cada vez que alguna de las novicias o profesas tenían que salir a alguna misión nocturna y cruzaban el patio y jardínes de las celdas interiores, no resistían la tentación de mirarse en las cristalinas aguas de la fuente que en el centro había y entonces ocurría aquello. Tras ellas, balanceándose al soplo ligero de la brisa noctural, veían a aquella novicia pendiente de una soga, con sus ojos salidos de las órbitas y con su lengua como un palmo fuera de los labios retorcidos y resecos; sus manos juntas y sus pies con las puntas de las chinelas apuntando hacia abajo.
Las monjas huían despavoridas clamando a Dios y a las superioras, y cuando llegaba ya la abadesa o la madre tornera que era la más vieja y la más osada, ya aquella horrible visión se había esfumado.
Así, noche a noche y monja tras monja, el fantasma de la novicia colgando del durazno fue motivo de espanto durante muchos años y de nada valieron rezos ni misas ni duras penitencias ni golpes de cilicio para que la visión macabra se alejara de la santa casa, llegando a decir en ese entonces en que aún no se hablaba ni se estudiaban estas cosas, que todo era una visión colectiva, un caso típico de histerismo provocado por el obligado encierro de las religiosas.
Más una cruel verdad se ocultaba en la fantasmal aparición de aquella monja ahorcada, colgada del durazno y se remontaba a muchos años antes, pues debe tenerse en cuenta que el Convento de la Concepción fue el primero en ser construído en la Capital de la Nueva España, (apenas 22 años después de consumada la Conquista y no debe confundirse convento de monjas-mujeres con monasterio de monjes-hombres), y por lo tanto el primero en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Vivían pues en ese entonces en la esquina que hoy serían las calles de Argentina y Guatemala, precisamente en donde se ubicaba muchos años después una cantina, los hermanos Avila, que eran Gil, Alfonso y doña María a la que por oscuros motivos se inscribió en la historia como doña María de Alvarado.
Pues bien esta doña María que era bonita y de gran prestancia, se enamoró de un tal Arrutia, mestizo de humilde cuna y de incierto origen, quien viendo el profundo enamoramiento que había provocado en doña María trató de convertirla en su esposa para así ganar mujer, fortuna y linaje.
A tales amoríos se opusieron los hermanos Avila, sobre todo el llamado Alonso de Avila, quien llamando una tarde al irrespetuoso y altanero mestizo, le prohibió que anduviese en amoríos con su hermana.
-Nada podeís hacer si ella me ama -dijo cínicamente el tal Arrutia-, pues el corazón de vuestra hermana ha tiempo es mío; podéis oponeros cuanto queráis, que nada lograréis.
Molesto don Alonso de Avila se fue a su casa de la esquina antes dicha y que siglos después se llamara del Relox y Escalerillas respectivamente y habló con su hermano Gil a quien le contó lo sucedido. Gil pensó en matar en un duelo al bellaco que se enfrentaba a ellos, pero don Alonso pensando mejor las cosas, dijo que el tal sujeto era un mestizo despreciable que no podría medirse a espada contra ninguno de los dos y que mejor sería que le dieran un escarmiento. Pensando mejor las cosas decidieron reunir un buen monto de dinero y se lo ofrecieron al mestizo para que se largara para siempre de la capital de la Nueva España, pues con los dineros ofrecidos podría instalarse en otro sitio y poner un negocio lucrativo.
Cuéntase que el metizo aceptó y sin decir adiós a la mujer que había llegado a amarlo tan intensamente, se fue a Veracruz y de allí a otros lugares, dejando transcurrir los meses y dos años, tiempo durante el cual, la desdichada doña María Alvarado sufría, padecía, lloraba y gemía como una sombra por la casa solariega de los hermanos Avila, sus hermanos según dice la historia.
Finalmente, viendo tanto sufrir y llorar a la querida hermana, Gil y Alonso decidieron convencer a doña María para que entrara de novicia a un convento. Escogieron al de la Concepción y tras de reunir otra fuerte suma como dote, la fueron a enclaustrar diciéndole que el mestizo motivo de su amor y de sus cuitas jamás regresaría a su lado, pues sabían de buena fuente que había muerto.
Sin mucha voluntad doña María entró como novicia al citado convento, en donde comenzó a llevar la triste vida claustral, aunque sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo Arrutia entre rezos, angelus y maitines. Por las noches, en la soledad tremenda de su celda se olvidaba de su amor a Dios, de su fe y de todo y sólo pensaba en aquel mestizo que la había sorbido hasta los tuétanos y sembrado de deseos su corazón.
Al fin, una noche, no pudiendo resistir más esa pasión que era mucho más fuerte que su fe, que opacaba del todo a su religión, decidió matarse ante el silencio del amado de cuyo regreso llegó a saber, pues el mestizo había vuelto a pedir más dinero a los hermanos Avila.
Cogió un cordón y lo trenzó con otro para hacerlo más fuerte, a pesar de que su cuerpo a causa de la pasión y los ayunos se había hecho frágil y pálido. Se hincó ante el crucificado a quien pidió perdón por no poder llegar a desposarse al profesar y se fue a la huerta del convento y a la fuente.
Ató la cuerda a una de las ramas del durazno y volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer y al amado mestizo por abandonarlo en este mundo.
Se lanzó hacia abajo.... Sus pies golpearon el brocal de la fuente.
Y allí quedó basculando, balanceándose como un péndulo blanco, frágil, movido por el viento.
Al día siguiente la madre portera que fue a revisar los gruesos picaportes y herrajes de la puerta del convento, la vio colgando, muerta.
El cuerpo ya tieso de María de Alvarado fue bajado y sepultado ese misma tarde en el cementerio interior del convento y allí pareció terminar aquél drama amoroso.
Sin embargo, un mes después, una de las novicias vió la horrible aparición reflejada en las aguas de la fuente. A esta aparición siguieron otras, hasta que las superiores prohibieron la salida de las monjas a la huerta, después de puesto el sol.
Tal parecía que un terrible sino, el más trágico perseguía a esta familia, vástagos los tres de doña Leonor Alvarado y de don Gil González Benavides, pues ahorcada doña María de Alvarado en la forma que antes queda dicha, sus dos hermanos Gil y Alonso de Avila se vieron envueltos en aquella conspiración o asonada encabezada por don Martín Cortés, hijo del conquistador Hernán Cortés y descubierta esta conjura fueron encarcelados los hermanos Avila, juzgados sumariamente y sentenciados a muerte.
El 16 de julio de 1566 montados en cabalgaduras vergonzantes, humillados y vilipendiados, los dos hermanos Avila, Gil y Alonso fueron conducidos al patíbulo en donde fueron degollados. Por órdenes de la Real Audiencia y en mayor castigo a la osadía de los dos Avila, su casa fue destruída y en el solar que quedó se aró la tierra y se sembró con sal.
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Mitos y Leyendas de México
El Cerro de la Bufa (México)
Pocas ciudades como está tienen una historia y una leyenda tan interesante; tal vez por no conocerse su verdadero origen, la imaginación del hombre ha tejido ese velo de fantasía alrededor de Zacatecas.
Otra razón hay para que surgiera esta leyenda: la fabulosa riqueza de la plata que hubo y que hay en sus minas.
Fantasía y riqueza, dos ingredientes muy apropiadas para forjar una leyenda como la que vamos a referir.
Dícese que en ese pintoresco y bello picacho del cerro de la Bufa alienta una princesa encantada de rara hermosura, que en la mañana de cada uno de los jueves festivos del año, sale al encuentro del caminante varón, pidiéndole que le conduzca en brazos hasta el altar mayor de la que hoy es la Basílica de Zacatecas, y que al llegar a ese sitio volverá a esplender la ciudad encantada, toda de plata, que fue esta capital hace muchos años, y que ella, la joven del hechizo, recordará su condición humana.
Pero para romper este encantamiento hay condiciones precisas, tales como que el viajero, fascinado por la belleza de la joven que le llama, tenga la fuerza de voluntad suficiente para soportar varias pruebas; que al llevarla en sus brazos camine hacia adelante sin turbación y sin volver el rostro, no obstante escuche voces que le llamen y otros ruidos extraños que se produzcan a su espalda.
Si el elegido pierde la serenidad y voltea hacia atrás, entonces la bella muchacha se convierte en horrible serpiente y todo termina ahí.
La oferta es tentadora: una lindísima muchacha y una fortuna inacabable, pero ¿quién es galán con temple de acero que pueda realizar esta hazaña? Por lo visto las condiciones son precarias, pues Zacatecas, el Estado que hoy conocemos, tiene más de cuatro siglos de vida y no ha habido quién cumpla los requisitos para deshacer el hechizo.
Escritores y poetas nacen y mueren con mayor o menor galanura en el lenguaje todos repiten la leyenda, como un canto a Zacatecas, a la Bufa y a la hermosa princesa encantada.
Otra razón hay para que surgiera esta leyenda: la fabulosa riqueza de la plata que hubo y que hay en sus minas.
Fantasía y riqueza, dos ingredientes muy apropiadas para forjar una leyenda como la que vamos a referir.
Dícese que en ese pintoresco y bello picacho del cerro de la Bufa alienta una princesa encantada de rara hermosura, que en la mañana de cada uno de los jueves festivos del año, sale al encuentro del caminante varón, pidiéndole que le conduzca en brazos hasta el altar mayor de la que hoy es la Basílica de Zacatecas, y que al llegar a ese sitio volverá a esplender la ciudad encantada, toda de plata, que fue esta capital hace muchos años, y que ella, la joven del hechizo, recordará su condición humana.
Pero para romper este encantamiento hay condiciones precisas, tales como que el viajero, fascinado por la belleza de la joven que le llama, tenga la fuerza de voluntad suficiente para soportar varias pruebas; que al llevarla en sus brazos camine hacia adelante sin turbación y sin volver el rostro, no obstante escuche voces que le llamen y otros ruidos extraños que se produzcan a su espalda.
Si el elegido pierde la serenidad y voltea hacia atrás, entonces la bella muchacha se convierte en horrible serpiente y todo termina ahí.
La oferta es tentadora: una lindísima muchacha y una fortuna inacabable, pero ¿quién es galán con temple de acero que pueda realizar esta hazaña? Por lo visto las condiciones son precarias, pues Zacatecas, el Estado que hoy conocemos, tiene más de cuatro siglos de vida y no ha habido quién cumpla los requisitos para deshacer el hechizo.
Escritores y poetas nacen y mueren con mayor o menor galanura en el lenguaje todos repiten la leyenda, como un canto a Zacatecas, a la Bufa y a la hermosa princesa encantada.
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Mitos y Leyendas de México
Huitzilopoxtli (México)
Rubén Darío
Tuve que ir, hace poco tiempo, en una comisión periodística, de una ciudad frontera de los Estados Unidos, a un punto mexicano en que había un destacamento de Carranza. Allí se me dio una recomendación y un salvoconducto para penetrar en la parte de territorio dependiente de Pancho Villa, el guerrillero y caudillo militar formidable. Yo tenía que ver un amigo, teniente en las milicias revolucionarias, el cual me había ofrecido datos para mis informaciones, asegurándome que nada tendría que temer durante mi permanencia en su campo.
Hice el viaje, en automóvil, hasta un poco más allá de la línea fronteriza en compañía de mister John Perhaps, médico, y también hombre de periodismo, al servicio de diarios yanquis, y del Coronel Reguera, o mejor dicho, el Padre Reguera, uno de los hombres más raros y terribles que haya conocido en mi vida. El Padre Reguera es un antiguo fraile que, joven en tiempo de Maximiliano, imperialista, naturalmente, cambió en el tiempo de Porfirio Díaz de Emperador sin cambiar en nada de lo demás. Es un viejo fraile vasco que cree en que todo está dispuesto por la resolución divina. Sobre todo, el derecho divino del mando es para él indiscutible.
—Porfirio dominó- decía—porque Dios lo quiso. Porque así debía ser.
—¡No diga macanas! —contestaba mister Perhaps, que había estado en la Argentina.
—Pero a Porfirio le faltó la comunicación con la Divinidad... ¡Al que no respeta el misterio se lo lleva el diablo! Y Porfirio nos hizo andar sin sotana por las calles. En cambio Madero...
Aquí en México, sobre todo, se vive en un suelo que está repleto de misterio. Todos esos indios que hay no respiran otra cosa. Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas divinidades de los aborígenes.
En otras partes se dice: «Rascad... y aparecerá el...». Aquí no hay que rascar nada. El misterio azteca, o maya, vive en todo mexicano por mucha mezcla social que haya en su sangre, y esto en pocos.
—Coronel, ¡tome un whisky! dijo mister Perhaps, tendiéndole su frasco de ruolz.
—Prefiero el comiteco— respondió el Padre Reguera, y me tendió un papel con sal, que sacó de un bolsón, y una cantimplora llena de licor mexicano.
Andando, andando, llegamos al extremo de un bosque, en donde oímos un grito: «¡Alto!».
Nos detuvimos. No se podía pasar por ahí. Unos cuantos soldados indios, descalzos, con sus grandes sombrerones y sus rifles listos, nos detuvieron.
El Viejo Reguera parlamentó con el principal, quien conocía también al yanqui. Todo acabó bien. Tuvimos dos mulas y un caballejo para llegar al punto de nuestro destino. Hacía luna cuando seguimos la marcha. Fuimos paso a paso. De pronto exclamé dirigiéndome al viejo Reguera:
—Reguera, ¿cómo quiere que le llame, Coronel o Padre?
—¡Como la que lo parió! — bufó el apergaminado personaje.
—Lo digo— repuse— porque tengo que preguntarle sobre cosas que a mi me preocupan bastante.
Las dos mulas iban a un trotecito regular, y solamente mister Perhaps se detenía de cuando en cuando a arreglar la cincha de su caballo, aunque lo principal era el engullimiento de su whisky.
Dejé que pasara el yanqui adelante, y luego, acercando mi caballería a la del Padre Reguera, le dije:
—Usted es un hombre valiente, práctico y antiguo. A usted le respetan y lo quieren mucho todas estas indiadas.
Dígame en confianza: ¿es cierto que todavía se suelen ver aquí cosas extraordinarias, como en tiempos de la conquista?
—¡Buen diablo se lo lleve a usted! ¿Tiene tabaco?
Le di un cigarro.
—Pues le diré a usted. Desde hace muchos años conozco a estos indios como a mí mismo, y vivo entre ellos como si fuese uno de ellos. Me vine aquí muy muchacho, desde en tiempo de Maximiliano. Ya era cura y sigo siendo cura, y moriré cura.
—¿Y... ?
—No se meta en eso.
—Tiene usted razón, Padre; pero sí me permitirá que me interese en su extraña vida.
¿Cómo usted ha podido ser durante tantos años sacerdote, militar, hombre que tiene una leyenda, metido por tanto tiempo entre los indios, y por último aparecer en la Revolución con Madero? ¿No se había dicho que Porfirio le había ganado a usted?
El viejo Reguera soltó una gran carcajada.
—Mientras Porfirio tuvo a Dios, todo anduvo muy bien; y eso por doña Carmen...
—¿Cómo, padre?
—Pues así... Lo que hay es que los otros dioses...
—¿Cuáles, Padre?
—Los de la tierra...
—¿Pero usted cree en ellos?
—Calla, muchacho, y tómate otro comiteco.
—Invitemos —le dije— a míster Perhaps que se ha ido ya muy delantero.
—¡Eh, Perhaps! ¡Perhaps!
No nos contestó el yanqui.
—Espere— le dije, Padre Reguera; voy a ver si lo alcanzo.
—No vaya— me contestó mirando al fondo de la selva . Tome su comiteco.
El alcohol azteca había puesto en mi sangre una actividad singular. A poco andar en silencio, me dijo el Padre:
—Si Madero no se hubiera dejado engañar...
—¿De los políticos?
—No, hijo; de los diablos...
—¿Cómo es eso?
—Usted sabe.
—Lo del espiritismo...
—Nada de eso. Lo que hay es que él logró ponerse en comunicación con los dioses viejos...
—¡Pero, padre...!
—Sí, muchacho, sí, y te lo digo porque, aunque yo diga misa, eso no me quita lo aprendido por todas esas regiones en tantos años... Y te advierto una cosa: con la cruz hemos hecho aquí muy poco, y por dentro y por fuera el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen... Aquí no hubo suficientes cadenas cristianas para esclavizar a las divinidades de antes; y cada vez que han podido, y ahora sobre todo, esos diablos se muestran.
Mi mula dio un salto atrás toda agitada y temblorosa, quise hacerla pasar y fue imposible.
—Quieto, quieto— me dijo Reguera.
Sacó su largo cuchillo y cortó de un árbol un varejón, y luego con él dio unos cuantos golpes en el suelo.
—No se asuste —me dijo—; es una cascabel.
Y vi entonces una gran víbora que quedaba muerta a lo largo del camino. Y cuando seguimos el viaje, oí una sorda risita del cura...
—No hemos vuelto a ver al yanqui le dije.
—No se preocupe; ya le encontraremos alguna vez.
Seguimos adelante. Hubo que pasar a través de una gran arboleda tras la cual oíase el ruido del agua en una quebrada. A poco: «¡Alto!»
—¿Otra vez? — le dije a Reguera.
—Sí —me contestó—. Estamos en el sitio más delicado que ocupan las fuerzas revolucionarias. ¡Paciencia!
Un oficial con varios soldados se adelantaron. Reguera les habló y oí contestar al oficial:
—Imposible pasar más adelante. Habrá que quedar ahí hasta el amanecer.
Escogimos para reposar un escampado bajo un gran ahuehuete.
De más decir que yo no podía dormir. Yo había terminado mi tabaco y pedí a Reguera.
—Tengo —me dijo—, pero con mariguana.
Acepté, pero con miedo, pues conozco los efectos de esa yerba embrujadora, y me puse a fumar. En seguida el cura roncaba y yo no podía dormir.
Todo era silencio en la selva, pero silencio temeroso, bajo la luz pálida de la luna. De pronto escuché a lo lejos como un quejido largo y aullante, que luego fue un coro de aullidos. Yo ya conocía esa siniestra música de las selvas salvajes: era el aullido de los coyotes.
Me incorporé cuando sentí que los clamores se iban acercando. No me sentía bien y me acordé de la mariguana del cura. Si seria eso...
Los aullidos aumentaban. Sin despertar al viejo Reguera, tomé mi revólver y me fui hacia el lado en donde estaba el peligro.
Caminé y me interné un tanto en la floresta, hasta que vi una especie de claridad que no era la de la luna, puesto que la claridad lunar, fuera del bosque era blanca, y ésta, dentro, era dorada. Continué internándome hasta donde escuchaba como un vago rumor de voces humanas alternando de cuando en cuando con los aullidos de los coyotes.
Avancé hasta donde me fue posible. He aquí lo que vi: un enorme ídolo de piedra, que era ídolo y altar al mismo tiempo, se alzaba en esa claridad que apenas he indicado. Imposible detallar nada. Dos cabezas de serpiente, que eran como brazos o tentáculos del bloque, se juntaban en la parte superior, sobre una especie de inmensa testa descarnada, que tenía a su alrededor una ristra de manos cortadas, sobre un collar de perlas, y debajo de eso, vi, en vida de vida, un movimiento monstruoso. Pero ante todo observé unos cuantos indios, de los mismos que nos habían servido para el acarreo de nuestros equipajes, y que silenciosos y hieráticamente daban vueltas alrededor de aquel altar viviente.
Viviente, porque fijándome bien, y recordando mis lecturas especiales, me convencí de que aquello era un altar de Teoyaomiqui, la diosa mexicana de la muerte. En aquella piedra se agitaban serpientes vivas, y adquiría el espectáculo una actualidad espantable.
Me adelanté. Sin aullar, en un silencio fatal, llegó una tropa de coyotes y rodeó el altar misterioso. Noté que las serpientes, aglomeradas, se agitaban; y al pie del bloque ofídico, un cuerpo se movía, el cuerpo de un hombre Mister Perhaps estaba allí.
Tras un tronco de árbol yo estaba en mi pavoroso silencio. Creí padecer una alucinación; pero lo que en realidad había era aquel gran círculo que formaban esos lobos de América, esos aullantes coyotes más fatídicos que los lobos de Europa.
Al día siguiente, cuando llegamos al campamento, hubo que llamar al médico para mí.
Pregunté por el Padre Reguera.
—El Coronel Reguera— me dijo la persona que estaba cerca de mí—está en este momento ocupado. Le faltan tres por fusilar.
Tuve que ir, hace poco tiempo, en una comisión periodística, de una ciudad frontera de los Estados Unidos, a un punto mexicano en que había un destacamento de Carranza. Allí se me dio una recomendación y un salvoconducto para penetrar en la parte de territorio dependiente de Pancho Villa, el guerrillero y caudillo militar formidable. Yo tenía que ver un amigo, teniente en las milicias revolucionarias, el cual me había ofrecido datos para mis informaciones, asegurándome que nada tendría que temer durante mi permanencia en su campo.
Hice el viaje, en automóvil, hasta un poco más allá de la línea fronteriza en compañía de mister John Perhaps, médico, y también hombre de periodismo, al servicio de diarios yanquis, y del Coronel Reguera, o mejor dicho, el Padre Reguera, uno de los hombres más raros y terribles que haya conocido en mi vida. El Padre Reguera es un antiguo fraile que, joven en tiempo de Maximiliano, imperialista, naturalmente, cambió en el tiempo de Porfirio Díaz de Emperador sin cambiar en nada de lo demás. Es un viejo fraile vasco que cree en que todo está dispuesto por la resolución divina. Sobre todo, el derecho divino del mando es para él indiscutible.
—Porfirio dominó- decía—porque Dios lo quiso. Porque así debía ser.
—¡No diga macanas! —contestaba mister Perhaps, que había estado en la Argentina.
—Pero a Porfirio le faltó la comunicación con la Divinidad... ¡Al que no respeta el misterio se lo lleva el diablo! Y Porfirio nos hizo andar sin sotana por las calles. En cambio Madero...
Aquí en México, sobre todo, se vive en un suelo que está repleto de misterio. Todos esos indios que hay no respiran otra cosa. Y el destino de la nación mexicana está todavía en poder de las primitivas divinidades de los aborígenes.
En otras partes se dice: «Rascad... y aparecerá el...». Aquí no hay que rascar nada. El misterio azteca, o maya, vive en todo mexicano por mucha mezcla social que haya en su sangre, y esto en pocos.
—Coronel, ¡tome un whisky! dijo mister Perhaps, tendiéndole su frasco de ruolz.
—Prefiero el comiteco— respondió el Padre Reguera, y me tendió un papel con sal, que sacó de un bolsón, y una cantimplora llena de licor mexicano.
Andando, andando, llegamos al extremo de un bosque, en donde oímos un grito: «¡Alto!».
Nos detuvimos. No se podía pasar por ahí. Unos cuantos soldados indios, descalzos, con sus grandes sombrerones y sus rifles listos, nos detuvieron.
El Viejo Reguera parlamentó con el principal, quien conocía también al yanqui. Todo acabó bien. Tuvimos dos mulas y un caballejo para llegar al punto de nuestro destino. Hacía luna cuando seguimos la marcha. Fuimos paso a paso. De pronto exclamé dirigiéndome al viejo Reguera:
—Reguera, ¿cómo quiere que le llame, Coronel o Padre?
—¡Como la que lo parió! — bufó el apergaminado personaje.
—Lo digo— repuse— porque tengo que preguntarle sobre cosas que a mi me preocupan bastante.
Las dos mulas iban a un trotecito regular, y solamente mister Perhaps se detenía de cuando en cuando a arreglar la cincha de su caballo, aunque lo principal era el engullimiento de su whisky.
Dejé que pasara el yanqui adelante, y luego, acercando mi caballería a la del Padre Reguera, le dije:
—Usted es un hombre valiente, práctico y antiguo. A usted le respetan y lo quieren mucho todas estas indiadas.
Dígame en confianza: ¿es cierto que todavía se suelen ver aquí cosas extraordinarias, como en tiempos de la conquista?
—¡Buen diablo se lo lleve a usted! ¿Tiene tabaco?
Le di un cigarro.
—Pues le diré a usted. Desde hace muchos años conozco a estos indios como a mí mismo, y vivo entre ellos como si fuese uno de ellos. Me vine aquí muy muchacho, desde en tiempo de Maximiliano. Ya era cura y sigo siendo cura, y moriré cura.
—¿Y... ?
—No se meta en eso.
—Tiene usted razón, Padre; pero sí me permitirá que me interese en su extraña vida.
¿Cómo usted ha podido ser durante tantos años sacerdote, militar, hombre que tiene una leyenda, metido por tanto tiempo entre los indios, y por último aparecer en la Revolución con Madero? ¿No se había dicho que Porfirio le había ganado a usted?
El viejo Reguera soltó una gran carcajada.
—Mientras Porfirio tuvo a Dios, todo anduvo muy bien; y eso por doña Carmen...
—¿Cómo, padre?
—Pues así... Lo que hay es que los otros dioses...
—¿Cuáles, Padre?
—Los de la tierra...
—¿Pero usted cree en ellos?
—Calla, muchacho, y tómate otro comiteco.
—Invitemos —le dije— a míster Perhaps que se ha ido ya muy delantero.
—¡Eh, Perhaps! ¡Perhaps!
No nos contestó el yanqui.
—Espere— le dije, Padre Reguera; voy a ver si lo alcanzo.
—No vaya— me contestó mirando al fondo de la selva . Tome su comiteco.
El alcohol azteca había puesto en mi sangre una actividad singular. A poco andar en silencio, me dijo el Padre:
—Si Madero no se hubiera dejado engañar...
—¿De los políticos?
—No, hijo; de los diablos...
—¿Cómo es eso?
—Usted sabe.
—Lo del espiritismo...
—Nada de eso. Lo que hay es que él logró ponerse en comunicación con los dioses viejos...
—¡Pero, padre...!
—Sí, muchacho, sí, y te lo digo porque, aunque yo diga misa, eso no me quita lo aprendido por todas esas regiones en tantos años... Y te advierto una cosa: con la cruz hemos hecho aquí muy poco, y por dentro y por fuera el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen... Aquí no hubo suficientes cadenas cristianas para esclavizar a las divinidades de antes; y cada vez que han podido, y ahora sobre todo, esos diablos se muestran.
Mi mula dio un salto atrás toda agitada y temblorosa, quise hacerla pasar y fue imposible.
—Quieto, quieto— me dijo Reguera.
Sacó su largo cuchillo y cortó de un árbol un varejón, y luego con él dio unos cuantos golpes en el suelo.
—No se asuste —me dijo—; es una cascabel.
Y vi entonces una gran víbora que quedaba muerta a lo largo del camino. Y cuando seguimos el viaje, oí una sorda risita del cura...
—No hemos vuelto a ver al yanqui le dije.
—No se preocupe; ya le encontraremos alguna vez.
Seguimos adelante. Hubo que pasar a través de una gran arboleda tras la cual oíase el ruido del agua en una quebrada. A poco: «¡Alto!»
—¿Otra vez? — le dije a Reguera.
—Sí —me contestó—. Estamos en el sitio más delicado que ocupan las fuerzas revolucionarias. ¡Paciencia!
Un oficial con varios soldados se adelantaron. Reguera les habló y oí contestar al oficial:
—Imposible pasar más adelante. Habrá que quedar ahí hasta el amanecer.
Escogimos para reposar un escampado bajo un gran ahuehuete.
De más decir que yo no podía dormir. Yo había terminado mi tabaco y pedí a Reguera.
—Tengo —me dijo—, pero con mariguana.
Acepté, pero con miedo, pues conozco los efectos de esa yerba embrujadora, y me puse a fumar. En seguida el cura roncaba y yo no podía dormir.
Todo era silencio en la selva, pero silencio temeroso, bajo la luz pálida de la luna. De pronto escuché a lo lejos como un quejido largo y aullante, que luego fue un coro de aullidos. Yo ya conocía esa siniestra música de las selvas salvajes: era el aullido de los coyotes.
Me incorporé cuando sentí que los clamores se iban acercando. No me sentía bien y me acordé de la mariguana del cura. Si seria eso...
Los aullidos aumentaban. Sin despertar al viejo Reguera, tomé mi revólver y me fui hacia el lado en donde estaba el peligro.
Caminé y me interné un tanto en la floresta, hasta que vi una especie de claridad que no era la de la luna, puesto que la claridad lunar, fuera del bosque era blanca, y ésta, dentro, era dorada. Continué internándome hasta donde escuchaba como un vago rumor de voces humanas alternando de cuando en cuando con los aullidos de los coyotes.
Avancé hasta donde me fue posible. He aquí lo que vi: un enorme ídolo de piedra, que era ídolo y altar al mismo tiempo, se alzaba en esa claridad que apenas he indicado. Imposible detallar nada. Dos cabezas de serpiente, que eran como brazos o tentáculos del bloque, se juntaban en la parte superior, sobre una especie de inmensa testa descarnada, que tenía a su alrededor una ristra de manos cortadas, sobre un collar de perlas, y debajo de eso, vi, en vida de vida, un movimiento monstruoso. Pero ante todo observé unos cuantos indios, de los mismos que nos habían servido para el acarreo de nuestros equipajes, y que silenciosos y hieráticamente daban vueltas alrededor de aquel altar viviente.
Viviente, porque fijándome bien, y recordando mis lecturas especiales, me convencí de que aquello era un altar de Teoyaomiqui, la diosa mexicana de la muerte. En aquella piedra se agitaban serpientes vivas, y adquiría el espectáculo una actualidad espantable.
Me adelanté. Sin aullar, en un silencio fatal, llegó una tropa de coyotes y rodeó el altar misterioso. Noté que las serpientes, aglomeradas, se agitaban; y al pie del bloque ofídico, un cuerpo se movía, el cuerpo de un hombre Mister Perhaps estaba allí.
Tras un tronco de árbol yo estaba en mi pavoroso silencio. Creí padecer una alucinación; pero lo que en realidad había era aquel gran círculo que formaban esos lobos de América, esos aullantes coyotes más fatídicos que los lobos de Europa.
Al día siguiente, cuando llegamos al campamento, hubo que llamar al médico para mí.
Pregunté por el Padre Reguera.
—El Coronel Reguera— me dijo la persona que estaba cerca de mí—está en este momento ocupado. Le faltan tres por fusilar.
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Mitos y Leyendas de México
Las costillas del Diablo (México)
Gaudencio Neri Vargas
La gente de Tepotzotlán era muy afecta a la narración de leyendas; actualmente esta tradición se ha ido perdiendo, probablemente, quizá debido a la existencia de la radio y la televisión. Antiguamente se contaban leyendas de brujas, nahuales, duendes, lloronas, aparecidos y demonios.
Cuenta una leyenda que el diablo se iba a llevar a su casa una piedra; después de que la hubo atado con mecates, trató de arrancarla del suelo de lava Volcánica donde estaba, pero fue tanto su esfuerzo que dejó marcadas las costillas, y al no poder cargarla antes de que el gallo cantara, la abandonó.
Otra leyenda asegura que existen túneles que van desde el Colegio Jesuita hasta distintas haciendas y parroquias de la periferia; Asimismo, se habla de una campana encantada; al respecto, cuentan que cuando fueron colocadas las campanas en la torre grande, en 1762, una de ellas cayó y se hundió en el suelo, quedando allí encantada. En 1914, cuando llegaron al pueblo los carrancistas, se dice que trataron de sacarla pero que fue inútil, ya que entre más escarbaban, aquella más se hundía.
Se habla también de que en los cerros hacen sus sesiones las brujas y que después salen a chupar la sangre de los niños pequeños, principalmente de aquellos que no están bautizados. También se cuenta de un jinete vestido de negro, con botonadura de oro, que se aparece en algunos caminos, sobre un caballo negro, de cuyos cascos y cola salen chispas; aseguran que seduce con su riqueza a la gente codiciosa.
La gente de Tepotzotlán era muy afecta a la narración de leyendas; actualmente esta tradición se ha ido perdiendo, probablemente, quizá debido a la existencia de la radio y la televisión. Antiguamente se contaban leyendas de brujas, nahuales, duendes, lloronas, aparecidos y demonios.
Cuenta una leyenda que el diablo se iba a llevar a su casa una piedra; después de que la hubo atado con mecates, trató de arrancarla del suelo de lava Volcánica donde estaba, pero fue tanto su esfuerzo que dejó marcadas las costillas, y al no poder cargarla antes de que el gallo cantara, la abandonó.
Otra leyenda asegura que existen túneles que van desde el Colegio Jesuita hasta distintas haciendas y parroquias de la periferia; Asimismo, se habla de una campana encantada; al respecto, cuentan que cuando fueron colocadas las campanas en la torre grande, en 1762, una de ellas cayó y se hundió en el suelo, quedando allí encantada. En 1914, cuando llegaron al pueblo los carrancistas, se dice que trataron de sacarla pero que fue inútil, ya que entre más escarbaban, aquella más se hundía.
Se habla también de que en los cerros hacen sus sesiones las brujas y que después salen a chupar la sangre de los niños pequeños, principalmente de aquellos que no están bautizados. También se cuenta de un jinete vestido de negro, con botonadura de oro, que se aparece en algunos caminos, sobre un caballo negro, de cuyos cascos y cola salen chispas; aseguran que seduce con su riqueza a la gente codiciosa.
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Mitos y Leyendas de México
El Tesoro de la Peña del Valle de Bravo (México)
(Fragmento)
José Castillo y Piña
Desde hace mucho tiempo se ha venido contando de generación en generación y todas lo han creído al pie de la letra, en que la peña del valle de bravo hay enterrado un valiosísimo tesoro.
Refiérese que en tiempo de la guerra de independencia, los insurgentes perseguían a muerte a los españoles que por lo general, eran dueños de cuantiosas fortunas, extendidos latifundios y ricas minas de oro y plata en completa bonanza. He aquí la historia:
En el Valle de Bravo, poseedores de una gran extensión de tierra, había unos españoles sumamente ricos y que temiendo ser presa de los terribles guerrilleros, determinaron separarse de la nueva España para encaminarse a su patria; pero antes de hacerlo enterraron una cuantiosa fortuna en la Peña del valle.
Consumada la Independencia por el gran libertador D. Agustín de Iturbide y cuando él país comenzó vivir separado de la corona de castilla, aquellos españoles que Habían dejado sepultada enorme fortuna en la peña del valle, enviaron a 2 personas de su confianza a México para que encaminándose a la población del valle buscaran en la peña aquel tesoro; y para que con facilidad dieran con él les dijeron que encontrarían como señal un enorme clavo.
Aquellos españoles llegaron a México y ya en el pueblo del Valle y más aún en la peña buscaron con todo empeño y gran tenacidad la fortuna oculta; pero nunca la encontraron porque jamás dieron con el enorme clavo que les había dado como señal. Por lo tanto se tiene plena seguridad de que en los ricos del valle de bravo denominados la peña permanece aún ocultó aquel tesoro que dejaron escondido los riquísimos españoles.
José Castillo y Piña
Desde hace mucho tiempo se ha venido contando de generación en generación y todas lo han creído al pie de la letra, en que la peña del valle de bravo hay enterrado un valiosísimo tesoro.
Refiérese que en tiempo de la guerra de independencia, los insurgentes perseguían a muerte a los españoles que por lo general, eran dueños de cuantiosas fortunas, extendidos latifundios y ricas minas de oro y plata en completa bonanza. He aquí la historia:
En el Valle de Bravo, poseedores de una gran extensión de tierra, había unos españoles sumamente ricos y que temiendo ser presa de los terribles guerrilleros, determinaron separarse de la nueva España para encaminarse a su patria; pero antes de hacerlo enterraron una cuantiosa fortuna en la Peña del valle.
Consumada la Independencia por el gran libertador D. Agustín de Iturbide y cuando él país comenzó vivir separado de la corona de castilla, aquellos españoles que Habían dejado sepultada enorme fortuna en la peña del valle, enviaron a 2 personas de su confianza a México para que encaminándose a la población del valle buscaran en la peña aquel tesoro; y para que con facilidad dieran con él les dijeron que encontrarían como señal un enorme clavo.
Aquellos españoles llegaron a México y ya en el pueblo del Valle y más aún en la peña buscaron con todo empeño y gran tenacidad la fortuna oculta; pero nunca la encontraron porque jamás dieron con el enorme clavo que les había dado como señal. Por lo tanto se tiene plena seguridad de que en los ricos del valle de bravo denominados la peña permanece aún ocultó aquel tesoro que dejaron escondido los riquísimos españoles.
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